Una charla con migrantes hondureños

Por Rogelio Garza @rogeliogarzap

Caminaba hacia el banco cerca de Plaza Satélite y sobre el camellón de Circuito Circunvalación, en las marinas donde hicieron el parque lineal y la ciclopista, tres rastafaris procedentes de algún  país caribeño cruzaban por un paso peatonal. Seguí caminando a mi asunto pero me quedé intrigado. ¿Qué hacían tres tristes rastafaris en Ciudad Satélite?

De regreso me volví a cruzar con ellos, estaban en un tope de Circuito Circunvalación. Eran unos negrazos altos y correosos, con dreadlocks largos y enrollados en la cabeza, pidiendo ayuda entre los coches. Una moneda, ropa, comida y zapatos. Era extraño verlos en esta zona comercial-residencial, normalmente los migrantes que se bajan del tren en Tultitlán se mueven por la Avenida Gustavo Baz, Puente de Vigas, Las Armas y Aquiles Serdán, límites entre la Ciudad y el Estado de México. Si se ven por estas calles quiere decir que el fenómeno de la migración se desborda y cada día veremos más. Me acerqué para hacerles una entrevista banquetera. Me miraron con desconfianza, dudaban, ariscos, en responder. Uno se dio la vuelta y se alejó. Los otros dos agradecieron la ayuda y finalmente alguien se animó a contestar.

Oscar Eduardo, un tipo de 28 años, entre los más de 15,000 hondureños que atraviesan México desde el año pasado. Llevaba puesta ropa vieja y unas sandalias.

¿Cuál es tu destino?

Mi destino y mi misión es sobrevivir y llegar a los Estados Unidos, patrón.

¿Tienes parientes allá?

Gracias a Dios sí, tengo a mis hermanos y hermanas, y unos tíos.

¿Cómo llegaste hasta aquí?

Haciendo autostop, en autobús y en el tren.

¿En la Bestia?

Sí, en la Bestia. Nos dejó en Tultitlán. Sólo vamos de paso. A seguir el camino.

¿Ellos también son hondureños?

Así es, padre.

¿Son familia?

No, somos amigos. Nos conocimos en el camino. Usted sabe que andamos revueltos, unos se quedan botados y se juntan con otros para hacerse compañía.

¿Saliste solo?

Salí con un amigo pero nos perdimos. Cada quien siguió por su lado. Luego me junté con ellos dos en Guatemala.

¿Eres casado?

Soltero.

¿Cuándo planeas llegar a Estados Unidos?

Eeeh, quisiera estar allá. A según la voluntad de Dios. El día que nos tardemos, no sabemos.

¿De aquí a dónde van?

A San Luis Potosí. De San Luis a Guadalajara. De Guadalajara, pues depende la frontera donde vayamos a pasar, de la persona que nos pase.

¿En Honduras a qué te dedicabas?

Allá era técnico en electricidad y soldadura.

¿La gente de por aquí los ha tratado bien?

Es buena gente.

¿Y la policía?

Pues ahorita la policía no nos ha dicho nada.

Entonces otro de sus compañeros se acercó. Es Héctor Guatava, de 22 años. Trae una pulsera con el nombre de Rosalinda, también calza sandalias con calcetines.

¿Eres casado?

Soltero, padre. Pero tengo una hija que se quedó con su mamá (me muestra la pulsera).

¿Qué hacías en Honduras?

Yo trabajaba en una fábrica de tornillos, padre. Pero me quedé sin empleo y estuve buscando durante meses, y nada de nada. Metía papeles aquí y allá, que me iban a llamar… y nada. No me alcanzó para la renta, tengo una niña, entonces decidí venirme para acá.

¿Cómo conociste a Óscar?

En el camino se encuentra uno un montón de raza, de diferentes lados; El Salvador, Venezuela, Belice, Guatemala. Todos vamos para Estados Unidos. Nos conocemos, nos ayudamos, nos hacemos amigos. Yo comparto lo que puedo con ellos. El detalle es buscar a las buenas personas.

¿Tienes parientes allá?

No tengo a nadie. Sólo los tengo a ellos.

¿Crees que has tenido suerte de seguir vivo?

En una parte me ha tocado la muerte, padre. Logré escapar y aquí estoy todavía, gracias a Dios. Él sabe cuál es mi sacrificio, mi promesa y mi objetivo.

¿Cuál fue el peligro?

En Palenque y en Orizaba trataron de secuestrarnos. Pero logramos escapar.

Voy a mi departamento y regreso, ¿qué te traigo?

Cualquier cosa, padre… ¡Zapatos! Si tienes unos zapatos –dijo, mostrándome sus sandalias rotas.

Traté de tomarles un par de fotografías, pero se negaron. Eso sí no, padre. Más tarde regresé con unos zapatos y una yerbita para alivianarles el paso. Necesitan todo, un país, una comunidad, un trabajo, una familia en una mesa servida en un hogar. Pero más que nada necesitan zapatos para seguir el camino que tienen por delante.

 

Foto: Mariano Soriano, El Sol de Toluca.

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