Por: Miguel Ángel Hernández Acosta

 

Mi padre, en aquellos años, había monopolizado la repartición de despensas a los hospitales de Hidalgo. Surtía lo mismo frutas, verduras, productos de cremería que carnes y jarcería. Su compadre, el secretario de Salud estatal, no sólo consiguió darle los mejores contratos, sino que además lo presentó con la gente importante de cada nosocomio. Así, mientras las ventas en la tienda iban en aumento, las actividades sociales de mi papá también. “Debo tomarme unos cuantos jaiboles para que me mantengan el pedido”, se justificaba ante mi madre cuando llegaba de madrugada, borracho y en un taxi. Por ello, cuando apenas cumplí los 16, mamá fue la más entusiasmada en que sacara mi permiso de manejar. De esa forma, me convertí en el ayudante, tameme y chofer de mi padre, así como en un cómplice que ocultaba sus deslices cobrándoselos con pizzas que comprábamos de camino a casa.

Lunes, miércoles y viernes surtía el Hospital General, el Hospital del Niño DIF, el Seguro Social y el ISSSTE de Pachuca. Los martes y jueves los dedicaba a la Casa de la Tercera Edad, a los albergues municipales, a los bancos de alimentos y al Hospital Psiquiátrico Fernando Ocaranza. Éste, por cierto, lo dejaba para las últimas horas de esos días pues era muy amigo del administrador y nunca faltaba una invitación a tomarse una cuba libre. Así, para eso de las cinco de la tarde, íbamos a nuestra tienda a cargar arpillas de cebollas y chícharos; cajas con quesos y cremas; legumbres, productos de limpieza y escobas. Entonces mi padre ocupaba el lugar del copiloto y me pedía que manejara por la carretera México-Pachuca hasta llegar al hospital que parecía un gran castillo de ladrillo naranja. Mientras el sol iba descendiendo, papá sacaba de la guantera un cassette con éxitos de Vicente Fernández y comenzaba a cantar, quizá preparándose para el momento cuando se pusiera a brindar y a cantar con Leonel.

Una vez que pasábamos Villa de Tezontepec, mi padre empezaba a hablar conmigo, aunque muchas veces sospeché que aquello era más bien un monólogo en voz alta: “Tu abuelo decía que se deben aprovechar las buenas oportunidades, que hay que ser un oportunista, por eso es que me hice tan amigo de Leonel… De eso dependía que me mantuvieran como el proveedor de este lugar…”.

Pensaría que necesitaba darme explicaciones. La verdad es que yo no se las pedía.

Ya frente al hospital, él se bajaba a tocar la puerta y aparecía un hombre rechoncho a quien le decían El Mudo. Nunca supe si era simplemente un apodo o es que nadie sabía cómo se llamaba aquel indigente que un día había llegado al manicomio en busca de empleo y a cambio de un poco de comida se había quedado a trabajar y desde entonces no decía una sola palabra.

A continuación empezaba un ritual que, por nuestra seguridad, no podía alterarse. Debíamos cerrar las ventanas de la camioneta, poner los seguros de la puerta y entrar despacio, pero sin detenernos un segundo, hasta llegar a la bodega que se encontraba atravesando un patio amplio y siempre lleno de excremento de los enfermos. El Mudo abría un gran portón de hierro y de inmediato tomaba un látigo con el cual espantaba a los locos que veían en ese instante una oportunidad para escapar. Nosotros acelerábamos un poco y seguíamos de frente intentando no prestar atención a aquellos dementes: una mujer harapienta y con mirada extraviada que se acercaba a la ventana del conductor y con un aullido bestial decía: “papito, papito, comida…, hambre”; o un hombre desnudo que se frotaba contra la camioneta y brincaba sobre el cofre meneando un pene llagado; o una joven quien se ponía delante y a la que debíamos ir empujando a cada vuelta de las llantas, muy despacio, procurando que ella se moviera un poco y no la atropelláramos. Mi padre, mientras tanto, no paraba de reír enfebrecido y de gritar: “Órale, pinche Mudo, quita a estos cabrones de aquí”. Entonces el hombre obedecía e iba abriéndonos paso, con sonidos guturales, como si fuéramos príncipes entrando a su grotesco reino.

Cuando llegábamos a la bodega, El Mudo hacía restrellar su látigo o utilizaba una manguera para golpear a los internos y, de esta forma, cerrar otro gran portón. Recuerdo que a pesar de que lo veía poner tres o cuatro candados, dejaba pasar unos cuantos segundos antes de atreverme a bajar de la camioneta. Además, mi miedo aumentaba cuando mi padre y El Mudo abrían otra puerta que los llevaba a la administración del manicomio donde Leonel los esperaba con una botella abierta de brandy Presidente y a mí me dejaban solo. Entonces debía quitar la manta con que cubríamos la caja de la camioneta e ir descargando toda la mercancía. Aquello dilataba 40 minutos o un poco más y mientras tanto sólo veía aparecer de vez en cuando a mi padre o a El Mudo, quienes iban por una rueda de queso o por los paquetes de jamón rebanado para tener la botana necesaria para continuar bebiendo y empezar a cantar música de Antonio Aguilar o de Cornelio Reyna.

Así, cuando la camioneta ya estaba descargada, esperaba en aquella bodega escuchando los pasos de los locos afuera, el rasgar de la puerta de alguno que sospechaba mi presencia del otro lado, la risa frenética del hombre que se masturbaba un pene sangrante.

Cuando bien me iba, a las 9 de la noche mi padre salía tambaleante de la Administración, seguido por Leonel a quien debíamos llevar a su casa en un pueblo cercano. Antes de eso, me ordenaban que cargara algunas bolsas de la mercancía recién desempacada pues la dejaríamos en casa de una mujer prieta, de senos marchitos, a quien Leonel pretendía: “Estos perros no saben lo que es tragar cosas buenas. Si están locos, que se traguen los desperdicios que dejan”, exclamaba entre risas don Leonel.

Ya los tres en la camioneta, El Mudo volvía a abrir los candados de la bodega, yo arrancaba y con lentitud atravesaba el patio, cuidando de no atropellar a alguno de los internos que se había quedado dormido ahí o que se escondía tras alguna pared para intentar escapar cuando abrieran el zaguán general. Debo confesar que pocos lo habían intentado, pues según contaba entre carcajadas el señor Leonel, El Mudo los mantenía a raya con chapuzones en tambos de agua helada: “los muy perros son bestias. Merecen eso y más”.

Cuando llegábamos a la carretera México-Pachuca yo sentía que mis nervios comenzaban a aplacarse y aceleraba hasta llegar al pueblucho donde dejábamos la mercancía y a Leonel, quien borracho cobraba a la mujer caballuna los productos que le “regalaba”. Ella, acostumbrada a las visitas de martes y jueves, lo esperaba con escotes que mostraban unos senos con estrías, pero desbordantes; lo abrazaba apenas ponía un pie en el suelo y se lo llevaba jalando a una habitación que quizás olería a sexo desabrido. Supongo que de esos tiempos guardo en la mente la imagen de unos labios muy rojos, unas piernas velludas y vestidos negros vulgares que encajaban justo con la figura rechoncha de aquella mujer. Tal vez de ahí también es que siempre recuerdo a la amante de Leonel cuando veo a las prostitutas del parque Colón.

Ahora que lo recuerdo fue al poco tiempo la noche que me interesa contar, cuando aquel doctor que años más tarde sería secretario de Salud acudió al Fernando Ocaranza con un grupo de médicos a realizar una investigación (quizá fue a consecuencia de aquella noche). Luego de la visita, publicaron un estudio sobre las condiciones infrahumanas en que se tenía a los internos y una revista, creo Proceso, les hizo eco y tuvo que reformarse en todo el país el cuidado de los enfermos mentales. En el reportaje apareció el nuevo administrador del manicomio y El Mudo; también se publicaron abundantes fotos de los locos siendo humillados: baños a manguerazos, comida echada a perder en las ollas de la cocina, ropa sucia de excremento… Entonces mi padre ya no surtía la mercancía, y aunque una reportera llamó a casa para pedir su opinión, él aún no se recuperaba del shock en que había caído después de que todo se salió de control. Además, qué le podría haber dicho. Estoy seguro de que con tal de obtener cierta fama habría embarrado a Leonel, así como confesado qué se les hacía a muchos de los productos que llevábamos al manicomio. Ya nada habría importado: los involucrados estaban encarcelados y por órdenes directas de la Presidencia nunca saldrían de la prisión, pues aquel escándalo había provocado un enérgico reproche de la OMS.

Bueno, decía que aquella ocasión todo se complicó, empezando porque mi padre se quedó a coquetear con la contadora del banco de alimentos y se nos hizo tarde: “no te enojes, m’ijo, es quien hace los pedidos y nada quita que le diga algunas cosillas con tal de que nos mantenga en la nómina. Ya sabes: en el negocio no se permiten los celos”, dijo extrañamente, pues él no era de dar explicaciones de sus infidelidades. Así, cuando llegamos a Villa Ocaranza ya casi había anochecido. Mi padre golpeó el zaguán varias veces; yo tuve que tocar el claxon de la camioneta. Aunque insistía en que me acercara a gritarle a El Mudo, me negué argumentando que había visto personas en los alrededores: “No vaya a ser un loco. Hay que esperarnos”. Habría sido mejor que en ese momento nos regresáramos a Pachuca, pero supongo que a él ya se le hacía tarde por presumirle a Leonel sus ligues con la contadora.

Unos minutos después se corrió el gran cerrojo de la entrada principal y en un rápido abrir y cerrar, El Mudo salió con el rostro pálido. “¿Por qué hasta ahorita?”, pareció preguntar con un movimiento de brazos, con unos ojos desorbitados, con una mueca grotesca, mas sin esperar respuesta empujó el zaguán y se hizo a un lado. El patio, ya entre penumbras, se aluzó con los faros de la camioneta. No se podía ver la bodega desde ese punto y contrario a su costumbre, El Mudo se echó a correr apenas cerró. Temí que algo raro pasara, así que aceleré temeroso. De pronto, un manoteo en el espejo hizo que me sobresaltara. No puedo asegurarlo, pero creo que mi padre también se asustó: “Apúrense”, impuso con señas El Mudo, con los ojos espantados, con un tris de dedos de inconfundible interpretación. Algo estaba pasando.

Las puertas de la bodega se abrieron y tapándose las luces con un brazo, apareció Leonel. Hizo señas para que entráramos rápido y apenas estuvimos dentro, encendió la luz de la oficina, dejando aquella puerta interior entreabierta.

―Qué bueno que llegaron. Necesitamos refuerzos. Échenos la mano.

Nos contó que aquel día a El Mudo se le había pasado la mano con un interno y como si el resto tuviera uso de razón, se había organizado una revuelta que de principio creyeron controlada, pero que para ese momento ya los había obligado a disparar al aire varias veces.

―Pinche Mudo ―dijo papá―, pues qué se te metió a la cabeza. Ya te lo había dicho, un día esos cabrones te van a matar ―rio explosivo y de inmediato se calló por órdenes de Leonel.

Acordaron que yo me quedaría en la oficina por si las cosas empeoraban. Si se escuchaban disparos, debía llamar a emergencias y a la policía del pueblo cercano. Ellos, mientras tanto, intentarían meter a todos los locos a sus habitaciones. No sería mucho el trabajo, pues sólo quedaban sueltos unos cinco o seis (los más violentos), quienes se escondían aprovechando la oscuridad. Mi padre ni chistó. Aquella oportunidad de ser un verdadero macho no la desaprovecharía. Ya imaginaba que durante semanas enteras no se iba a cansar de presumir cómo había controlado a esa bola de desquiciados. Leonel le dio una pistola, una lata de gas pimienta y un garrote para que golpeara a los locos. En cuanto hallara uno, debía asestarle un garrotazo en la cabeza y después en las piernas, para derribarlo. En ese instante, además, debía chiflar dos veces y Leonel, así como El Mudo, llegarían con cuerdas para amarrar al loco: “son bestias y así hay que tratarlos”, dijo el administrador con la sangre ardiendo. Seguro que la refriega de varias horas y su incapacidad para acabar con ella lo tenían con la venganza a flor de piel.

Así, por primera vez desde que conocía aquel manicomio, pude entrar a la oficina donde mi padre siempre se emborrachaba. Era un espacio de unos cincuenta metros cuadrados. Al interior había dos sillones verdes forrados con hule cristal, una mesa donde apenas cabrían dos personas, un par de sillas, una barra llena de botellas de todo tipo de bebidas, así como una vieja consola con incrustaciones en concha nácar y perillas doradas. En uno de los extremos, el que estaba pegado a la puerta de entrada, había una estufa junto a un trinchador con algunos platos y ollas de peltre. Supuse que Leonel y El Mudo ahí prepararían sus alimentos. Debajo de lo que sería el fregadero, había canastos con los mejores productos que nosotros llevábamos: verduras, carnes frías, pollo, bisteces.

Leonel, El Mudo y mi padre salieron de la bodega sin decir más. Lo único que hicieron fue encerrarme con llave en la oficina y después oí sus pasos alejarse. Eso sí, no escuché que pusieran los candados de la bodega, y es que era imposible hacerlo, pues se colocaban desde adentro.

Sentía los brazos duros por los nervios, además que la oficina hacía que me sintiera claustrofóbico: no había ventanas en aquel cuarto y la puerta que daba a la bodega tenía en la parte inferior unas tiras de plástico que impedían la circulación del aire. Ahora me pregunto cómo mi padre y Leonel podían estar tan a gusto ahí. Yo no habría soportado más de media hora sin querer escapar.

Intenté sintonizar la XEPK, pero se oía con mucha interferencia. Supuse que las tardes en que papá cantaba dentro de ese lugar él o Leonel sacarían de algún escondite discos o cassettes, pues la radio era más un ruido que un sonido de acompañamiento. Apagué la consola. De fuera provenían gritos sin palabras de El Mudo que se oían lejanos (eran como llamados de cavernícolas: jadeos que provocaban miedo). De pronto era un silbido, a veces una grosería que papá exageraba para dar cuenta de que habían agarrado a un loco. Sin embargo, de repente se escuchaba también un estamparse contra la puerta de la bodega y en seguida el gemido de un loco que había sido controlado a garrotazos. A veces, incluso, aquellos gritos eran como maullidos de animales que un golpe callaba. En otras, los ruidos eran tan espeluznantes que afuera parecía un matadero donde reses mugían el dolor y el sacrificio. Ahora que hago memoria, tal vez aquellos rugidos sonaban más como cerdos siendo desangrados que como humanos a quienes les asestaban un golpe.

Por el silencio que se hizo pasados unos minutos, pensé que la situación se resolvería pronto, pero cuando empezaba a relajarme sentado en un sillón, se escuchó un balazo y a Leonel gritar: “Mudo, Mudo, cómo eres pendejo”. Entonces, presintiendo que algo no andaba bien, me refugié en la parte más alejada de la puerta, justo detrás de la barra. Iba a tomar el teléfono, pero creyendo que El Mudo había matado a un interno, preferí esperar alguna indicación que nunca llegaría.

Los ruidos se fueron acrecentando en intensidad hasta que pude suponer que ya no venían del patio del manicomio, sino de dentro de la bodega. Alguien tocó a la puerta. Estaba a punto de abrir cuando escuché un “papito, papito, comida”, que me entumeció. Aquella loca estaba ahí. Los golpes insistentes de pronto se volvieron desquiciantes, pues llegaron acompañados de una risa de hombre.

De inmediato me dirigí al teléfono y cuando iba a marcar, la línea se cortó y no pude completar la llamada.

Entonces oí que Leonel gritaba lastimero desde el patio y un disparo provocó que los maniáticos en la bodega se callaran por un instante. Quise pensar que habían matado a uno de los locos, que pronto llegarían para acabar con los que amenazaban con entrar a la oficina, pero tras el silencio regresó un alboroto que no paró desde ese instante. Alguno habría abierto el resto de las celdas y los locos gritaban por todos lados, se reían, golpeaban el zaguán de metal como si fueran gorilas tras las rejas de un zoológico. Por si fuera poco, otro debía haberse hecho de uno de los garrotes (de El Mudo, de Leonel, de mi padre), pues empezó a oírse cómo despedazaban la camioneta estacionada en la bodega y cómo tiraban la mercancía que llevábamos. Supuse que por primera vez en mucho tiempo tenían a su alcance comida fresca y estarían repartiéndose el efímero botín.

“Papito, papito, comida”, se oyó de nuevo a aquella mujer, hasta que un grito de ella misma me hizo saber que las cosas estaban peor de lo que imaginaba. “No, papito, no, papito. No, yo no”, suplicaba entre gimoteos.

Todo quedó a oscuras. Quise creer que papá o Leonel habían cortado el suministro eléctrico para tener ventaja sobre los internos, pero no tardé mucho en darme cuenta de mi error. Un golpe seco se oyó tras la puerta de la oficina y enseguida el grito de un loco que no era sino el presagio de lo que vendría: golpes y más golpes a un tubo que seguro estaba en la bodega. El sonido metálico y agudo hizo que me tapara los oídos y me escondiera, sin razón, debajo de la mesa. Habría seguido ahí de no ser porque escuché cómo la puerta había comenzado a ceder: alguien la estaba forzando desde el exterior. Al acercarme a ella, se me ocurrió que lo mejor sería bloquearla recargando la mesa y reforzarla con unas cuantas sillas, sillones y otros objetos que encontré mientras recorría la habitación a ciegas.

Un balazo se oyó en la lejanía, así como un grito de mi padre quien, tiempo después me confesaría estando borracho, había matado a un interno: “Bestias, son bestias”, aullaba tal vez para convencerse de que no había cometido un error al reventarle la cabeza a aquel anciano que con miedo nos miraba tras una columna cuando en la camioneta atravesábamos el patio.

Sin medir las consecuencias, quité la mesa y jalé la estufa para atrancar mejor la puerta, pero al hacerlo rompí la tubería plástica que la conectaba con el tanque de gas, por lo que el olor tan característico y picante del butano invadió la habitación en un segundo.

Anduve a gatas por el cuarto buscando algo con qué impedir la fuga, pero los trapos y periódicos que hallé no lograban taponear lo suficiente, además que, a oscuras, en un sitio desconocido para mí, era casi imposible que lo consiguiera. El aire ya estaba viciado y el gas salía a chorros, aunque de a poco fue disminuyendo hasta convertirse en un silbido que a cualquiera habría puesto nervioso.

En tanto, los locos que forcejeaban con la puerta empezaron a aventar huacales que al estrellarse producían un ruido ensordecedor. La loca gimoteaba como si la hubieran violado o como si le hubieran roto algún hueso. Y las risas de los otros desquiciados, de las otras bestias, eran indescriptibles.

Supongo que serían los nervios, el miedo de no saber qué hacer, pero lo que ocurrió durante los siguientes minutos lo recuerdo poco. Todo estaba oscuro en la oficina. Asustado como estaba, trastabillé muchas veces. Hubiera gritado pero los locos habrían estado seguros de que estaba ahí. Entonces, recordé a mi madre, su manía por guardar trastos viejos dentro del horno, que nunca ocupaba; trapos y manteletas que compraba por manía de ama de casa. Atiné a abrir las puertas del horno de la estufa para descubrir trapos o telas y con uno de ellos me tapé la nariz, casi inútilmente.

Después, como entre sueños, oí más balazos; golpes que tiraron la puerta; a un loco riéndose de forma macabra al momento de entrar a la oficina (tras destrozar la puerta con un garrote, después de empujar la estufa que tapaba la entrada, además de las sillas y muebles que yo no había sabido acomodar). Tropezó con mi cuerpo y a tientas palpó mi pierna: me dio unos mordiscos y ya me había montado y empezaba a golpearme cuando un resplandor iluminó aquel lugar y una bocanada de fuego provocó un estruendo que nunca habré de olvidar: mi padre había disparado sin saber de la fuga y sin imaginar que el gas acumulado haría estallar el lugar.

Con aquel resplandor pude ver los ojos del desquiciado que tenía frente a mí: de su boca escurría sangre y su cuerpo desnudo estaba llenó de mierda, de comida masticada, de baba, de llagas…

Desperté a los dos días en el Hospital General. Me habían hecho trasplantes de piel y reconstruido brazos y piernas. Mi cara era una masa sanguinolenta y negra que tardaría años en adquirir el color rosado que hoy tiene. Los párpados, pegados por la explosión, habían tenido que separarlos mediante cirugía y ahora parecían las cuencas de un monstruo infernal. Mi padre estaba en la cama de al lado, con un brazo amputado y con una sonrisa ilógica: “les dimos en la madre a esas bestias”, creo que me dijo cuando me vio despierto. Se refería a cinco locos muertos, tendidos en el piso como si sólo bastara con echarles cal encima para que no apestaran; a El Mudo ahora convertido en interno; a otros enfermos con quemaduras leves…

Todo el dinero que mi padre había acumulado medrando de sus amistades, así como la culpa que lo atormentaba, no fueron suficientes para que yo quedara como una persona normal. Ni en los hospitales de especialidades del DF, ni en Houston, ni en ningún lugar consiguieron darme un aspecto menos aterrador. Mis dedos parecen garras de cuervo, mis brazos son lampiños como la piel del xoloitzcuintle, mi cara recuerda a la de aquel personaje que puebla las pesadillas del infierno. Sin embargo, mi padre sigue siendo el mismo. Claro, ahora ya no me usa como su chofer, ni me hace partícipe de sus conquistas (supongo que porque ya no las tiene) y ha dejado de surtir pedidos en todo el estado: estamos en bancarrota. Su compadre, el secretario de Salud, dejó de recibirle llamadas e hizo hasta lo imposible para que no quedara huella de su amistad. Mi madre, por su parte, intenta no cocinar cuando yo estoy cerca. Aunque a mí, al menos, no me da mayor miedo acercarme a una estufa, pero he adquirido la manía de comer la carne de cerdo y de res lo más cruda posible, para al dar el mordisco imaginar que desgarro con mis dientes la piel de aquellos locos que me desgraciaron la vida. Cuando lo hago, entierro mis colmillos en la carne y estoy seguro de que bestias y animales son lo que sobra en el mundo. Al mismo tiempo, miro a mi padre con desprecio.

 

 

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*El presente cuento está incluido en el libro «Misericordia» (Librosampleados, 2018)

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