Por Alejandro González Castillo

Para Dog & Hill por su compañía

Les dije que no podía más, que necesitaba sentarme. Divisé unas escaleras y me dejé caer en ellas mientras las voces que me acompañaban comenzaban a alejarse. Mi cuerpo era una caverna gigantesca y mi consciencia me decía que la dejara extraviarse ahí, irse a solas hasta desaparecer en las tenebras de mi ser. Denle chance. Se va a alivianar. Que tome aire y se levanta; oía yo a la distancia voces, seguro de que no me bastarían quince minutos para encontrarme de nuevo con la prudencia. Apenas pasaban de las cuatro de la tarde y recién habíamos cruzado la última puerta de inspección del Corona Capital. Es decir, íbamos llegando; pero yo ya estaba hasta la madre.

Quedamos de vernos un par de horas antes, en mi casa. El plan era beber unas cervezas y luego partir al Autódromo. Y así hicimos. Yo me había echado tres, y mientras andaba de la sala a la cocina para destapar la cuarta, me encontré con La Galleta en el refrigerador. Decidí darle una mordida mientras checaba la hora. Masticaba feliz, a punto de volver a la sala, cuando di dos pasos en reversa y regresé la vista al refrigerador: ahí estaba, quietecita, La Galleta. Mirándola detenidamente, llegué a la brillante conclusión de que era justo darle una mordida más. Luego, antes de salir de casa hacia el festival, busqué una chamarra y mientras guardaba mi boleto, me pareció prudente cargar con ella.

Abordamos el metro. El sol era brillante a esa hora, sus lengüetazos acariciaban tiernamente. Me sorprendí descubriéndolo mientras el vagón avanzaba. Me sentía agradecido, francamente. Por estar ahí, camino al festival cuando no pensé jamás hacerlo. La crisis financiera en la que me encuentro me ha orillado a perderme decenas de conciertos y todo indicaba que no estaría así, dirigiéndome hacia el Autódromo; pero la llamada de un amigo cambió mis planes. De pronto ahí estábamos, cruzando filtros y más filtros con tal de entrar al festival. Pesadas aduanas donde fuimos basculeados a fondo. Y precisamente en el último de esos retenes, a espaldas de mis amigos, fue que decidí acabar con La Galleta. Así nada más, no lo pensé mucho, simplemente me la comí toda.

La prudencia es una suerte de hilo que mantiene anudados nuestros más profundos y prohibidos deseos. Un hilo que no cede a la primera, pero que si uno se empeña en hacerlo, resulta simple romper. Andábamos mis camaradas y yo entrando al gozo sonoro cuando notamos que estaban regalando refrescos de cola; una edecán me acercó una lata y apenas la tuve en mi manos lo supe: ese hilo del que hablé iba a valer madre. El sol, insisto, estaba radiante, y el aire entraba a mis pulmones con una limpieza fantástica, por eso saqué mi teléfono y pedí que nos tomaran una foto, brindando con esas latas. Así hice porque antes de ese sorbo yo llevaba alrededor de quince años sin beber una sola gota de refresco de cola. Para mí, escapar de aquella adicción fue duro, pero todas las recaídas de las que airoso salí se esfumaron de pronto, con el eructo que solté tras dar un buen trago.

Habrían pasado diez minutos después de ese sorbo, cuando mis piernas comenzaron a temblar. Necesitaba sentarme y lo pedí. Fue en ese momento que mi consciencia me solicitó ausentarse, irse de rol. Tomar la decisión de dejarla partir me tomó alrededor de veinte minutos. Lo supe porque lo oí lejanamente. No mames, lleva casi media hora sentado. Ahí se va a quedar dormido, ¿qué tomó o qué? Ya pasó mucho tiempo. Por supuesto que yo quería ponerme de pie, pero no podía. Intentaba moverme, pero no lo conseguía. Necesitaba decirles a mis amigos que me había comido toda La Galleta, pero no lograba accionar mi quijada. Cerré los ojos porque las luces que a mi alrededor había comenzaron a lastimarme. Necesitaba concentrarme en mi caverna y sus recovecos; “pero, te puedes perder, ¿ya lo pensaste?”, me preguntó una voz. Y me puse nervioso. Comencé a sudar, a sudar helado. Sentí que iba a desmayarme y con mucho esfuerzo grité que necesitaba ambulancia, pero nada salió de mi boca, apenas un suspiro seco.

Pero vaya que necesitaba auxilio, estaba a punto de desvanecerme, incluso me costaba trabajo respirar. Y cómo no, si me encontraba completamente solo, ahí, dentro de mí. Imposibilitado para responsabilizarme ante tal circunstancia, me esfumé, me diluí en el aire. La posibilidad de transformarme en la masa invisible que el sol calienta era tentadora; el plan de moverme de estado para siempre, de abandonar la piel, los huesos, las entrañas. En eso estaba cuando me sacudieron bruscamente del hombro. Tenía que pararme. Había policías alrededor de mí, elementos de seguridad formando un cerco para preguntarme si estaba bien. Muy tarde llegaron esos, para entonces ya no necesitaba su auxilio. Conseguí levantar la mirada, la mano, abrir los ojos y la boca; “bebí de más”, solté balbuceante. Y escuché risas.

De todo pasaba afuera, pero estaba yo muy ocupado en mi caverna. Tenía asuntos por arreglar ahí, varios problemas trabados. La cosa es que mientras avanzaba, cada verdad que se me mostraba era demoledora. Cada revelación respecto a mi vida poseía una contundencia que me abrumaba. No podía soportar tantas certezas, necesitaba quedarme con algunas dudas. No necesitaba, por ejemplo, saber cuándo y cómo moriría. Por eso, a cambio, solicité amor. Si estaba yo dentro de mí, seguro que en alguna parte estaría el sitio donde todo mi amor radica, donde mis afectos más espesos se producen. “Quiero amor”, susurré. Y me reí. Y con esa risa vino un orgasmo. Un orgasmo prolongado e intenso que con cada latido se hizo más y más grande. Era increíble, tanto placer; demasiado como para procesarlo. Era yo un fluido vigoroso de esperma, un río brioso de vida carcajeante. Me vine unas ocho veces, consecutivamente.

Por desgracia, de nuevo tocaron mi hombro. Hora de moverse de lugar. Dando tumbos, luché por coordinar mis pasos, porque éstos no chocaran con el orden de mis parpadeos. Al andar, no veía personas, no escuchaba música. Sólo pensaba en el humo, en cómo hace para estar vivo, para moverse. Hacía eso porque todo era brumoso, inasible. Entonces me dije: vaya, quizá yo sea la bruma, a lo mejor yo mismo soy el humo. Mis amigos me guiaban entre la niebla y yo pensaba: pero ¿cómo pueden ellos tomarme la mano, asirse de mí que soy intocable? Traté de hablarles, y en el intento me pareció que era muy probable que yo fuera vaho. Su vaho. “El verbo, ahí está el verbo, en el vaho…”; me decía a mí mismo. Finalmente llegamos a un pino, y a sus pies me acosté. Bajo ese árbol me di cuenta que había una luz al final del camino. Un boquete diminuto. Me tomaría horas llegar a él, pero lo conseguiría.

Ahí vas, ¿verdad? Lo vas a lograr, ¿cierto? A huevo, ya casi, ya mero. Escuchaba yo las palabras de aliento. Y asentía. Asentía y asentía hecho bola. Respirando hondo. Iba recobrando la razón, abandonando las verdades, los orgasmos, la niebla verbal. “Soy esa persona que está tirada en el pasto”, recapacitaba; “ese miserable que todos pisan al pasar, preguntándose para qué pagó por su boleto si iba a ponerse hasta la madre, a perderse sin saber nada de nadie”. “Es que me caí”, me contaba a mí mismo, disculpándome; “caí en la cueva y no puedo salir”. Y entonces esa luz al fondo de lo oscuro se iluminó de colores, millares de tiras de tonos brillantes que fueron formando una madeja serpenteante. “No mames, es la prudencia”, me dije. Y mientras ese hilo agarraba consistencia, alcancé a identificar una canción. “Hey boy hey girl”.

Abrí los ojos de golpe, como si una inyección de adrenalina me hubiesen aplicado entre costillas; alcé la vista, puse mis nudillos en el pasto y me levanté lentamente. Estaba confundido, pero lo suficientemente listo como para entender que era de noche y que frente a mí estaban los Chemical Brothers. Volteé a mi alrededor y ahí se encontraban mis amigos, sonrientes, brindando. Les pregunté qué hora era; habían pasado más de seis horas desde que por vez primera mordí La Galleta. “Estos Chemical se están pasando de verga”, me dijo uno, invitándome de su cerveza.  Tomé el vaso y temblando sorbí, luego pasé la lengua por mis labios y por instinto me barrí a mí mismo al tiempo que me palpaba. Mis amigos me dijeron que sí, que sí traía mi teléfono y mi cartera. Y no se los dije porque no era prudente, pero yo no estaba buscando eso, sino cerciorándome de que mi cuerpo seguía ahí, donde horas atrás lo dejé.

Foto de portada: Toni François

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