Sobrevivientes, eso somos los mexicanos. Y no me refiero a ese microscópico grupo de gran poder adquisitivo. No. Hablo del hato al que pertenecemos los de la clase media hacia abajo (la cual se diferencia, si acaso, por el equipo celular que posee). Somos sobrevivientes porque seguimos en pie a pesar de una añeja práctica discriminatoria disfrazada de progreso. Respiramos, aún con el estómago vacío, el futuro nublado y las oportunidades inciertas. Nos mantenemos con unos pesos que apenas nos sirven para ir al trabajo, mal comer y salir a dar una vuelta los domingos.

Estamos vivos pese a un sistema económico depredador que nos ha hecho hiper sensibles a cualesquier daño ocasionado al comercio, a los medios de transporte y en contraparte, nos volvió indolentes al dolor, a la tragedia y a la injusticia humana.

Continuamos nuestra vida, una vida que no le interesa en absoluto a la fauna política, un grupúsculo repleto de hombres y mujeres de dudosa reputación, dudosa inteligencia y dudoso desempeño (todo se reduce un dato: en México somos 60 millones de pobres; el lado económico es el más visible, pero el problema va más allá: también padecemos pobreza espiritual, cultural y social).

Los últimos ocho años dejaron en México 150 mil muertos por narcoviolencia, 42 mil desaparecidos, 250 mil desplazados, una guardería incendiada en la que murieron 49 niños y varias matanzas, la más reciente, en la que murieron 6 personas y 43 estudiantes permanecen desaparecidos.

Compramos con una moneda carcomida por liposucciones económicas que nos hacen creer que es esbelta, cuando muere día a día, junto con nuestros bosques, arrecifes y reservas petroleras.

Vivimos entre secuestradores, dirigentes sindicales, narcotraficantes, 500 diputados, miles de policías, 2 mil 500 alcaldes, dealers, 32 gobernadores, sicarios, burócratas, halcones, jueces, empresarios y no aún no morimos. Incluso, nos damos tiempo para soñar, reír y celebrar goles.

Hay algo en el aire, tal vez, que nos permite vivir sin leer: padecemos una anemia lectora que, en vez de avergonzarnos, es motivo de presunción. Hay algo en el maíz, posiblemente, que permite simbiosis inimaginables: deificar al narcotraficante; admirar al político; aplaudir la represión; criminalizar al inconforme; banalizar el esfuerzo ajeno o simplemente, ignorar todo lo anterior y creer que habitamos en un país de ensueño.

En los últimos 10 años nos hemos preocupado más en ahorrar dinero, que en convertirnos en mexicanos leales; procuramos el consumismo tecnológico, que en valorar y conocer nuestros orígenes; preferimos el camino fácil, al esfuerzo cotidiano. Honor, todo queda en una cuestión de honor.

En mi generación todavía se hablaba de honor. Sin embargo, los niños de la actualidad lo desconocen. ¿Honor? Se preguntan. Lo asocian al dinero, a los bienes materiales y al poder. Y lo hacen de ese modo porque el término se devaluó, gracias a los partidos políticos y a una democracia que nos hizo a la idea de que sólo una Cámara de Diputados o un Ayuntamiento, pueden ser honorables.

Pero la honorabilidad no la otorga un papel o un cargo público. El honor se gana día a día, con el cuchillo entre los dientes, enfrentando problemas, penurias, injusticias y lo peor: olvido. El hombre honesto está destinado al olvido. Y ahora vivimos en tiempos en que todos anhelan la posteridad. Esto ha ocasionado que sean muchos los que hablan y muy pocos los que hablan con honestidad. En estos tiempos, el payaso, el mecánico o el cocinero tienen más reflectores (y seguidores) que un filósofo. Nada más absurdo. Aunque para nosotros sea de lo más normal.

Imagen: Chavis Marmol

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