Lo que se mira, y se escucha, más allá de los ojos y de los oídos. Ese susurro, río o fuga subterránea donde anida algo, donde se gesta el recuerdo y el asombro. Ese entre: pliegue donde lo nimio aparente se despliega. Esa música: ráfagas de imágenes que transitan entre viajes de cromatismo fulminante, y estallidos, lo espectral, la nebulosa, los claroscuros, lo rutinario, lo habitual. Ese punto exacto donde el aguijón, donde las notas de luz, donde el espejo. Es el preludio, los contornos, el horizonte y las lenguas que se extienden hacia todas direcciones. Y desde ahí. Desde ahí emerger, con ojos, oídos, tacto que se cuestionan lo que hay o lo que no hay pero persiste.

Esos lugares, memorias, objetos, son tonos, material asible que conforma lenguaje. El poema es un caso extremo del lenguaje, es afirmación. Todo ese entre, esas arrugas que atestiguan tiempo en la mano de la mujer sumida en el rostro de su padre, esa suspensión de partículas y pelusas que se interponen entre otro y éste otro que soy. Somos. Es una forma de mirarnos, de refractarnos. La presencia sensorial de quienes somos, de cómo nos enunciamos.

Escribimos para tensar las cuerdas existentes, y por existir, entre la muerte y la vida, entre aquel que ya nos había atestiguado y aquella quien nos pensará por un instante pasajero. Tejidos de realidades, de hebras sueltas que se hacen inseparables en la escritura. El tono de los días que corren. El tono, tesitura, voces, de una consistencia, de un rasgo. En el lenguaje distendemos la necesidad de sentido y dirección. En el lenguaje poético se ejerce la porosidad, la afirmación de un pulso creado por muchos pulsos, un lugar donde el registro de toda cromita, que se cree de negro total, puro, nunca lo es, porque guarda en sí otros colores, otros materiales. Y así el poema, así esta escritura que habla desde quien enuncia y quienes están atrás de quien enuncia. Escritura aglutinante y de diseminación. El poema entonces como fricción de la memoria, de lo recordado y la posibilidad de lo que puede ser. Detalles.

Objetualizamos nuestras vidas, consumimos objetos, formas, destellos de una belleza y una juventud eternizadas, idealizadas. La inmediatez transforma toda forma en material que se desvanece entre las manos. El poema, como el dibujo, despliega una mirada, acota, amasa, delinea, absorbe con voracidad para llegar a la carne viva de lo cifrado. Entonces, los secretos de los cuerpos desnudos, la fatiga, la inmovilidad, el aletargamiento de las piernas entrecruzadas, clarean, hacen tonos, tesituras, voces que se acumulan dentro del oído, tentaculares tonos que escucha la piel, al igual que los gritos que tejen voces milenarias en el naufragio milenario o en la muerte de un padre. Esas superficies que resuenan, en susurros y cromitas revelándose ante lo unicidad de un solo color total, se convierten en territorios, en los ecos y grutas desde donde la escritura parte. Y de ahí a la multitud viviente o el resoplido de un búfalo herido o la musicalidad de los petaflops o el goteo de la muñeca de un suicida. Desde ese punto, la página en blanco. La escritura.

 

 

Ciudad de México, agosto 2017.

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