Hezbollahndia

El camino a Mleeta asciende hacia las montañas del este de Líbano. Atrás quedaron los naranjos, los platanales, el Mediterráneo, la fortaleza marina de la ciudad de Saida, el Beirut cosmopolita de los casinos, los martinis y los cafés donde las élites desayunan croissants. Adelante de nosotros: un empinado laberinto de callejones empedrados, flanqueados por casas de reciente reconstrucción (muchas de estas mismas casas fueron destruidas por bombas israelitas en la guerra de 2006), colinas por las que el que el taxi –un viejo Mercedes Benz contratado en la estación de autobuses de Saida, conducido por un señor de bigote blanco que apenas masculla alguna palabra de inglés—avanza con dificultad. Líbano es un país que, de tan pequeño, se siente a veces más bien como una gran ciudad. Viajar a de Beirut a Saida, la tercera ciudad más grande del país, me tomó poco menos de una hora esta mañana en una combi por la autopista de la costa. Ahora, subiendo a territorio Hezbollah, tengo la errónea pero inevitable sensación de que, más que estar penetrando en una región distinta de un complejo y diverso país, estoy subiendo a otro barrio. Como si de Coyoacán estuviera tratando de llegar al Ajusco o, tal vez, a Tepepan.

El sur de Líbano es un lugar que despierta evocaciones: tierra de flores de azahar, rojas y jugosas granadas color rubí, un dócil mar, sol apacible, verdes colinas detrás de las cuales se alzan montañas nevadas a las que los griegos antiguos dedicaron mitos y poemas. Es, también, uno de los sitios más maltratados e inestables del mundo, y por todas partes hay huellas de las distintas violencias que lo han atizado: las balas israelitas, chiitas, cristianas, sunitas y palestinas han derramado la sangre en incontables ocasiones.

Líbano es un país de ruinas: de los fenicios, de los romanos, de tres guerras en sesenta años. Líbano es una casa hermosa en un barrio de mala muerte. Podría incluso decir que Beirut es la casa con vista al mar. Pero tan pronto te internas en el jardín, o en la montaña, descubres que ahí hay otro mundo. Que, a pesar de que por la fachada es encantadora, en los arbustos que la circundan se agazapan feroces criaturas. Y en efecto: llevamos quizá veinte minutos conduciendo cuando empiezan a aparecer, por todas partes, banderas amarillo canario con verde, hombres con turbantes y trajes largos estilo iraní. Lo confirmo: hemos entrado a territorio Hezbollah. Y eso significa que Mleeta, el parque temático que vengo buscando, no puede quedar ya muy lejos de aquí.

II.

Antecedentes: Hezbollah surgió como una fuerza de resistencia chiita tras la invasión israelí a Líbano, en 1982. Desde ese momento, los milicianos de Hezbollah se dedicaron a hacerle la vida difícil a los invasores: guerra de guerrillas de baja intensidad, escaramuzas, atentados pequeños pero eficientes que mermaron poco a poco al ejército más poderoso de Medio Oriente. Tras casi veinte años de desgaste y pocos resultados, en el 2000 Israel decidió por fin retirarse del sur de Líbano.

Envalentonados por lo que percibieron como una victoria táctica y azuzados por el enemigo perpetuo de Israel, Irán, Hezbollah se dedicó los siguientes seis años a incrementar la virulencia de su retórica y a lanzar esporádicos cohetes –katyoshas rusos contrabandeados desde la cercana Siria— contra los soldados israelitas que ocupaban un último pedazo de tierra –se llama Granjas de Shebba—que Líbano reclamaba como parte de su territorio.

En 2006 Hezbollah se enfrentó contra Israel en una cruenta guerra de 30 días que se desató a raíz de una emboscada en la que murieron seis soldados israelitas y otros dos fueron capturados. Israel reaccionó de manera desproporcionada y cruenta: en lugar de atacar a Hezbollah directamente, Israel le declaró la guerra a Líbano y se dedicó los siguientes treinta días a bombardear el país entero. Los objetivos incluyeron fábricas, algún hospital, los tres aeropuertos del país, innumerables casas de civiles inocentes y alguno que otro blanco legítimo. A sus ocho soldados Israel se los cobró con más de mil civiles libaneses, con miles de millones de dólares en daños.

Sin embargo, a pesar del poderío israelita, Hezbollah resistió los embates: ocultos bajo las copas de los árboles, en los túneles de las montañas, y armados con artefactos de vanguardia (Hezbollah posiblemente sea la guerrilla más sofisticada en términos tácticos y de armamento de todo el mundo), los milicianos aguantaron los avances israelitas, causando bajas y ocasionando, nuevamente, la retirada del ejército israelí.

III.

Mleeta nos recibe con una imagen improbable: en medio de la montaña, un gigantesco arco formado por unos paralelogramos de concreto. Al cruzarlo, un estacionamiento y una boletería: la entrada vale poco más de un dólar, mitad de precio para niños menores de diez años. Mleeta se terminó de construir en 2011 y es un atractivo turístico particular: mitad parque temático, mitad memorial de guerra, el sitio se construyó con la idea de que la divulgación del discurso radical se diera en un contexto family friendly. Es, también, una especia de escaparate para algunos de los máximos trofeos de guerra que Hezbollah ha recolectado en los últimos años.

IV.

(Es importante entender que, hoy por hoy, Hezbollah es más que un grupo militante: es un Estado dentro de otro. Ante la fragilidad del gobierno nacional libanés, fragmentado y débil, Hezbollah ha realizado funciones en los últimos años más propias de un gobierno populista que de una guerrilla clandestina. Por ejemplo: ha proporcionado servicios a barrios marginados, subsidiado educación, e incluso repartido despensas en campos de refugiados palestinos (territorios normalmente controlados por sus rivales sunitas). Tras las guerra en 2006, Hezbollah repartió fajos de dólares (enviados desde Teherán) a los pobladores afectados por los bombardeos y financió la efectiva reconstrucción del sur de Líbano, algo que el gobierno nacional jamás habría podido hacer. Pero más allá de la eficacia de sus métodos clientelistas, Hezbollah es, y esto es lo más sorprendente, mucho más poderoso en términos armamentistas que el ejército nacional. Esto quedó más claro que nunca en mayo de 2008, el gobierno libanés decidió bloquear la red de telecomunicaciones de Hezbollah así como retirar de su puesto al jefe de seguridad del Aeropuerto de Beirut por sus vínculos a la organización. ¿La respuesta de Hezbollah? Ordenar a sus combatientes armados a instalarse en sus posiciones en las calles de Beirut, tomar la avenida que lleva al aeropuerto, y poner al país al borde de la guerra civil. Tras dos semanas de violencia durante las cuales Hezbollah fue ganando terreno hacia el este –la zona tradicionalmente cristiana– de la ciudad de Beirut, el gobierno se retractó de su postura.)

V.

Hassan Nasrallah es el líder de Hezbollah, y la mayoría de los gobiernos de Occidente lo considera un consumadísimo terrorista. Y es él, con su larga barba canosa, sus lentes de marco delgado, y su turbante azabache, quien le da la bienvenida a los visitantes al parque (esto como parte de un video introductorio: Nasrallah rara vez sale de su búnquer subterráneo; de hacerlo, corre el riesgo de ser bombardeado por Israel, país que lo considera blanco legítimo del asesinato extrajudicial). A partir de este momento, el visitante comienza a familiarizarse con la retórica de Hezbollah: las casualidades de guerra no son muertos, sino “héroes de la batalla”. Los atacantes suicidas no son terroristas, sino “buscadores del martirio”. Israel no es un país, sino una “entidad sionista”.

Tras el video inicial, el visitante puede seguir las pasarelas con la finalidad de visitar otros lugares de relevancia, los cuales son los sitios de mayor interés del parque. Por ejemplo: los túneles en los que los combatientes se ocultaban durante los bombardeos.

Y tomarse foto con las baterías anti aéreas utilizadas por los islamistas. Sin embargo, el atractivo principal es una estructura a la que los señalamientos se refieren como The Abyss, o el abismo, una especie de cráter rodeado por pasarelas en cuyo fondo varios tanques y otros vehículos israelitas capturados yacen destruidos. Herrajes oxidados, trozos de metal, cascos de soldados enemigos, morteros gastados y algunas misteriosas letras hebreas hacen compañía a los máximos trofeos de Hezbollah. Las pasarelas te permiten caminar alrededor y tomar algunas fotos. A nuestro alrededor, varios padres de familia acompañan a sus hijos jóvenes. Los niños hacen preguntas y los padres explican. Aunque en otros países el turismo de sitios de guerra es común y se considera, incluso, práctica didáctica, es probable que no haya otro sitio en el mundo en el que el objeto de estudio sea una guerra tan reciente. No digo que sea malo en sí, pero la idea de la guerra como abstracción monstruosa se ve mermada si se glorifica.

Luego están los túneles –fríos, oscuros, húmedos– que cruzan la montaña y los cuales eran utilizados como refugios anti bombas. Ahí aprovecho para tomarme una foto con una batería anti aérea.

: vienen señalados los puntos en los que los guerrilleros llevaban a cabo distintas actividades, incluyendo la oración. “Aquí, un combatiente alcanzó la vida eterna”, indica un letrero colocado junto a un arbusto, rodeado de un lecho de hojas, junto a una kalashnikov vieja.

VIII.

En la estela central de Mleeta –un trozo de mármol con inscripciones en árabe e inglés– aparece grabada una larga oración que culmina con el siguiente deseo: “La paz sea con ustedes, oh mártires vivientes / ¡Que Allah dé firmeza a sus pasos en el camino! / La paz sea con ustedes, y con la tierra que acoge vuestras tumbas. / Las bendiciones Allah sean con ustedes, hermanos.”

VIII.

Antes de partir, insisto en hacer honor a una costumbre infalible en nuestros tiempos consumistas: echar un vistazo a la tienda de regalos. Como cualquier parque temático o museo que se jacte de serlo, Mleeta tiene una nutrida tienda de souvenirs: si lo que se busca es un llavero con la cara de Hassan Nasrallah, una gorra estilo trucker con una imagen de Mahmoud Ahmadinejad, o un calendario del Ayatolla Khomeinei, llegaste al sitio indicado. Lo mismo si te interesa llevarte a casa una bandera Siria o un collar con el escudo de Hezbollah.

A pesar Mleeta tiene una función más solemne: es un recordatorio de esas guerras, un tributo a los “mártires” que sacrificaron su vida resistiendo al enemigo. Es, también, un intento de normalización, de ponerle cara amable a la guerra, a la muerte. La intención es que Mleeta siga creciendo, que lo sigan visitando los turistas libaneses y los extranjeros. En un futuro, me explica uno de los boleteros, es posible que en Mleeta construyan albercas y una rueda de la fortuna. Que se convierta en una Disneylandia libanesa. Hezbollahndia, quizá la llamen.

IX.

Estoy parado cerca de uno de los impresionantes miradores y una compañera del grupo, una texana afroamericana que viste una sudadera de gorrito, señala una distante loma y me dice: “Mira, desde aquí se ve Israel”. De inmediato se nos acerca una libanesa de lentes oscuros y pelo perfectamente planchado. “Eso no es Israel, es Palestina”, nos reprocha, abiertamente disgustada por la falta lingüística.

Tras escucharnos rectificar, la mujer se relaja y nos empieza a contar: que ella vive en Francia, que sus dos hijas –ambas merodean ahí cerca con el padre—hablan francés perfecto. Es una mujer moderna, occidentalizada: lleva pantalón de mezclilla y no usa hijab alrededor de la cabeza. No se trata de una fanática religiosa, ni de una religiosa moderada, sino de una libanesa relativamente occidentalizada que, sin embargo, siente que lo que Israel hizo en Líbano en 2006 es una afrenta que va más allá de lo perdonable. Y vale la pena recalcar eso: tras la guerra de 2006, Hezbollah pasó de ser un grupo marginal a gozar una aceptación de casi 80 por ciento entre los libaneses. Hezbollah había logrado unificar uno de los países más fragmentados del mundo. El odio común por Israel había logrado unificar al país.

X.

A pesar de su fortaleza, en los últimos meses la popularidad de Hezbollah ha ido en picada, esto principalmente a raíz de la intervención de sus milicianos en la guerra en Siria. Apenas en agosto de 2013 estalló un coche bomba en el oeste de Beirut que buscaba matar a varios altos operativos de la organización. Un artículo reciente publicado por un think tank estadounidense sugiere que Hezbollah tiene alrededor de 50 mil misiles en su poder. En Siria, la guerra civil continúa flagelando a la nación entera y amenaza con derramarse en cualquier momento sobre Líbano. Israel se he vuelto cada vez más volátil, y los partidos políticos de derecha en ese país –muchos de ellos racistas y sanguinarios– claman a cada rato por la destrucción de Hezbollah.

La paz de Allah sea contigo, querido Líbano, pero la verdad es que se ve, de momento, un poco difícil.

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Diego Olavarría (1984) nació en la ciudad de México, aunque pasó casi toda su infancia viviendo en distintos países de América del Norte y del Caribe. Estudió la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos (UNAM) y la Licenciatura en Interpretación (Instituto Superior de Intérpretes y Traductores). Sus textos han aparecido en medios como Etiqueta Negra, Letras Libres, Tierra Adentro, La Tempestad, Punto de Partida, La Gangsterera, La Semana de Frente, así como en revistas digitales (Distintas Latitudes, Revista Bonsái). Su trabajo ensayístico tiene influencias de la obra de cronistas y ensayistas latinoamericanos recientes (Martín Caparrós, Juan Villoro, Sergio González Rodríguez, Leila Guerrero, Jorge Ibargüengoitia), así como de los textos de narradores y escritores de viaje europeos y estadounidenses del siglo XX (Evelyn Waugh, Ryszard Kapucinski, Paul Bowles, Bruce Chatwin, David Foster Wallace, Graham Greene y Paul Theroux, entre otros). En 2011 fue seleccionado por la UNAM, entre 179 postulantes, como uno de los diez finalistas del virtuality literario Caza de Letras en la modalidad de crónica. Algunos de los reconocimientos que ha recibido incluyen: Beca Jóvenes Creadores en el rubro de Ensayo Creativo (2013-2014), Primer lugar en Crónica del Concurso Punto de Partida (2010), Mención Honorífica (también en crónica) del concurso Punto de Partida (2009), Primer Lugar del VII Certamen de Cuento “Tirant lo Blanc” organizado por el Orfeo Catalán de México (2008), finalista del I Concurso de Relatos “Justo Vasco” (2006). Actualmente, además de escribir, trabaja como traductor.

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