Nunca he tenido casa propia. Cuando azotó la crisis de 1995 por suerte tenía carro, un Tsuru II. Así que cuando se me acabó el presupuesto para poder pagar la renta de una habitación, agarré mis chivas y me puse a dar vueltas por la ciudad. No muchas, claro, pues cuando no tienes para una renta, menos tienes para la gasolina. De modo que más bien anduve unas cuadras hasta un parque y ahí me estacioné para pensar dónde pasaría la noche.

1995 fue el año en que se terminó de derrumbar el sueño primermundista mexicano y nos topamos, de golpe, con que éramos una sociedad sin futuro. Eso: el futuro no era incierto, lo teníamos muy claro a pesar del estado de shock y negación de muchos. El futuro era la certeza de que viviríamos peor. Y así fue.

Los mexicanos menores de treinta años difícilmente recuerdan qué sucedió y muchos mayores de treinta prefieren olvidarlo. Aparte del aumento en la tasa de suicidios, desempleo, violencia, emigración, deserción escolar y reducción de la ingesta calórica, millones de mexicanos nos quedamos sin tener dónde vivir. La mayoría de los que se habían envalentonado a pedir un préstamo para comprar una vivienda pronto se encontraron con que su deuda se había duplicado, triplicado y, eventualmente, se había vuelto estratosférica e impagable: ni siquiera entregando el inmueble al banco ésta se saldaba. Así, buena parte de las familias mexicanas que habían dejado esa tradición de vivir de a dos, tres, cuatro o cinco familias por casa, volvieron a ella.

Por lo mismo, no extrañó que uno de los principales programas de Vicente Fox –a cinco años de la debacle económica- fuera un extenso programa de vivienda, mismo que continuó Felipe Calderón Hinojosa. Un programa que, como se ha mostrado, ha sido sólo paliativo por varias razones, donde la que destaca es que la proporción costo-de-la-vivienda/ingreso sigue haciendo imposible para la mayoría de los mexicanos que no cuentan ya con un bien inmueble comprar uno. Esto, sin ahondar en que muchos de los desarrollos inmobiliarios sean esta suerte de “ciudades dormitorio” que se encuentran semiabandonadas. Paliativo también porque el porcentaje de personas que no tiene acceso a un hogar “propio y digno” sigue siendo superior a la cuarta parte de la población mexicana.

Más del 70% del mercado hipotecario nacional recae en el INFONAVIT, instituto dirigido por David Penchyna Grub, quien acaba de afirmar esta semana en la Cumbre Financiera que no pasa nada, que la labor del instituto está “blindada”. Es decir, ¿que no pasará nada con los créditos a pesar de que el peso se esté devaluando de forma en que parece imparable, cuando pasamos del dólar a 10 pesos hace 10 años al dólar, a $12 hace tres, y hoy está a $21? Más bien parece que pasará todo, que el porcentaje de mexicanos sin vivienda se incrementará en los próximos años.

Para algunos analistas, fue precisamente la pérdida de la vivienda a raíz de la crisis de 2008 en EE.UU. lo que impulsó a muchos estadounidenses a votar por Trump. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que no tener casa ni poder pagar un techo para poder dormir sin la desazón de ser perfectamente vulnerable durante el sueño causa una desesperación sólo superable por muy pocas cosas (no tener qué comer, no tener agua que beber, presenciar cómo torturan a tus seres queridos…). En 1995, por suerte no sólo tenía automóvil sino que también era estudiante universitario y el estacionamiento del Tec de Monterrey contaba con guardias 24 horas. Fueron muy amables conmigo, incluso apagaban el arbotante que quedaba más cerca de mi carro y me invitaban café por la mañana durante los meses que viví ahí. Siempre les estaré muy agradecido.

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