Por Miguel J. Crespo

Hace 10 años que el olor a tierra mojada y pasto húmedo era mi desayuno. El campo número 18 del deportivo Francisco I. Madero, era la cueva de más de treinta cabrones convertidos en lobos. Carnales que veníamos de la calle, la talacha y el llano. Pasábamos semanas enteras corriendo como caballos y trabajando sesiones dobles en pretemporada, hacíamos recorridos de alineación hasta que saliera, como si ensayáramos una coreografía. Eran horas practicando jugadas a balón parado hasta que al profe le parecía que estaba bien hecho.

La deuda con la señora de las empanadas sigue abierta, si el Yaqui —uno de nuestros defensas con cara de coreano, pero moreno— regresara a pagar, ella podría dejar de chambear y vivir feliz con el don Cabro, el señor del mercado que nos vendía chicharrones calentitos, recién hechos. Recuerdo que Don Efrén, el que nos surtía tacos de canasta al terminar los entrenamientos, estaba amenazado por nuestro preparador físico. Se escondía en las canchas aledañas hasta que los profes se iban, luego nuestros chiflidos eran la señal para que se jalara en chinga con su bici y empezara la tragazón, en la que casi siempre él salía perdiendo. “A quien encuentre comiendo esas madres lo voy a mandar a la chingada del partido del domingo”, nos decía el profe, pero era irresistible tragarte unos de chicharrón bañados en salsa después de esas putizas.

Don Calu, un viejo admirable, bajito y con lentes de fondo de botella —que quería más la camiseta de Lobos Neza que muchos de los que la traían puesta—, el D.T. sin credencial que nos gritaba desde fuera del campo, siempre metido en el vestidor vendiéndonos dulces que nunca le pagamos. Jamás vi a nadie más feliz cuando ganábamos o más encabronado cuando perdíamos como a él. Era un roble inquebrantable, prieto y chaparrito que vio ir y venir a generaciones enteras dentro del equipo.

A cada partido Don Calu llevaba un cuadro de la Virgen de Guadalupe, la imagen nos veía desde un hueco del vestidor mientras nos vendábamos los pies al ritmo de cumbia, reggaetón o banda adolorida. Antes de salir a la cancha acariciábamos su rostro sobre el cristal y nos persignábamos, nunca fui católico, pero ese ritual nos hacía sentir cobijados, seguros e inspirados. Los minutos antes del partido, el vestidor se convertía en una cueva donde sucedía un rito: una manada de lobos se abrazaban para rezar y salir a romperse la madre, a correr parejo  y a chingar al de a lado sino lo hacía.

“El triunfo no lo es todo, es lo único que hay”, decía una de las cartulinas que el profe Santa pegaba en las paredes del vestidor. Esa tarde jugamos el último partido de liga en la tercera contra los Alacranes de Puente de Ixtla, en Morelos. El bochorno te hacía sudar sin siquiera correr, el calor asfixiaba y la tribuna parecía una hoguera que escupía insultos; “ahorita los vamos a linchar culeros”, “no traen nada pinches lobitos caguengues”, “los vamos a chingar pinches troncos”, rezumbaba en nuestros oídos.

“Ganar es lo único que hay cabrones, lo único que se pide de hoy es que no se guarden nada, hay que trabajar como lo venimos haciendo y métanle cabrones”, nos animaba el Santa antes de salir a un campo con césped como de zacate, largo como la chingada y regado con maña minutos antes para provocarnos un precoz cansancio.

Nos fuimos de ese potrero con la victoria. La tribuna era ajena, pero coreaba el nombre de nuestro pinche enano ¡Marioooo!, ¡Mariooo!… habíamos dado un partidazo y ese cabrón de Mario había hecho el del empate y anotado el penal definitivo. Las piernas se me hacían nudos, me acalambré dos veces durante el partido, pero el Santa sabía que no era tan pendejo para cobrar penales. Me quede flotando en la cancha los últimos tres minutos esperando que acabara aquel maratón para anotar cuando me tocara.

El regreso a bordo de nuestro autobús —que más bien era un micro medio destartalado con una calcomanía al frente en la que se leía “Rey Midas”— fue una fiesta. Nos habíamos chingado al equipo más competitivo del grupo y no fue gratis, habían valido la pena todos los kilómetros corridos en el Cerro de la Estrella y el Bosque de Tlalpan, los interescuadras en el 18, los espacios reducidos, los gritos y las putizas que nos ponía el Santa.

Las mañanas en que el Cabro, el Pelusa, el Jus y yo nos citábamos  una hora antes para fumarnos un toque, hacer barra, volvernos a dar un toque y llegar a entrenar, ahora cobraban sentido. Las vikys que nos chingamos entre los laberintos de Cabeza de Juárez y hasta las tardes de perreo en la Stratus habían sido una complicidad que unió al grupo, éramos una manada hambrienta.

El sueño terminó pronto. Puebla nos derrotó en nuestro estadio, 2 a 1 en la vuelta de los dieciseisavos de final. El vestidor donde resonaban carcajadas estaba atiborrado de un silencio que dolía. Era un velorio sin muerto. Los sollozos silenciaron los aplausos que la tribuna nos dedicaba. Todo un año de trabajo se había acabado, varios llegaban a los 19 y su proceso en tercera terminaba, lo que significaba que tendrían que probar suerte en otra división o dedicarse a otra cosa, tal vez estudiar, trabajar o darle a la talacha en lo que salía algo mejor.

El futbol me dio la oportunidad de vivir en una manada que llegó lo más lejos en una liguilla y que logró el mejor puntaje en la corta historia del club de tercera división Lobos Unión Neza. El futbol me dejo compas, unos que la armaron y otros que no lo hicimos, pero jamás olvidamos de donde salimos.  

Señor / dame la fuerza suficiente / para enfrentar este encuentro / mientras lo hacemos / nunca dejes de mirarnos / para que nunca digamos o hagamos / algo que te pueda ofender./ Amén / Vengaaaa / y dice… / Lobos Neza ra ra ra…

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