Por Eduardo H.G.

La mayoría de los días El Gorrión pasaba por el callejón. Su destino impostergable era la pulquería que se erigía al fondo de nuestra pequeña y recién pavimentada calle. Generalmente, la palomilla de niños que pasábamos el tiempo libre afuera lo veíamos caminar de vuelta a su casa calles abajo, trastabillando y murmurando incoherencias. El Gorrión era viejo y flaco, chimuelo y de pequeños ojos negros como canicas. Sucio, usaba ropa más grande que su desvencijado cuerpo: camisas percudidas, pantalones de vestir, unos tenis blancos que ya casi no lo eran y gorras derrotadas en color y forma. Un vagabundo, un viejo perdido.

El Gorrión tenía la apariencia de un robachicos, pero no nos asustaba. Acaso porque formaba parte del grupo de borrachos de la cuadra, en el que, por supuesto, se encontraba la mayoría de nuestros padres: la Heroica Fuerza Ebria, integrada por personajes como el Gandalla, el Botas, don Cruz, el Texano, el Caguamo, Chimino y Chimino Jr., el Hinchado, don Zancudo, don Lagañas, el Raza y por supuesto El Gorrión. Para todos ellos, la pulquería que don Juan —un viejito que compró un solar con magueyes para tal fin— era una bendición. Como si Dios mismo y en persona la hubiera mandado a construir como un premio para esa heroica fuerza que malabareaba la existencia con sus penas bañadas en néctar.

A la pulquería mi madre me mandaba a dos cosas: a vender chiles manzanos de la frondosa mata que teníamos en casa, y a traer a mi padre antes de que se gastara todo el dinero apostando en la rayuela, en la baraja y en ponerse hasta las manitas. Antes de irnos, casi siempre pedía una bolsa de cacahuates con cáscara, tostados, para que me los comiera mientras él terminaba sus partidas. En torno a los jugadores observaba al Gorrión, en su hábitat, sentado en alguna mesa solo, generalmente, y siempre introspectivo; otras veces dormido frente a su tarro con un hilo de baba colgándole de su boca chimuela.

Cuando regresaba a su casa, borrachísimo, el Gorrión pasaba frente a los niños en la calle casi cayendo, con las mismas frases masticadas en la boca, unos murmullos que se decía a sí mismo una y otra vez: “Ya nos vamos para México; todos vamos para México; ya me voy para México”.

—¿A dónde vas Gorrión? –le preguntábamos, insolentes.

—Ya nos vamos para México; todos vamos para México; ya me voy para México −nos contestaba con una mueca torcida y se despedía con su mano en el aire mientras su taciturna figura se perdía calle abajo.

Nos carcajeábamos hasta casi orinarnos. Y así cada vez que aparecía por el callejón. Pero Gorrión, quizá querríamos decirle, aunque nunca nadie lo hizo, estamos en México, la pulquería es México, esta calle también… ¡es más, toda la mierda que alcances a ver es México, tú no vas para México, ya estás aquí!

***

Ocurrió una tarde de domingo. Nos dimos cuenta de que Gorrión caminaba raro o estaba más borracho que de costumbre. O quizá sólo fue que habíamos crecido un poco. Cuando salió de la pulquería, entre el grupo de mocosos se corrió el rumor de que nos quería hacer algo, así que comenzamos a aventarle piedras. Piedras que Gorrión trataba de esquivar aleteando con las manos inútilmente. Muy borracho y viejo para correr, trataba de hacerse paso en medio de la ráfaga de grava. Hasta que una roca grande le pego directo en el hocico. Cayó al suelo, esquivando inútilmente nuestro ataque. Éramos unos cinco mequetrefes. Niños y monstruos, monstruos y niños sin distinción alguna, ¿a quién le importaba en tierra sin Dios?

Tirado, el Gorrión balbuceaba clemencia o repartía mentadas de madre. Supino, todavía le aventamos unas piedras y terrones más hasta que vimos que la sangre brotaba de su boca, entre los huecos que alguna vez ocuparon sus dientes.  Y de su nariz, a borbotones. Una marea roja que escurría por su rostro cobrizo y duro en el que una a una las piedras se estrellaban en un tac tac tac seco y certero. “¡Ya estuvo!”, quizá grito uno de nosotros. No había testigos. Corrimos a nuestras casas poseídos de terror. Habíamos matado al Gorrión.

Esa noche no cené y me acosté temprano. Una culpa enorme me tragaba por dentro; pero ni loco iba a decirle a mis padres o a mis hermanos que era un asesino. Éramos, porque no había sido yo solo. Tendría que fugarme, irme al rancho con mi abuela hasta que pasara todo. En cualquier momento la policía vendría por nosotros, luego de que descubrieran el cuerpo del Gorrión todo moretoneado y muerto. La madrugada llegó terrible. Llovía y yo sudaba, tenía fiebre, alucinaciones. Cuando un perro rompía el silencio de la noche, sentía que avisaba al mundo que un cadáver estaba al final de la calle, que fueran a descubrirlo.

¿Quién había sido? ¿Quién había matado al Gorrión? ¿Quién apedreó a ese borrachito que no había hecho daño alguno?

Por la mañana me hice el enfermo. Le dije a mi madre que no quería ir a la escuela. Incluso me provoqué una guacara en el baño. No saldría nunca de mi casa. Pero mi madre, dura como es, me dio unas pastillas y me llevo directo a la primaria. Sin pretextos: era lunes de ceremonia y yo daba las órdenes en la escolta. El día pasó eterno como un reloj de arena descompuesto. Todo era gris, un sinsentido proveniente del fondo de una caverna.

Cuando llegué al barrio mis compinches jugaban “gol para” como si nada hubiera pasado. En breve me informaron que “el cuerpo”, el Gorrión, ya no estaba al final de la calle, que seguramente se quedó ahí dormido un rato y se había parado como si nada. Fuimos a ver. No había nada en aquella estancia de tierra, ni rastros de sangre, ni ropa, ni muerto. Solo unas piedritas aquí y allá. Les creí o les quise creer para hacerme el valiente. Sí, claro, el Gorrión estaba en su casa o en su trabajo. Con sus hijos, si los tenía, o con su esposa. Lo que sea menos muerto.

El tiempo volvió a ser la misma perra juguetona en el callejón.

“¡Ahí viene el Gorrión!”, alguien gritó entre la chamacada el domingo siguiente. De inmediato los cinco asesinos corrimos a escondernos detrás de un zaguán. El renacido volvía para ajustar cuentas con sus agresores. Pero pasó hacía la pulquería sin voltear a buscarnos. Era otra vez él, con su andar sincopado. Alcanzamos a ver que portaba un parche blanco sobre la nariz y que éste le cubría una pequeña zona. Cuando se perdió volvimos a nuestra rutina. Y cuando regresó volvimos a lo de “¿A dónde vas Gorrión?”. “Ya nos vamos para México; todos vamos para México; ya me voy para México”, contestaba con la misma algarabía.

Meses después cerraron la pulquería. El viejo don Juan había muerto y ni su esposa ni sus hijos querían hacerse cargo del negocio del neutle. El Gorrión dejó de aparecer por nuestro barrio y la Fuerza Ebria fue cayendo en el cumplimiento de su deber. Uno a uno, incluido mi padre.

***

Hace unos años mi madre me recordó al Gorrión en una visita a su casa. Me dijo que había muerto. Parece que el cabrón viejo sobrevivió a toda su generación y a los menores de la Fuerza Ebria. “Lo vi el otro día, ahí andaba, por el tianguis, igual que siempre de borracho, pero me dijo una señora que vivía donde él rentaba que un día ya no salió; cuando entraron a ver ya estaba muerto el pobre”. Mi madre me contó lo que le contaron: nadie vino a reclamarlo, su familia, si es que la tenía, vivía lejos, en otro estado. Rumores, dichos, suposiciones. La muerte.

Fue entonces que pensé en aquellos años. Claro, me caía el veinte, el Gorrión era de provincia, donde “ir a México” es viajar a la capirucha, al exDEFE, a la bravucona Ciudad de México. Y cada que el Gorrión se embriagaba se le venía encima su infancia provinciana. Se sentía niño y alegre de nuevo. Cuando salía de la pulquería disparado y ebrio, él iba para México, para la ciudad a donde sus padres lo habían traído, quizá, o de donde se fugó algún día, arrastrado por el azar. Donde la vida se le escurriría en un andar errático, sin rumbo fijo.

Algunas noches, cuando estoy de visita en casa de mi madre y no puedo dormir, me sirvo un trago y me asomo al callejón. Parece que veo al Gorrión pasar con su figura derretida en la oscuridad y decirme “Ya nos vamos para México; todos vamos para México; ya me voy para México”, mientras se pierde entre la penumbra con su mano en el aire.

Pinche Gorrión.

Éste relato es la primera entrega de la serie #ViejoBarrio que podrás seguir en PlanisferioMx

Comentarios

Comentarios