Hay un tiempo en la historia de la humanidad o en la historia del multiverso, en el cual las revoluciones no existen como un acontecimiento real. Por consiguiente, no son un hecho, y habitan en el limbo de lo imaginario. Este tiempo desde la óptica de Badiou, en el libro “El Siglo”, se llama restauración: “Una restauración nunca es otra cosa que un momento de la historia que declara imposibles y abominables las revoluciones”.

El Siglo (el siglo XX) es, en este caso, la época de la segunda Restauración (la primera fue durante el periodo posterior a la Revolución Francesa).

La “causa” de la segunda restauración es la guerra definitiva, esto es, hacer cualquier cosa para evitar otra guerra.

Un mundo nuevo, sí, pero ¿Cuándo?

“¿Cuándo llegará por fin lo nuevo? ¿Está ya lo nuevo en acción, podemos discernir su devenir? ¿O estamos atrapados en el espejismo de lo que sólo es una forma antigua de lo nuevo, una novedad aún demasiado vieja, porque está cautiva la destrucción?”

Una de las respuestas para Badiou está en Mandelstam: “Cuando la cultura, en pleno hundimiento, esté cubierta de manchas, casi una constelación de manchas, un verdadero muladar de inmundicias…”

Sin embargo, no coincidimos en ello. Ni en la guerra, ni en la destrucción, ni en la inmundicia.

No es necesario destruir para crear. Es necesario desplazar, fijar la intencionalidad de la conciencia en otra dirección.

En este sentido, podemos encontrar otras respuestas en el resplandor, la belleza, y el falso optimismo. Entonces, será necesario depurar estas categorías del pesimismo adorniano y cualquier otro derivado.

Brillar, gozar, bailar.

Luego entonces: ¿Qué es el falso optimismo?

Es el desplazamiento del acto de enunciar, con la voluntad consciente del lenguaje al pronunciar. El falso optimismo no es negar la realidad de la realidad, es crear a partir del limbo de lo imaginario otras imágenes posibles, extraerlas del no lugar del lenguaje y proyectarlas en la esfera de lo imposible, para que tarde o temprano se tornen acontecimiento.

Esto es análogo a la hipótesis de Rancière en su ensayo “La Imagen Intolerable”: Hay una fotógrafa que ya no le toma fotografías al muro, que ya no le toma fotografías a la frontera, que ya no le toma fotografías a la hostil línea divisoria entre un país y otro.

El click de su cámara se dirige hacia otros parajes anexos a la imagen común e institucionalizada de esa frontera, y dispara sobre unas raíces, unas florecillas, un dispositivo no visible y falto de atención para algunos replicadores de la frontera.

El falso optimismo de la fotógrafa construye a priori otra escenografía posible en el futuro y reconfigura la ya gastada imagen de la frontera. Así, el falso optimismo se muta en verdadero.

La fotografía es un dispositivo constructor de revoluciones.

La escritura de lo alegre, la escritura afirmativa, es un dispositivo constructor de revoluciones.

Volvamos, pues, al inicio:

Un mundo nuevo, sí, pero ¿Cuándo?

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