No creía en la suerte, las supersticiones de su madre lo habían atosigado desde niño; pero aquella tarde, cuando la mujer tomó su mano, eligiéndolo a él por sobre sus amigos, con una seguridad impetuosa, como si las palabras que estaba por decirle quemaran su garganta, sintió que algo cambió. No supo si fue el augurio o la profunda mirada que la mujer le dirigió; lo único que tuvo claro, es que después de ese día, su vida no volvió a ser la misma.

Fue como si hubieran removido algo en su interior, como si hubiera estado esperando ese momento desde que veía a su madre evitando los gatos negros o tomar el salero de la mano de alguien más. Vivió indiferente a las supersticiones, huyendo con la razón de los designios de la suerte, porque en realidad les temía, creyendo que si los ignoraba, no compartiría la angustia con la que vivió su madre hasta su muerte hacía 2 años.

Y de pronto ahí estaba, la suerte por fin lo había alcanzado, ya no había a dónde huir, sólo aceptar el destino que uno trae marcado en la mano desde que nace.

Extremó precauciones en su andar diario, evitaba pasar por debajo de las escaleras, tomar decisiones triviales se volvió complejo -la suerte acecha en cualquier esquina-, se cercioraba constantemente de haber cerrado cada llave que abría, la del gas, la del agua, la de la casa; inquieto ante el repentino pensamiento de no haberlo hecho, aunque en el fondo sabía que sí, pero la reconfortante voz de la razón, que durante tanto tiempo lo había acompañado, ya no brindaba certezas. Su vida amorosa se tornó insegura, cada frase que Ana le decía, le retumbaba en la cabeza con mil interpretaciones, -¿Habrá querido decir lo que dijo o habla figuradamente? ¿Usa ejemplos para referirse a mí? ¿Debería preguntarle?-…

Como era de esperarse, Ana se hartó de este nuevo José, tan tímido y precavido de repente, que lo dejó. Y con su partida, se iban también los planes que tenían juntos, rentar un nuevo departamento, el viaje a Islandia, los días de camping, incluso las amistades.

Sin otro remedio, José siguió con su vida, esperanzado en que la mala racha pasara pronto, pues eso era lo que la mujer le había dicho hace casi 8 meses, aunque en las cuestiones de la suerte, uno nunca tiene claras las nociones del tiempo, ella sólo había dicho –Será una mala racha, pasará-. ¿Pero cuándo?- se preguntaba él. Todo lo malo que podía pasarle ya le había ocurrido, lo único que le quedaba, era la esperanza de que las cosas mejoraran. Llegó a pensar en buscarla, pedirle que le leyera nuevamente la mano y le dijera qué pasaría, aunque tampoco estaba seguro de que la suerte funcionara de esa forma, pues parece ser caprichosa.

Un día, desayunando en un café, vio a la mujer caminando entre las mesas del restaurant; eufórico, corrió hacia ella, como si por haberla encontrado, su suerte fuera a cambiar inmediatamente, como había ocurrido la primera vez.

Se paró frente a ella con una mirada llena de ilusión y sin decirle nada, estiró su mano hacia ella; la mujer lo miró escéptica, no entendía qué era lo que esperaba de ella. José, con una sonrisa llena de alivio le dijo: –Quiero que me lea la mano, por favor, dígame ¿qué ve?-. La mujer, aún desconcertada sólo atinó a preguntarle: –No sé que espera qué le diga-. Ya sin su sonrisa, José le espetó: -Hace poco más de 8 meses, usted me leyó la mano, quiero que ahora haga lo mismo, dígame qué ve, necesito saber-.

Entonces la mujer, sin reserva de cinismo, le contestó: -¡Uy no joven!, ya no le hago a eso de la adivinación, la gente ya no cree en esas cosas…, ahora le apuesto al amor, ¿no quiere unas rosas? ande, pa’su novia.

Y José sintió como si el mundo se le viniera encima, golpeándolo con un mazo de razón.

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