Fires burn in my heart.

No smoke rises.

No one knows.

Kenneth Rexroth

La preocupación más importante de mi vida ha sido la brecha entre lo comunicable y aquello para lo que el lenguaje no alcanza. Soy comunicóloga y aunque el motivo para elegir esta profesión fue circunstancial, la elección no estuvo equivocada. Debí estudiar esta licenciatura, y no sólo porque el año en que terminé la preparatoria no se ofertó en mi ciudad la carrera de Letras, sino porque mis intereses fundamentales siempre han tenido que ver con la comunicación, llevándome a entenderla como una forma de la presencia. Años más tarde descubrí que la literatura me interesaba principalmente como fenómeno comunicacional.

Quienes me conocen tendrán claro que no elegí una carrera afín a mis habilidades, sino lo opuesto: en persona me cuesta interactuar; sufro como nadie la camisa de fuerza de la sintaxis al no lograr una transcripción ordenada de mis pensamientos y cuando me doy cuenta, ya estoy articulado vocalmente mis ideas en el orden en que surgen, mientras los demás intentan, quizá sin éxito, seguir mi discurso.

Soy rígida, marcial: un soldado de la guardia inglesa en situaciones nuevas o con personas desconocidas, mientras que en actitud de “andar por casa”, otra versión de mí que es más sonriente, tiene un registro de expresiones de supervivencia que ayudan a pasar los días en amistad con el mundo, pero no procuran ningún involucramiento de riesgo. Decir por ejemplo: “¿Me alcanzas la jarra de agua?” es ya una forma de estar cerca sin implicarse. Se trata de una comunicación en la superficie, útil, como dije, para estar vivo, aunque decepcionante para cualquiera que se sienta llamado a la profundidad de otros intercambios.

Como otros actos físicos (el baile, los gestos, la postura), conversar me cuesta. Para mí la comunicación, si es seria, conlleva intimidad. Algo se invierte en ella para ser transformado y todo el sentido que se daba por hecho en las cosas se vuelve susceptible a cambiar. Hablar con alguien, pero hablar de veras, es un acto alquímico. Sólo en esta confianza es que algunos logramos la congruencia expresiva: la puntualidad en el decir y en los gestos, la modulación precisa de la voz y la comunicación con otro en su grado más alto. No es extraño que se consiga esto sólo con unos pocos amigos a los que es posible decir: “bienvenido a mi casa” en todos los niveles del lenguaje. Se trata de una comunicación de riesgo, porque es la propia conciencia lo que se pone en juego, y lo que puede perderse es la esperanza de un “otro”’ que, en su paciencia y entender, contenga a quien habla y le permita existir más allá de sí mismo. Tampoco es extraño procurar el espacio cerrado para hablar con esos ciertos amigos, y en mi caso valga la observación para saber lo que busco cuando cierro una puerta tras la que no estoy sola.

En un último nivel de comunicación –el que se tiene con uno mismo– el propio lenguaje y el de los otros adquiere nuevos significados en la intuición; donde decir “¿Me alcanzas la jarra de agua?” puede conducir a otras interpretaciones, a un objeto que no es necesariamente el que se nombra, sino una jarra de agua en la memoria o en la fantasía: una jarra que deja de serlo para convertirse en signo de otra cosa y como resultado de estas introspecciones, la comunicación con los otros se ve comprometida.

Tomo prestado para explicarme, el calificativo de “pedestre” que le escuché a un conocido cuando se refería a la expresión verbal de algunos escritores, en contraste a los méritos de su expresión escrita. Voy a quitarle el sentido peyorativo a la palabra y a usarla para inventar una taxonomía. Suponiendo que algunas inteligencias pudieran ser “pedestres” por su pragmatismo; tendría que haber otras “voladoras” por su vínculo con la imaginación; y algunas más, como la mía, deberían clasificarse como “evaporativas” por toda la distracción que el flujo de conciencia supone a los contactos con el mundo exterior.

Recuerdo haberme evaporado de una clase de física en la preparatoria, cuando la maestra habló sobre gravedad invertida y el concepto me deslumbró tanto, que agoté el tiempo pensando en sus posibilidades de significado y no en la solución del problema que estaba en el pizarrón.

Aunque todos experimentamos estas variaciones de ruido derivadas del contexto; en casos como el mío, la dificultad instaurada de lleno y sin mermar al paso de los años, es lo que es, sin eufemismos y trasciende a la simple timidez.

Por esa angustia elegí una profesión y por ella también quise escribir. Ninguna salida más desesperada ni más elemental: escribir por defecto, porque no me gusta hablar y cuando lo hago, comunico lo indispensable. Estoy convencida de que la vocación no siempre se origina en la destreza, sino también en la limitación.

Soy rígida en los primeros contactos. Vaga de expresión o inexpresiva. Mala para dar discursos, para hablar en fiestas y para esperar en la sala de una casa ajena. Soy el peor animal político. Para entenderme, y al resto, estudié comunicación.

Soy fría. Testifico la derrota general contra el lenguaje. Es mi trabajo, como el de muchos. Entendí la escritura como una vocación del habla que, tirando hacia el silencio, era también la posibilidad de comunicar sin la mediación del cuerpo, acercarse al centro, descender hacia la propia temperatura.

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