Por: Ulises Chávez

A mí el mundo no me lo contaron. Las tonterías que pensaba, los hipsters las pusieron de moda años después de dejar de pensarlas. Fui la primera generación digital que conoció Internet comercial de la mano de AOL y Terra. Vi el revivir de Apple con los iPods. Supongo que la tecnología no me es indiferente pero con el tiempo hay cada vez más cosas de las que sé menos, principalmente en lo digital. También hay cosas de las que sé cada vez más, aunque sólo me interesen a mí.

Una cosa es cierta: yo no conocí el mundo a través de mi Smartphone. El mundo lo conocí porque hace 20 años decidí que era necesario caminarlo, verlo en los ojos de otros, oírlo, hablarlo, comerlo, amarlo. Hoy lo único real en mi vida son esos recuerdos, esos lugares, esos rincones de selvas, pantanos, desiertos, océanos, ciudades exóticas, lenguajes ajenos, comidas extrañas, bebidas y fastuosos vicios deliciosos.

El primer pretexto para andar de pata de perro fue la escuela, que demandaba prácticas de campo cada semestre y que duró cuatro años y medio. Luego fue el trabajo, al final creo que he entendido, es mi espíritu y no, no puedo domarlo. Aún hoy detrás de una vida medianamente Godín, a veces me extravío en esas tierras lejanas que siguen ahí, pero han sido devoradas por el urbanismo al que le apuesta este México enfermo de tanta gente con tan malos hábitos de consumo. A veces siento pena por los milennials que sólo viven de lo que aprenden de su teléfono y no de sus caminos.

Hoy tengo un teléfono inteligente y me pierdo en todo aquello que antes ignoraba pero que ahora estudio y aprendo de manera autodidacta, veo porqué hemos perdido a las últimas generaciones de la civilización moderna como la conocemos. Todo ha sido tan fácil con el poder adquisitivo familiar, todo ha sido más rápido consultando en tu teléfono lo que antes eran peregrinaciones a centros de estudios especializados, bibliotecas nacionales o estatales.

Todo son nada más que buenas intenciones, con cero praxis, con cero formación de una identidad social global donde quienes hemos tenido que estar fuera de nuestra tierra, sabemos estar en cualquier tierra.

Hacemos apología de la liberación existencial pero en realidad somos unos viciosos, atascados por nuestras mismas necesidades fisiológicas y víctimas de nuestras pasiones mundanas.

De todo lo que he visto en campo algo me ha quedado claro, el final de todas las culturas que nos han precedido se vino cuando dieron por sentada su relación con la naturaleza, cuando se sintieron exentos de las circunstancias naturales que luego trajeron consecuencias: sequías, hambrunas, guerras.

Cuando dejamos de honrar las reglas, devino el desorden al que llamamos cambio, y nos alejamos de nuestra naturaleza altruista, bondadosa y proactiva con el medio ambiente.

 

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