Entrada

Dentellada tras dentellada, desgranando con facilidad el entramado de algo incomprensible. Rebanadas de infinito, atravesándolo todo. Horas, minutos y segundos deglutidos casi sin masticar, atragantados todos, forzando la tráquea a ceder ante lo inconmensurable.

Primer Tiempo

Desde el primer momento de la existencia, el límpido y nuevo ser comienza a mamar insaciable la teta del tiempo, ávido de entrar en las fauces de éste universo, entenderlo todo y así, poco a poco autodefinirse, crearse y aullar su nombre.
Comienza un intrínseco baile entre orden y caos; la maravillosa unicidad del nuevo ser, luchando con la tersa apatía del joven para llegar al entumecimiento del hombre adulto y finalmente la desesperante parálisis del viejo que, harto ya, desea vomitar asqueado ochenta y tantos años de incontrolable gula, perdido el sentido del gusto décadas atrás. Contrariado, observa el grotesco ente que el universo indiferente ha escupido, polvo de la nada que un día creyó servir a un propósito mayor y que ahora, cascarón vacío y carente de sentido, perece.

Obscena simbiosis entre el tiempo y la existencia, vorágine injusta a la cual es sometido todo y todos de igual manera, desde la lejana estrella que precisa su existencia en el frágil equilibrio entre la fuerza de gravedad y la presión liberada hasta el ínfimo gusano que se arrastra buscando alimento sin entender el porqué, obligado a vivir una vida de gusanos y babosas construyendo sus hogares de pegajosa saliva, reproduciéndose y enseñando a nuevos engendros a arrastrarse, construir pegajosos hogares y duplicarse nuevamente, incesantemente hasta llegar al mismo final todos, maltrechos y exiguos, tomados de la mano por algún ser querido, postrados en un improvisado lecho de llantos que bullen de abrumadora incomprensión mientras que un médico gusano niega flemático con la cabeza mientras observa su reloj, sumido también en un caos propio y sospechando que el orden final de la vida realmente se encuentra en la misma muerte.

Segundo Tiempo

Cocinar la propias porciones del interminable pastel de carne, dándole al sazón un lugar fundamental, miel y hiel en su justa medida.

Un paladar preparado en un ejercicio de constancia y disciplina para saborear todas las sutilezas de la agusanada existencia. Inmutabilidad de circunstancias que lo orillan a sucumbir ante la belleza de lo efímero y a crucificarse por lo preciado de un boleto de ida y abordar un vetusto tren que continuará su viaje a la eternidad sin paradas entre estaciones, sin designio mayor que el de realizar el inalterable viaje por el viaje en sí.

Postre

Miles de curiosos niños olisqueando y atisbando a través de la puerta de la cocina donde la milenaria abuela prepara una interminable hilera de platillos servidos con una amable tiranía. Una cocina que no es más que un holograma donde presente, pasado y futuro conviven sin principio ni final. Una gran rebanada de tiempo.

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