La editorial argentina Caja Negra, acaba de publicar una serie de libros, catalogados bajo la reciente moda filosófica de corte anglosajón y francés denominada: “realismo especulativo”. Uno de los representantes más populares de este giro, es el filósofo norteamericano G. Harman, radicado en El Cairo Egipto, quien reúne una serie de ensayos y conferencias, bajo el nombre: “Hacia el realismo especulativo, ensayos y conferencias”.

En este libro, expone una serie de reflexiones basadas en filósofos anteriores, para justificar lo que él llama: “Un nuevo realismo filosófico, superador de cualquier filosofía centrada en la conciencia, la experiencia, la acción o la existencia humana”. Ambiciosa y difícil empresa, como se puede observar, no obstante, después de realizar la lectura de este texto, describiré cuatro de las propuestas que considero de mayor amplitud para tener un breve acercamiento a esta escuela: La teoría de los objetos en Heidegger y Whitehead, Bruno Latour, el señor de las redes; la estética como cosmología, y la teoría del ensamblaje de Manuel DeLanda.

Harman, en el ensayo: “La teoría de los objetos en Heidegger y Whitehead” propone una teoría de los objetos vía las propuestas ontológicas de estos filósofos, ya que desde su particular punto de vista, ambos coinciden en señalar una nueva relación con los objetos. Por ello no duda en señalar que: Los escritos de Whitehead describen abiertamente el mundo como un teatro ocupado por incontrolables objetos: electrones, rayos x, flores, rocas”. Por su parte, en lo que concierne a Heidegger, Harman presta atención a su análisis de la herramienta más que a otras cuestiones de su pensamiento: “Mi propósito principal era mostrar que, aunque Heidegger a menudo es leído como el campeón de la guerra contra la metafísica en la tradición continental, su análisis de la herramienta le abre la puerta a un nuevo realismo metafísico de lo más bizarro”.

Luego, en la conferencia titulada: “Bruno Latour, el señor de las redes”, el catedrático de la universidad de El Cairo elabora un repaso entusiasmado de la obra Latour, ya que según él: “puede aplicarse a todo lo que existe, ya que incluso las flores, las piedras y los cometas, cuentan como agentes”. En este sentido, lo purifica del “oscurantismo” posmoderno y niega tajantemente que se le pueda encasillar en dicha etiqueta filosófica. En pocas palabras: lo defiende de las aseveraciones de Sokal, quién lo relegó junto al club de antifilósofos franceses, y lo juzgó también, como un impostor intelectual.

Ahora bien, en el ensayo: “La estética como cosmología” el autor asevera: “Tal vez la mejor forma de abordar la estética sea desde la puerta trasera de la cosmología general: como si el mundo entero tuviera estructura estética”. Para ello, no es de extrañar, que recurra al pensamiento de Ortega y Gasset: “El salto en largo de Ortega y Gasset que los deja varios metros más adelante que Heidegger, consiste en la intuición de que las cosas, los árboles, los ramos de rosas, los supermercados y los pantanos también tienen una realidad interna”.

Por último, en el ensayo: La teoría del ensamblaje, Harman parte de rescatar la reciente propuesta filosófica del autor mexicano-deleuziano Manuel DeLanda: “Se trata de una teoría social no en el sentido limitado de describir conjuntos humanos, sino en el sentido de que según ella, todas las entidades resultan de un enjambre de subcomponentes más pequeños que no se funden en un todo homogéneo”.

Visto lo anterior, se puede notar que no se supera o reemplaza las nociones estructuralistas del tejido, hilvanado, pliegue, o ensamblaje de las singularidades que se pavimentan en un plano de inmanencia según Deleuze. O en las ya conocidas explicaciones de Foucault, en el apartado sobre la prosa del mundo (Las Palabras y las Cosas), donde explica los desplazamientos y distribuciones epistémicas que se originaron desde el pensamiento clásico para ordenar, y volver legible el mundo de los signos. Se recurre finalmente, al pegamento último de la realidad, al gluon, como nos enseñó David Bohm. Es interesante, no obstante, aminorar la carga centrada en una lectura del universo ontológico desde el idealismo, y discutir, retomar, o releer las posibilidades de encaje entre el realismo y el idealismo, tal y como las meditó Kant, hace bastante tiempo. ¿Seguimos en la finitud o estamos después de la finitud?

Finalmente, la lectura de este libro se antoja ligera y rápida. Un pensamiento legible, que se puede devorar de manera instantánea, es decir, no provoca los dolores de cabeza de algunos textos estructuralistas, como la Lógica del Sentido, Mil Mesetas, o las Palabras y las Cosas. Un texto en el que no es necesaria la relectura porque desde el primer encuentro sus hipótesis son captadas de forma inmediata, pues no hay necesidad de escarbar de modo obsesivo y arqueológico. Este libro es una propuesta que en definitiva recurre a la historia de la filosofía y al recurso del giro “realista” como incipiente para actualizar eso que señalaba Badiou en El Manifiesto por la Filosofía, como una de las preguntas de nuestro tiempo: ¿Dónde está el focus del pensamiento filosófico en la actualidad?

Por otra parte, aspirar a superar el abuso del giro lingüístico (infiltrado, por cierto en la mayoría de las Ciencias Sociales) por un giro especulativo, centrado totalmente en los objetos, puede reabrir de nuevo ese afán obsesivo por volver el pensamiento filosófico pragmático, o sea, volverlo técnico como pensaba Heidegger.

Al final, es necesario no dejar de preguntar y no adoptar modas filosóficas al margen de la historia de la Filosofía, porque finalmente pareciese ser que se aspira a legitimar, más que a resolver preguntas fundamentales.

Por último: ¿Cuál es el aporte más significativo del realismo especulativo al contexto contemporáneo, desde la visión de Harman? Una posible respuesta, es que Harman al igual que Sloterdijk, propone una nueva forma de relacionarnos con los objetos, o sea, una relación polivalente. Relación que al igual que la crítica nietzscheana, el estructuralismo y la deconstrucción, no sitúa al hombre en el centro, sino que propone una distribución no antropocéntrica donde es posible interactuar con el resto de los entes sin superioridades ni mutilaciones egoístas. Además, volver al montaje del mundo inanimado de los objetos implica que la búsqueda o las búsquedas se dirigen a conocer el holomovimiento, la multitemporalidad, y la multiespacialidad de cada posición y de cada contenido espiritual, para volver posible esa emancipación que no se cosifica solamente en el fetichismo de la mercancía. Sino que sabe, al igual que Benjamin, que existe un escalonamiento de los objetos y que a modo de metáfora, algunos están más cerca del cielo o del infierno, es decir, de la liberación o la enajenación, porque finalmente: ahí, también, los dioses están presentes.

 

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