Yo no sabía cómo era sentir que una pira ardiera dentro del cuerpo. No sabía lo que era el crujir de aquello que bombea la sangre al resto del organismo. La opresión del torax, como si alguien inclementemente te estuviera masacrando. No, nunca había tenido la intensión de saberlo, porque por desgracia, antes de que suceda, nadie está esperando a que ocurra. Nadie piensa en eso. Pero después, cuando lo experimentas es la peor adicción, porque para ello no hay dealers ni dinero que pueda pagarlo.

El hijo de Carlos Fuentes, antes de suicidarse metiéndose al fondo del mar en una playa de Oaxaca escribió: “cuando te des cuenta de que todo esto es un juego, ya habrás caído en él”. Y eso mismo fue lo que me pasó. Un día me di cuenta que Ella era todo lo que quería en el mundo, que Ella era mi mundo.

Y después, después ocurrió lo que suele pasar en todas las historias que se precien de ser historias: alguien conoce a alguien, se enamoran. Uno de los dos comete un error. Todo se rompe. Intentan arreglarlo, pero el dealer ya no tiene la droga de la misma calidad. Luego viene la abstinencia, la paranoia, el síndrome de persecución,  la desintoxicación. Y por último: la evocación del éxtasis y el miedo a volver a caer.

Lo peor de este círculo no está en la posibilidad de repetirlo una y otra vez, sino que con el paso del tiempo uno encuentra más impedimentos para conseguir la droga. El tiempo, la distancia, el espacio para ir a conectarla, el precio, la calidad, la cantidad, la compañía para compartirla, la duración del efecto, la disponibilidad, el deseo, la alegría y el dolor de tenerla y no tenerla.

Hace tanto que me rehúso a caer en esa droga, que de cuando en cuando voy paliando sus efectos con sucedáneos que sólo me hunden más en el recuerdo.

Ahora mismo no tendría la estadística exacta de la cantidad de veces que, ahogado en mi desesperación, le he llamado al dealer pronunciando la sagrada palabra anagrama de roma, para poder llenar ese barranco que nace y muere en mi pecho.

Es tan patético saber que has dejado desvanecer la posibilidad de vivir siempre en un viaje infinito con alguien. Es tan triste ver cómo existen muchos enganchados a ese vicio que es amar y dejarse amar y no estar tú entre ellos. Es tan hermosamente cruel y real la vida, que siempre existirá una posibilidad de ir directo a la gloria de volver a encontrarte con alguien que para ti sea Ella o Él.

 

 

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