Hay días en los que la lluvia parece darnos una tregua y el atardecer se alarga más de lo previsto. Tanto para despejar ideas como para que lleguen las nuevas, estos momentos son maravillosos para olvidarse de todo y deambular pacíficamente por las calles. A las pocas pisadas, los grandes problemas se diluyen: los malabares laborales de cada semana, el dichoso dinero que nunca llega, la locura política transoceánica… hasta te libras sin querer del bombardeo de chatarra digital con la que nos autoflagelamos (nadie sabe bien por qué) cada día. Ayuda, claro está, tener un celular medio roto y, sobre todo, no llevarlo encima durante el paseo.

Esta flanerie involuntaria me suele llevar a lugares insospechados. Tanto físicos, como mentales.  Esta vez, el detonante fue una zona escolar repleta de niños. La memoria se pone en funcionamiento y, de forma automática, uno empieza a recordar su infancia. Recordar: volver a tirar una cuerda hacia el pasado, ay. En mi caso, esa cuerda no sólo tiene un largo recorrido temporal (los años no perdonan), sino espacial; mi infancia no serán recuerdos de un patio de Sevilla, pero sí ocurrió a más de 9,000 kilómetros del suelo que ahora piso… y eso lo hace, si no poético, al menos sugestivo.

Crecí en muchos lugares de Madrid y, cuando uno pierde la cuenta de los colegios o las casas en las que ha vivido, intenta reconstruir aquellos años en una línea temporal. Tarea nada fácil; la posmodernidad no perdona y siempre queda algún fragmento sin encajar. Aun así, es una sensación muy placentera (ya pensaré bien por qué), cuando te reconoces en un gesto, una palabra o un juego infantil con un grupo de chavitos uniformados. Reconocerse: otro gran verbo que, pronombres fuera, se convierte en el gran examen palindrómico de nuestra identidad.

La cuestión es que el grupito de amigos estaba jugando a la cebolla (algo parecido a nuestro churro) y, como si me hubiese abducido una máquina del tiempo, reviví aquellos juegos de antaño. No recuerdo bien en qué patios de qué colegios ni con qué amigos, pero hacíamos prácticamente lo mismo: jugar al yoyó (aquí, yoyo), a la peonza (aquí, trompo), a la rayuela (aquí, el avión), al escondite (aquí, escondidas) o incluso saltar a la comba (aquí, brincar la cuerda), por qué no.

Vivíamos en un mundo (como el que estoy contemplando ahora mismo) donde las nuevas tecnologías no tenían presencia alguna (de hecho, no existían) y todo se resumía a matar el tiempo, respetar unas reglas e incluso a cantar lo que hiciese falta. Reconocerse, vaya. Cuántos octosílabos recitados a coro sin saber por qué aquellas tonadillas eran tan populares y nos hacían tan bien. Y si el patio de mi casa era muy particular, ahora suenan otras letras que hablan de perritotos, cajas de miel que se depositan en una extraña rueda o incluso víboras de mar que hacen que unos se queden adelante y otros, lógicamente, detrás.

No sé por qué, pero últimamente me veo envuelto en situaciones que me hacen recordar mi infancia. Y esta semana, por partida doble. La primera fue el pasado domingo; después de una comida familiar, se propuso jugar a la lotería. Puse cara de póquer y, cuando me dejaron mi tabla y empezaron a gritar las cartas, la memoria se volvió loca. Y más aún porque, al ir colocando los frijoles en su sitio, intenté pensar que yo hacía algo parecido con garbanzos. Pero no recuerdo qué juego era. Y así, surgió la conversación.

A mí me encantaba jugar a las chapas.

¿Mande?

Cierto. Aquí son corcholatas y, según parece, no les sacan tanto partido. Cuántos trajes de ciclista dibujé en los cuadernos cuadriculados de Matemáticas. Y sí, si eran chapas de fútbol (aquí, futbol), el balón era un garbanzo.

Qué chistoso.

Era lo mejor del mundo.  

 A mí me pareció chistoso lo del gritón. Y más, cuando me entero de que a los niños que cantan la lotería navideña se les llama gritones. En España los únicos que gritan la Lotería son los niños de San Ildefonso: huérfanos que nos cantan la suerte cada año. Bueno y a los que les toque el gordo, supongo. Pero esta lotería mexicana es distinta y la poesía popular vuelve a tomar presencia. Me gusta. El encargado de gritar, en el fondo, no grita. Saca su carta del bonche (curioso que en España se le llame taco: hasta para referirnos a una grosería utilizamos el término gastronómico por excelencia en México) y así, decía, nombran la figura que aparece en la carta, con una rima improvisada que se añade: el catrín (el galán mexicano), el cotorro (el loro), la chalupa (la canoa), las jaras (las flechas), el apache (con pantalón y guarache), el bandolón (del mariachi Simón), la muerte (siriquisiaca), ¿el negrito?

¡El que se comió el azúcar!

¿Y dónde está la rima?

La segunda magdalena proustiana llegó a mis manos, sin querer, en una hamburguesería. En la propia carta del menú te ofrecen un surtido de juegos para pasar el rato. Muchos son los mismos, aunque algunos con nombres distintos: el Turista (Monopoly), el Maratón (Trivial) o el Adivina Quién (Quién es Quién). Y el más popular, que no había visto en mi vida: Serpientes y escaleras. Curioso, sí. Aunque, la verdad, yo tampoco fui muy de juegos de mesa. O sí. No recuerdo bien. Cartas, supongo. Al final, optamos por el Scrabble con la condición de ocupar términos mexicanos, por hacer algo distinto. Y justo cuando estaba recordando la duda de si baro (dinero) era con be grande o chica (uve), uno de los niños me golpea en el brazo y vuelvo, de golpe, al parque en el que estoy sentado.

 ¡Vocho amarillo!

Para sorpresa del espontáneo jugador, ésta sí me la sé. Vocho es la apócope (a la mexicana) de Volkswagen. Algo así como lo del jocho (la adaptación fonética del hot dog) o la chamba (el trabajo, por la curiosa homofonía con la Chamber of Commerce). Y es cierto, se ven muchísimos escarabajos: los famosos modelos que diseñara Hitler en Alemania y que en México se pusieron de moda en los noventas. Algo parecido a lo que debió ser en España la fiebre de los Seat 600. De hecho, el nuestro quizá hasta fuese amarillo. Sea como sea, el juego es muy sencillo si alguien ve un modelo de ese color, golpea al otro y luego le soba el hombro para paliar el daño. Y, como en todo juego, existe una forma de protegerte: cerrar puños, levantar pulgares y pronunciar las palabras mágicas.

¡Tengo velitas mágicas que no se apagan!

Pensé que el niño se había confundido de hombro sin querer y quizá se asustase con mis palabras, pero no. La infancia, por suerte, está libre de prejuicios y el mundo se comprende (básicamente) a través de lo lúdico. Qué maravilla. Eso sí, me recrimina que levanté mis velitas demasiado tarde y él ganó el juego. Y tiene toda la razón del mundo; las reglas son las reglas.

 

 

 

 

 

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