Por más que uno se esfuerce, en este país no se puede distraer la mirada. Las incongruencias y los males endémicos terminan por mostrarse delante de tu cara aun cuando pretendas dejarte arrobar por la belleza. Uno intenta que la exuberancia de Oaxaca entre por cada uno de los poros de la piel: arte, gastronomía, arquitectura, flora, etcétera; la ciudad es una de las más hermosas del país y su floresta central tiene gran encanto, con todo y el tumulto de turistas que la atascamos y la marabunta de vendedores ambulantes que ahí se instalan.

Oaxaca es una ciudad maravillosa pero no puedo dejar de pensar en el colofón de los libros que publica la editorial Moho de Guillermo Fadanelli. Sus obras dicen algo así como “impreso desde un país en ruinas”. Y es que no sólo las malas noticias parecen atropellarte por esas callejuelas empedradas. A veces uno piensa que nos hemos acostumbrado a que los despropósitos se conviertan en la norma, en la costumbre.

Hace tiempo que el asunto de la Coordinadora de maestros se ha vuelto un lastre no sólo para la ciudad de Oaxaca sino para el Estado entero. Sus marchas parecen ser ya una práctica sistemática y deslucida. ¡Ya casi nadie les pone atención! Lo peor es que pareciera que se trata de un espectáculo más para los visitantes –como las mojigangas o la música-. Uno podría pensar que tienen incluso los horarios bien establecidos para salir a repetir consignas mega-desgastadas. Ni siquiera la lluvia interfiere su marcha lenta y poco impresionante.

Al caminar por las pocas casas de campaña que quedan alrededor del quiosco se puede sentir el desgano de esos profesores y la escasez de la creencia en el futuro de la causa. El resto de la vida pública sigue su curso y en aquella retórica llena de lemas y canciones apolilladas se percibe que han quedado como vestigios de un proceso desgastado y manoseado hasta el hartazgo. Quisiera escribir que el ambiente es otro, pero no hallé evidencias de ello.

Mientras uno puede emprender caminatas con los amigos para impresionarse con casonas y construcciones centenarias, tomar algo en La casa del mezcal o moverse hasta el Mercado de la Merced para almorzar en un domingo soleado, las noticias que llegan de fuera no hacen sino recordar esas ruinas que somos y que desde el extranjero contemplan con cara de pasmo. El asesinato del fotoperiodista veracruzano Rubén Espinosa y otras cuatro personas, acontecido en la colonia Narvarte de la Ciudad de México, es indignante y vergonzoso. La impunidad es ese grito que nos hace conscientes de nuestro fracaso como país.

El magnetismo del barrio de Santo Domingo es grande, al igual que la exquisitez de un chocolate de agua. Es fácil extraviarse en la búsqueda individual de experiencias sensibles que sean seductoras, pero este México atascado de cinismo y una clase política paupérrima y sanguinaria fustiga para no poder estar a gusto a plenitud.

Hay un fuerte jaloneo interior entre esos afanes estéticos y los acontecimientos sociales. La grandeza de Oaxaca no impide que su gente sea de las más desprotegidas del país; falta educación, trabajo y garantías. Con su fortaleza turística no ha sido suficiente.

En pocas horas se rompe la burbuja y uno tiene que regresar a las ruinas de la cotidianidad. Nuestros secretarios se esfuerzan en que los índices de pobreza se incrementan; se esfuerzan en que la cotización del dólar con relación al peso se acerque casi al nivel del euro. El desempleo todos los días aparece. Las autoridades lo niegan, se sienten de una nueva realeza que sólo piensa en el lujo y las portadas de las revistas aristocráticas.

Los momentos de placer paseante duran poco. Es lamentable que los periodistas caigan abatidos como fichas de dominó. Es triste constatar el entreguismo de Mancera y a políticos provincianos que se sienten gángsters de la vieja escuela.

De regreso a casa también se puede mirar de cerca a los estropicios poblanos de Moreno Valle, también de concepción megalómana. Seguro serán meras ruinas futuras.

Así las cosas, uno viaja buscando chispazos de placer y este rejego y atribulado país le arroja muerte y destrucción. Seguro que ese asesinato colectivo de la Narvarte quedará impune. En México son los intocables los que nos mantienen arruinados y a su merced, pero aun así no nos queda de otra que seguir viviendo. Hemos aprendido a resistir.

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