Por Carlos A. Ramírez

La conocí pidiendo, como yo, un trago en la barra del Hard Rock Live de la Ciudad de México. Estaba un poco ebria y sonreía maravillosamente. A unos metros de nosotros Marciano Cantero y sus Enanitos Verdes hacían lo suyo. Me encantaron su acento y la manera en que bebía: ansiosa, desesperada. «Tengo dos semanas aquí y me encanta, chico. Hay fiesta to´ los días. Me trajo mi madrina, esa señora de allá, de La Habana. Vo´ a trabajar en la televisión, mi chiniiii», me decía mientras devoraba bocadillos y giraba sobre sí misma ondulándose, presumiendo un culo espléndido. Lo único que desentonaba en ella, quizá, era su dentadura algo estropeada pero de ahí en más era una verdadera princesa del Caribe. Una auténtica hija de Ochún, voluptuosa y un poco vulgar.

Así estuvimos, sin despegarnos mucho de la barra, durante cerca de 30 minutos, magreándonos y bebiendo vodka finlandés. Yo sin poder creer en mi suerte y ella contándome de sus días como jinetera en el malecón y las calles de la Habana vieja.

Pero entonces sobrevino el desastre. Un tipejo rubio, alto y fornido, con cara de vaquero gay, se acercó sonriendo a mi cubana, le dijo unas cosas al oído con su acento argentino y se la llevó en mi jeta, tomada de la mano, hacia una periquera. Yusneivi (así se llamaba) no dijo nada; simplemente lo siguió hipnotizada y se puso a parlotear con él en su mesa como si se conocieran de toda la vida.

Cuando sonaba Guitarras blancas, una canción pop perfecta si me lo preguntan, unos fotógrafos de la prensa del corazón se acercaron y se pusieron a tomarle fotos a la feliz pareja. El Vaquero gay incluso se quitó la camisa mientras Yusneivi le deslizaba las uñas por sus pectorales perfectos. Lo mejor hubiera sido largarme de ahí pero habría preferido que me cortaran un brazo antes de desaprovechar una barra libre, así que seguí toda la noche pegándole al vodka. Hasta que los vi salir del club tambaleándose, entrelazados por la cintura. La muy sinvergüenza todavía tuvo el descaro de guiñarme un ojo y agitar su manecita en señal de despedida.

Pinche cubana. Pinche Vaquero gay.

Al día siguiente, en medio de mi cruda, les dediqué una última maldición y los borré de mi mente. Hasta que unos meses después, por casualidad, mientras comía en un pequeño restaurante, los vi en la televisión. El Vaquero gay hacía labores de campo, sin camisa, en una especie de rancho y Yusneivi fregaba los pisos de la que parecía ser la protagonista de la historia. Llevaba una blusa escotada que dejaba ver unas tetas mucho más hinchadas de las que tenía cuando la conocí y se había arreglado los dientes.

Una mujer de una mesa contigua dijo, refieriéndose al Vaquero, «está bien buenote el Rulli». A lo que su compañero respondió «pero se operó los pectorales. Y también los bíceps. Además es puto». No comprendí bien cómo ese hombre podía saber tanto del Vaquero pero me alegré sinceramente por Yusneivi, quien ahora tenía un nombre nuevo, según la plática de mis vecinos. Sólo espero que se esté alimentando mejor y que las calles de Televisa no sean tan duras como las de Centro Habana.

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