Había sido marino mercante y durante años no lo habían visto por allí, hasta que un día había regresado y no había vuelto a salir más allá de diez calles a la redonda. Estaba muy moreno, los pliegues que se mantenían lisos en su piel parecían tener encima una capa fina de brea, una grisura a la espera del negro final. Engañaba su rostro, arrugado e hinchado de tanto entornar los ojos en cubierta, pero no llegaba ni siquiera a los cincuenta años.

Le vimos cavar con sus manos gruesas y aquella pala un tanto pequeña, que puesta de pie le llegaba poco más arriba de la cintura, con su mango de madera o imitación a madera y su punta de acero. Por el tamaño del agujero cuando cruzamos por delante de su jardín imaginamos que habría empezado aquella misma mañana: ya lograba meterse hasta las rodillas en aquel cráter de secano.

Lo comentamos a la mañana siguiente en el colegio, mientras esperábamos a que salieran los niños. Algunos habían pasado por allí de camino, y entonces ya se podían ver a los lados del agujero varios montoncitos de arena, pálida, que contrastaban con la negrura del excavador; lo hablamos por la tarde en casa con nuestras parejas, y por la noche circuló por nuestros móviles con la pastosa urgencia de la sangre trasfundida, que siempre tiene algo de torpe y de entrecortado. Durante los días siguientes no faltaron las actualizaciones sobre el asunto: siempre había quien rondaba cerca de su casa, un poco alejada de la nuestra, y decía que el agujero le llegaba por los hombros, o que ya cabía de pie dentro de él. Alguien creó un grupo de Whatsapp al que uno de los vecinos más cercanos enviaba imágenes del proceso; otro lo escribió en Facebook e, incluso, algunos familiares lejanos nos preguntaban puntualmente por aquello.

Cuando llegó la semana lo pudimos ver nosotros mismos durante un paseo. El hueco seguía escupiendo arena cada vez más húmeda y más negra hacia el exterior, señal inequívoca de que continuaba dentro hundiendo su pequeña pala. Permaneció un mes, quizá algo menos, percutiendo la tierra con sus manos y aquella pala como únicas armas. Un geólogo calculó que podría haber alcanzado los quince o veinte metros, aunque cada vez le resultaría más difícil seguir adelante con aquella mísera herramienta. Llegó a nuestros aparatos una app que medía su progreso diario, cruzamos encuestas y apuestas y actualizando las tomas de Google Maps pudimos advertir la circunferencia del descosido en el suelo. No lo distinguíamos bien a él: de tan oscuro que era y tan negra que se había vuelto la tierra éramos incapaces de saber cuándo estaba dentro, si es que alguna vez paraba fuera.

Lo sabíamos todo.

Cumplido el mes, un atardecer, un frenazo agudo y un impacto tremendo se escucharon, seguidos, en toda la localidad. Había salido de su propiedad y cruzaba la calle, pero estaba tan oscuro que no lo vi, declaró después el conductor. El cuerpo, ya una muñeca de trapo, terminó curiosamente encajado patas arriba en el hoyo, en medio de un charco de sangre de medio palmo.

Después de levantar el cadáver, el capitán que se había encargado del asunto nos preguntó qué demonios significaba aquel agujero. Le enseñamos nuestras fotos, nuestras gráficas e incluso videos de Youtube.

Preguntó de nuevo: ¿qué pretendía?

Nadie supo responder. A nadie se le ocurrió preguntárselo.

 

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