Límite

Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.

Más allá es la ley, es la necesidad,

la pista de la fuerza, el coto del terror,

el feudo del castigo.

Más allá, no.

Rosario Castellanos

 La distinción entre lo público y lo privado remite a la antigüedad griega, donde lo primero implicaba la participación en los asuntos comunes, así como la formación del discurso individual; eso íntimo que el silencio gestaba en los ambientes domésticos.

Hablar de lo privado no era referirse a un ámbito opuesto, sino a un espacio anterior a la exterioridad.

El uno conseguía su integración con el todo sólo después de  haber definido unos valores propios. El hombre y la mujer salían al mundo terminados: habitantes de sí mismos antes que de la ciudad.

 Como frutos guardados en un rincón sin luz, que ahí maduran, los individuos de entonces -que idealizo- aprovechaban la oscuridad para alumbrar, después de un tiempo, su presencia pública. Interioridad y exterioridad no eran conceptos enfrentados: una vida avanzaba hacia la otra y  sin embargo, los espacios no se mezclaban.

En nuestros días, la inexactitud en las definiciones resulta de imposibilidad para clasificar las experiencias que se viven a uno y otro lado de la  línea divisoria, así como de la transformación permanente de estos conceptos.

Con el “auge de lo social” descrito por Arendt, y el apogeo de las redes, entre sus consecuencias, mi generación y las que le suceden parecen haber desplazado mucho de lo que antes ocurría en la esfera privada al contexto de lo público.

Por ejemplo, he seguido la gestación y nacimiento de un niño en algunas familias, desde la ecografía hasta sus primeros meses, a través de lo que aparece aleatoriamente en mi muro de Facebook. Este hecho, que antes habría pertenecido a la intimidad familiar, ahora es parte de aquello a lo que se accede desde lo impersonal y colectivo, pudiendo pertenecer a más de un ámbito privado.

En algún momento el cuerpo y sus procesos, la casa y otros espacios de intimidad desdibujaron sus límites y a partir de entonces, la  noticia de un temblor en un lugar desconocido puede no asimilarse como simple información, sino tener un correlato emocional o simbólico en la vida de quien se entera de ello a kilómetros de distancia.

Pertenezco a una generación que madura expuesta y que renuncia al misterio, pero que también posee un mundo exterior confinado en lo más personal de la experiencia.

Si el antes de  la cuestión suponía distinguir entre dos formaciones; la de la perla si en un ámbito cerrado, o la del fruto de la higuera, si en lo abierto; en el ahora todo crece en un espacio intersticial.

Creo que lo íntimo, lo real, es también lo menos probable y aquello de lo que más se duda. Por eso no conservo  nada de  mis encuentros significativos, no me atrevo a insistir por una foto, ni a poner peso de palabras sobre lo que es verdadero en tanto no se le nombra.

Porque, tal como lo entendieron los griegos,  el discurso hace tangible lo que toca, lo vuelve presente, accesible a los otros: vulnerable.

La frontera entre un espacio y otro es cada vez más tenue, pero entre quienes logramos distinguirla -quizá por una necesidad de privacidad mayor- las justificaciones para las máscaras, las fachadas de la vida pública, son también más claras.

Pienso que la presencia en las redes, la construcción de un perfil público y algunos de los actos cotidianos, como la vestimenta que se elige, la forma de sonreír, o de dar cualquier explicación a alguien que, definitivamente no la necesita, cumplen la función de ayudarnos a callar.

Buena parte de lo que esos actos comunican es mentira y otro tanto no corresponde con la realidad interna de quien los ejecuta, pero el mundo seguirá haciendo preguntas a cambio del sentido de pertenencia a él y nosotros continuaremos respondiendo igual.

A veces el discurso será lo bastante sólido para cubrir eso de uno mismo, que se niega a estar expuesto, mientras que otras será parco y con inconsistencias. El hecho es que siempre recurriremos a él y a la superficialidad para proteger ciertas posesiones de valor: los muebles improbables de la casa que se lleva por dentro, o el saludo de un día que no se dice nunca.

La banalidad se transforma en capas de papel con que se cubren los objetos de cristal, unicel quebrado y cajas con que rodear lo que se ama o duele. Por eso me valgo, como todos, de  apariencias: el cerebro o el corazón que no tengo, mi no decir cuando hablo, la pasión que me falta: esta simpleza que al fin,  blinda todo lo que tengo.

 

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