Por Aldair Bautista Arteaga

Poco más de un mes ha transcurrido desde que se confirmó el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la elección presidencial, con aproximadamente 30 millones 46 mil sufragios, que representaron el 53.17 por ciento del total de los votos emitidos el pasado 1 de julio, de acuerdo a cifras emitidas por el Instituto Nacional Electoral (INE). Dicha victoria era un suceso que se vislumbraba meses atrás, debido al hartazgo de la mayoría de la ciudadanía para con la actual administración de Enrique Peña Nieto, pero, específicamente, con el Partido Revolucionario Institucional PRI, del cual es abanderado.

Los mismos candidatos, Ricardo Anaya (PAN), José Antonio Meade (PRI) y el candidato por la vía independiente, Jaime Rodríguez, reconocían que se trataba de una contienda difícil de ganar, y más aún cuando Andrés Manuel López Obrador, se mantuvo como puntero en las encuestas durante todo el proceso electoral, debido al carisma y empatía que generaba entre las personas, misma situación que en el fondo preocupaba a sus contrincantes aunque estos no lo demostraran abiertamente. A raíz del inminente triunfo de Andrés Manuel López Obrador, los demás candidatos a la presidencia de la república salieron inmediatamente a reconocer públicamente su derrota, deseando éxito en su nuevo cargo al representante de MORENA, además de expresar palabras de apoyo y solidaridad para quien será el nuevo presidente de México los próximos 6 años.

Desde su campaña, así como en la participación dentro de los debates organizados por el INE, López Obrador hizo una invitación a los demás partidos políticos, a  sus respectivos candidatos y a la sociedad mexicana en general, para llevar a cabo la reconciliación y la unidad entre ellos a través del diálogo, resumiéndolo en una frase: “Abrazos, no balazos”, la cual enfatiza en dejar a un lado los confrontamientos, mejorar la seguridad y trabajar de forma conjunta para lograr la cuarta transformación de la vida pública del país.

Muestra de ello fue la reunión privada que sostuvieron Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade, el pasado 3 de agosto, con la finalidad de hacer las paces por el bien de México. Durante el acto, ambos personajes se llenaron de elogios mutuos, reconociendo sus virtudes y reafirmando la idea de reconciliación. Sin embargo, cabe recordar que durante el proceso electoral, el excandidato priísta criticó severamente las propuestas de López Obrador, al punto de expresar que un eventual gobierno de MORENA significaba un error y un riesgo para el país. Por otra parte, AMLO también arremetía de forma sarcástica y jovial contra las ideas de Meade cada que se presentaba la oportunidad. Los ataques en campaña parecían demostrar que tanto Obrador y Meade acrecentaban su rivalidad política cada vez más; no obstante, al final de todo, es solo eso, “política”.

Bajo ese entendido, las campañas electorales como hechos políticos implican una estricta competencia dentro del marco de las instituciones, en las cuales se puede revelar una aparente enemistad; a pesar de ello, la madurez y el diálogo convergen en algún punto de la partida, ya que la política es dinámica frente a una realidad  cambiante y requiere de una actitud conciliadora y respetuosa entre los actores involucrados, ya que no se tiene certeza de la posición que puedan tener más adelante dentro del ámbito político.

Si realmente se quiere tener un gobierno que sea congruente, este debe ser abierto, plural, incluyente y consensual, lo cual se traduce en un gobierno estable. Es claro que este tipo de actos coadyuvan al fortalecimiento de la legitimidad frente a los gobernados, dejando en claro que, en tiempos de unidad, se requiere el compromiso y la participación de todos los mexicanos para afrontar los retos que se presenten, sin importar la ideología política o el partido político al que pertenezcan.

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