Las cosas suelen irse concatenando y estableciendo puntos de contacto inesperados. ¡Cuánto se puede amar a las coincidencias! No puede decirse de mí que sea que sea una persona hipocondriaca; no me gusta regodearme en torno a la invención de malestares y enfermedades, pero está vez se dio una sincronía inesperada entre la urgente lectura de “Cerati” –la biografía-, escrita por el joven Juan Morris, y la llegada de un persistente dolor de cabeza que se negaba a abandonarme durante días.

Tenía muy poco tiempo para adentrarme en la historia de uno de los músicos a los que más admiro y del que ya me he preocupado por averiguar diferentes aspectos de su vida con cierta profundidad. Además, ya conocía cierta información a propósito de la polémica que provocó la publicación anticipada del primer capítulo del libro, en el que se abordan las horas previas al Accidente Cerebro Vascular que cerró el capítulo existencial del hombre fuerte de Soda Estéreo y uno de los músicos más insignes en la historia latinoamericana.

No era sencillo avanzar en lectura de un texto de alrededor 300 páginas mientras el dolor de cabeza se negaba a marcharse. Suponía que se debía a un asunto de triglicéridos y presión alta que debo controlar, pero al ir repasando el momento en que el compositor de “Crimen” y “Puente” tuvo una trombosis en una pierna -4 años del ACV- la autosugestión comienza a incrementarse. Uno se imagina que pronto habrá de abandonar el mundo con el cráneo reventado. En un momento del infortunio venezolano debieron abrirle a Gustavo la cabeza para hacer lugar a un cerebro extremadamente inflamado.

El jueves 22 al mediodía me encontré con Juan Morris, nacido en 1983, un joven periodista muy amable. Invirtió 4 años para redactar la biografía, pero aún así se quedó corto. Por supuesto que la editorial quería el material en un año y él tuvo que darle la vuelta mucho tiempo hasta tener una versión aceptable. “Cerati” –la biografía- tiene a su favor que puede leerse como si fuera una obra de ficción; ello le da fluidez y asequibilidad, pero también es cierto que tiene evidentes falencias. Debió incluirse mucha información valiosa que no está y además se requiere de mayor reflexión y análisis que permitan dimensionar no sólo la intimidad del personaje central sino las características de su obra –el legado más importante-.

Pero no había tiempo que perder; unas horas después tenía que tomar un avión rumbo a Tuxtla Gutiérrez. En camino al aeropuerto concluí la lectura de la que no será la única biografía, ya que estoy seguro que el paso del tiempo habrá de aportar la distancia necesaria para apreciar a Gustavo Cerati en perspectiva y desde otras autorías.

Salté entonces a “Marienbad Eléctrico”, ya que mi devoción por la obra del catalán Enrique Vila Matas es mucha. El libro está muy recientemente editado por Almadia y es uno de los más raros en la bibliografía de uno de los escritores más raros de la literatura contemporánea. En él se reconstruyen las conversaciones y proyectos que ha mantenido con la artista conceptual francesa Dominique González-Foerster.

No fue sino hasta momentos antes de aterrizar en la capital chiapaneca el viernes 23 que establecí el punto de contacto con el nuevo libro del autor de “París no se acaba nunca”, “Lejos de Veracruz” y “Bartlebly” y el encargo que me llevó a emprender este viaje relámpago. En varios textos, Vila Matas da cuenta de que lo invitan frecuentemente a distintas ciudades del planeta para dar conferencias acerca de diversos temas a los que considera le son distantes e incluso extraños. En “Kassel no invita a la lógica” tiene que dar conferencias en un restaurante suizo atascado de chinos y en el que casi nadie entiende lo que dice –casi no hay quien hable español-.

Arribaba al sur del país para dar una conferencia durante un congreso de emprendedores. Me tocaba representar a la Revista Marvin, y aunque soy el colaborador más añejo y pertenezco al consejo editorial, no conozco a profundidad los vericuetos del marketing y la operatividad del mercadeo. Descendí de la aeronave y me encontré con una tarde cálida y una pareja de espléndidos anfitriones: Pablo Baumart y Claudia García Trejo, quienes han conformado la iniciativa “Estudio de la ciudad” y practican el activismo ciudadano desde varias trincheras.

Ellos no sabían que me sentía como Vila Matas mientras charlabamos de su labor en torno a la protección animal, a la cultura ciclista y peatonal; también acerca de que han emprendido acciones a propósito del urbanismo y la arquitectura regional y local al tiempo que se involucraban en la organización de congresos (también impulsan la cultura de donación de sangre a través de una aplicación). En esta ocasión el Boomerang de emprendimiento lo desarrollaron junto a alumnos del Tecnológico de Monterrey.

Por la noche me llevaron a un Hostal en pleno centro de la ciudad, cuya dueña ha restaurado un edificio para darle ese toque boutique que se cristaliza en una acogedora terraza en el último piso que funciona como restaurant-bar y posee una vista inmejorable. Me ofertaron cervezas artesanales chiapanecas, ceviche, aguachile y un sándwich de queso con chipilín que constituyeron un manjar lleno de identidad y sabor local.

La noche cobró velocidad en compañía de Robbie Lear, un experto musical al que conozco de años y que ahora impulsa su propia compañía llamada De gira, y Ernesto Mier, un verdadero fan de la música y que en calidad de abogado promueve Legalix, asesoría legal a través de internet.

A la mañana siguiente –temprano- tuve que insistir ante un par de centenas de jóvenes interesados por conocer distintos proyectos autogestivos, que el asunto del emprendimiento no puede ser parte de algún tipo de moda sino una forma de vida sólidamente establecida. No se puede enfrentar al futuro pensando que se van a recibir todo tipo de dadivas y prerrogativas. Más que nunca, nadie regala nada y cada proyecto debe contemplar la manera de seguir adelante.

De alguna manera expliqué que me sentía como un periodista punk sobreviviente a muchas batallas de la vieja escuela que ha sabido adaptarse a las nuevas reglas de un mundo vertiginoso. Hablamos de la revista Marvin, que está por cumplir 15 años y ha sabido enriquecerse de una experiencia multi-generacional y disciplinaria, que permite ofrecer una salvaje diversidad de contenidos (por mi parte les mostré además los dos libros que he mencionado para resaltar la importancia de elegir bien).

Si algo ha distinguido a Marvin es ese olfato para anticipar las tendencias, para predecirlas, para crearlas… no se puede permanecer a la espera de que alguien más provoque las cosas, hay que hacerlas. La revista ha llegado a un momento en que la edición impresa alterna con un portal con una intensísima actividad diaria mientras que paralelamente se desarrolla el Festival anual y la colección Rock para leer, que compila cuentos escritos a partir de canciones de grandes héroes musicales.

Con la gente del Boomerang coincidimos en que Chiapas cuenta con una gran ventaja: quedan millones de cosas por hacerse, se encuentran en un momento para que comience una nueva etapa que se sustente en la gente y no en las instituciones. Ahí viene el ecoturismo, la gastronomía y la enorme riqueza artesanal empujando con todo. Incluso hubo oportunidad de hacerles ver que el rock chiapaneco está utilizando las lenguas indígenas con gran calidad. Vayijel es una agrupación que vale la pena promover en el mundo.

A mí me toca nutrir las páginas de Marvin impresa y mi columna “Ácido, cruel y Pop” en la web, conozco la historia de la revista desde sus entrañas; así que retomé el texto de aniversario: “168 meses de existencia. 14 años para una revista que tiene una esencia musical. Casi dos décadas y media de apostar por la vivencia dinámica de una cultura en progresión. Han sido años de experimentar el vértigo de un país que se llenaba de conciertos, festivales, estaciones de radio, editoriales independientes, cómics, foros, películas, artes plásticas, diseño, iniciativas ciclistas y una explosión gastronómica sin comparación. El talento emergente se multiplicó -se multiplica aún- y se hace mayor. Hemos estado inmersos en un estallido total que tal vez sea poco apreciado por los más noveles. En relativamente poco tiempo, hemos atravesado una re-evolución total como apasionados del arte, la tecnología y la música”.

Salimos casi corriendo rumbo al aeropuerto para tomar el último vuelo del día y en el que viajaban también los Jaguares de Chiapas (debí de presentarme con Lavolpe diciendo: -mucho gusto, Enrique Vila Matas) y algunos de los músicos del Festival Buenaventura, en el que tocaron Porter y The Wookies, entre otras buenas bandas. Sin duda, Tuxtla comienza a tomar ritmo; están sucediendo cosas impensables hasta hace muy poco. El avión atestado toma vuelo y mientras tanto me quedo satisfecho con las dos primeras frases con que abrí la charla:

En el arte ya no es necesario hacer una cuenta del pasado de las sensaciones.

Puede convertirse en la organización directa de sensaciones más evolucionadas.

Se trata de una cuestión de producirlas nosotros mismos”.

Guy Debord

No quiero que aceptes el mundo tal como es. Quiero que lo inventes.

Quiero que tengas ese talento. Crear tu propia realidad”.

Chuck Palahniuk

Me asomaba por la ventanilla tratando de encontrar a Gustavo Cerati tocando un interminable solo de guitarra; lo que encontré fue un río sinuoso que no conozco. Así las cosas.

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