Caminaba tranquilamente por la plaza Juárez, cerca de un estacionamiento lleno de camionetas que obviamente pertenecen a los competentes trabajadores de gobierno, y me puse a pensar en las características principales de estos funcionarios, cuya primordial cualidad es la de comprar la misma camioneta tamaño familiar que ocupa dos lugares, y su infinita creatividad para elegir el color y pegarle estampitas de: “Orgullosamente priísta”.

   Dada mi incapacidad de comprender a estas mentes abstractas que laboran por la zona, caminaba haciéndome preguntas del tipo sin darme cuenta de que frente a mí había una cosa que no sé nombrar, con la tapa arriba y que casi me traga. Era un tipo de alcantarilla cuadrada en donde se ven cables salidos y que están por toda la ciudad, casi siempre, sin tapa.

   Mi primera impresión era que estaba ahí, destapada arbitrariamente, por la incompetencia de las autoridades para colocarle de nuevo la maldita tapa, evidenciando con ello la veracidad de mi argumento con respecto a las camionetas; sin embargo, algo suscitó en mí una duda: ¿qué tal si están sin tapa por algo?

   Me quedé parada un largo rato enfrente de aquella cosa esperando una señal (y que la gente de la parada de las combis dejara de verme), cuando no hubo peligro metí la cabeza en el hoyo y lo que vi fue más allá de mi entendimiento. Era un túnel perfectamente alumbrado y que parecía ir hacia alguna parte, pues en el fondo había una calle pavimentada. Saqué la cabeza, miré a mi alrededor y al ver que sólo un niño, que comía una paleta, me veía con la boca abierta, le guiñé un ojo y decidí entrar.

   Una vez adentro seguí el camino del túnel, o lo que imaginé que era el camino que debía seguir, ya que era el único. Caminé por un largo rato hasta que encontré una salida; era de nuevo una de esas alcantarillas. Subí y salí, me di cuenta de que estaba en el mismo lugar por el que había entrado. Me froté los ojos y miré a los lados, era todo igual, pero diferente, no sé cómo describirlo.

   Frente a mí ya no estaban ni el niño con paleta, ni las combis y en el estacionamiento no había estampitas ni camionetas; todo me parecía, hasta cierto punto, normal, pero al caminar un poco más me di cuenta de que estaba equivocada. Esta no era mi ciudad, al menos no era la ciudad por la que camino a diario; las calles estaban limpias y bien pavimentadas, las jardineras no tenían nochebuenas marchitas sino flores multicolor, sin envases de refresco metidos entre las hojas, y había botes de basura vacíos en cada esquina. No había Tuzobus, ni combis ni autos pitando todo el tiempo como dementes; la gente caminaba y paseaba en bicicleta, ¡todos los semáforos para transeúntes funcionaban y los autos no se paraban en la línea peatonal!

   Estaba anonadada, ¿qué era este lugar?, ¿cómo llegué aquí? No podía dejar de caminar y ver todas las cosas maravillosas que esta ciudad presentaba para mí. Vi a un policía bajarse de su patrulla para ayudar a cruzar la calle a una anciana, ¡y no era gordo!, era amable y servicial. Había anuncios de empleos con buenas pagas, de aperturas de museos, de mejoras públicas reales, no suspendidas. Definitivamente esto no era Pachuca.

   Caminé por horas y horas viendo todo lo que siempre quise ver pero, en el fondo, con una profunda nostalgia. Decidí ir a mi casa, o a mi casa en esta ciudad. Quería ver si podía encontrar a las personas que conocía y saber cómo eran; quería también volver por el túnel, ir por mis cosas a casa y mudarme para acá, o traerme a todos mis conocidos.

   Iba casi corriendo con estas ideas flotando en mi cabeza, pensando en lo que todos me dirían, en que nadie me creería, sonriendo y sintiendo cómo el viento me despeinaba. Iba tan concentrada en mi mudanza y mi nueva vida, que sin darme cuenta llegué a donde estaba la alcantarilla por la que había entrado, no me di cuenta de que seguía abierta y me caí.

   Lo que pasó después no lo recuerdo, cuando abrí los ojos estaba el niño con la paleta, mirándome desde arriba. ¿Estás bien?- dijo mientras se limpiaba los mocos con la manga de la chamarra. Me senté poco a poco y me llevé la mano a la frente mientras sentía un dolor agudo en la cabeza.

–Sí, ¡ouch!.. gracias.
–¡Uff, qué bueno! Llevas como una hora ahí tirada, te tropezaste con esa alcantarilla, chocaste contra el poste y te diste bien duro en la cabeza.

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