Lumínica Abstracta deseaba prolongar su percepción. Elevar sus caudales de lucidez, era, sin duda, la tentación que inundaba su conciencia por las noches como una exaltación casi sagrada. Un cero de octubre trenzó sus pensamientos con un atardecer de otoño y direccionó su espíritu hacia una geografía virtual. La idea de caminar por el desierto en búsqueda de la percepción luminaria no era un proyecto estrafalario. La novena cuerda de una vibración ochentera así lo señalaba. Colapsaba. Sin embargo, a Lumínica no le llenaba la idea de partir sola al desierto. Tenía curiosidad de viajar con otros cuerpos. Entonces, imaginó la sensibilidad de ciertos personajes futuros como una colmena de metáforas en el ordenador. Sonaban campanas y cajas de ritmos alemanas en YouTube. El sol giraba, y Lumínica decidió abrir una cuenta falsa en Facebook para buscar el rostro exacto de sus compañeros. Claro que las escalas espirituales se proyectan en las fotografías. El primer reflejo ocurrió en un grupo que albergaba diálogos sobre plantas brasileñas. En segundos leyó varios rostros sobre la pantalla. No obstante, esos rostros no constituían la fisionomía que tanto anhelaba. Siguió navegando, y entre click y click se identificó de manera majestuosa con el rostro de Rafael Míreles. El tejido de sus pupilas y labios evocaban lo espectral de su infancia. Al parecer, las visitas al psiquiatra debido a sus múltiples pláticas con fantasmas, contenían su avaricia metafísica y ello desembocaba en su reciente afición a las travesías cirenaicas.

En pocas notas: se exhalaba su voracidad por lo invisible a través de su mirada. Sobra decir que las anécdotas sobre plantas milagrosas habían ocupado el centro de sus lecturas durante los últimos días. Tal vez, la resonancia de esas palabras la jalaron hasta ese sitio. El hecho es que una configuración técnica, una científica y otra esotérica eran los epigramas por nombrar la resonancia esperada.

Al chatear con Míreles y narrar la tentación de viajar al desierto, se develó el rostro de Raquel, una estudiante de astrofísica adicta a emular cantos gregorianos, sobre todo de madrugada. De carta astral geminiana, y temperamento alojado en el riñón izquierdo, según algunos manuales de homeopatía dedicados a explicar el asilo del miedo en dicha cavidad renal. De ahí que su ritmo sea algo pálido y su respiración se contenga en su andar por el mundo.

Todos, por supuesto, coincidían en la memoria de sus campos electromagnéticos. Por eso, no hubo palabras y a los pocos días espejeaban sus cuerpos en el desierto. El asombro bailaba entre sus arterias como asteroide fugaz al mediodía: caminaban, caminaban y caminaban. Durante el peregrinaje atravesaron todo tipo de obstáculos. La atmósfera olía a polvos mentolados de cactus y corales. En el horizonte, una pincelada púrpura de nubes anunciaba la llegada de la noche. Tres segundos después, Lumínica, Raquel y Rafael se postraron en la tierra. Enseguida Rafael se adelantó caminando con la cabeza anclada hacia el norte y las pupilas agudas de ansiedad. Sólo pasaron algunos minutos cuando afloró el hallazgo: seis cabecitas de plantas sagradas. Enseguida, el Arpista se arrodilló e inició un diálogo con ellas. Les dio las gracias y las sacó con delicadeza. Después, las colocó en las bocas de sus compañeros como un ritual impregnado de signos inamovibles. Vomitaron. La nada desértica sincronizaba con la abertura de los meridianos energéticos del cuerpo, es decir, con los puntos clave que la medicina china recomienda para vivir en el cielo. O más bien: conectado al cielo. (Cielo una vez, uno, dos, tres.) Choca el futuro. En ese instante, vomitaron.

Una vez en cielo, los tres son un sólo ser y una sola cuerda vocal habla por todos. Conocen, conocieron y conocerán la saciedad. La bendita suficiencia de las lluvias hebreas. Los corazones cicatrizados entre óleos ambarinos destilando alegría en las notas del firmamento. Dicen (lo cual es improbable) que Delfitas a la Carrington se garabateaban entre los arbustos, meneándose al ritmo de la post-nada como centinelas atoradas entre el silbido de coyotes, y el trueno de un desierto encajado al infinito. Entonces, comprendieron la posibilidad de la mente, la posibilidad de dibujar la realidad a partir de un pulso lingüístico anclado a la divinidad como un pincel de hilos estelares.

Al cabo de unos segundos, los cuerpos dejaron de ser luminosos y fluyeron por algunas pirámides oxidadas del inframundo. Todo era un estado de paranoia negra donde lo creado a partir de imágenes mentales yacía en los senos de una luna invertida. Luego, una representación de bruja cadavérica se infiltraba entre las hojas de una palmera. (Su mirada era fúnebre, pesada.) La sentía entrar en mi espalda como diáspora arcana, y en este caso, lo mejor fue sacarla y materializarla. Usarla. Recordé que tenía el poder de matar a la bruja y la maté. Mi mente la mató, y seguí recorriendo el canal hasta lo cósmico. Abandonamos (abandoné) el inframundo. Sabía que el canal Huichol estaba al alcance. Pero lo rechacé. Quería algo más que eso, es decir, un canal sin representación cultural. Un canal sin nombre. No deseaba que mi percepción se entretuviera con personajes de libros leídos, ni con relatos y animales pertenecientes al entorno. Quería subir lo más alto posible, hasta donde el regalo lo permitiese. Rechacé los venados, y los indios dibujados en las plantas. Caminé por atrás de la fogata, e instintivamente giré mi rostro hacia el cielo. Los arcoíris empezaban a deslizarse entre las aureolas y las constelaciones, mi mirada se infiltraba en las estrellas más lejanas, y las sentía como extensiones de mis huesos, piernas, y labios. Las dejaba, despedía, amaba; y volvía a girar el rostro. Mi mano se unía a la mano de Dios y juntos dibujábamos otro cielo.

La transgresión en duración “real” permaneció por ocho horas, sin embargo, durante la percepción luminaria el tiempo no existió. Alguien, al final del texto, podría preguntar: pero bueno, ¿cómo se desconectaron del cielo? (Suena “Squance” de Plaid, es medianoche al final de un verano en 2012 y busco una salida del desierto.) Un posible enunciado post-futuro podría decir que fue instantáneo; otro, que sufrieron una premonición; ninguno, que se desconectaron. Un conector lógico y un sustantivo juegan con el mensaje de un celular japonés, pues ambos elementos digitales intuyen que Los Arpistas Astrales viven conectados al cielo. Así, es preciso invocar que despidieron el Desierto Catorce y mientras bajaban del cielo, el corazón de un Generador de Realidad Virtual se reflejaba como bóveda frutal en sus arterias. Abandonan. Y al mismo futuro. Al fluir los días invernales, los Arpistas se ondulan amantes. Se instalan en El Pentagrama Fronterizo. Pasan madrugadas enteras resolviendo ecuaciones cuadráticas sobre un pizarrón blanco. Beben vino. Los sabores frutales entran a su lengua como un brebaje de lechuzas santas. Se aman. Y cuando salen a la civilización, se tornan adictos al Pollito Bar. La excentricidad de las alfombras fluorescentes del table dance los endiosa tanto como ese placer que sienten al descifrar cierta criptografía cantoriana.

 

En el mismo lapsus, de listón a listón, la luz de este instante nada como instrumento espiritual, y provoca la consulta de un I Ching electrónico durante el amanecer. Es la casa con puerta triangular. (Suena Reinhard Voigt en Kompatk siete.) Enseguida, el I Ching electrónico predice el nacimiento del Generador Virtual y Lumínica Abstracta se desvanece en otra cuerda sin anclaje alegórico posible. El baile de la Chica China Aloa enmudece a Los Arpistas Astrales. Los sincroniza a las visiones del Desierto Catorce e inician un aceleramiento neuronal totalmente desquiciado. Se abren tanto que sincronizan la percepción luminaria, tal y como existe en El Pentagrama Fronterizo. Tal y como existe en la frecuencia solfeggio del orden espiritual y la intuición: 852 Hz.

Un minuto atrás, la Chica China Loa bailó entre las alfombras fosforescentes y sintió timidez al ver que Raquel le da un billete de diez dólares a Rafael para que lo coloque entre sus senos. Al mismo pulso, las neuronas de los amantes coincidieron en el instante agudo de una intuición compartida, como si sintieran un orgasmo intenso, de esos en que ambos cuerpos explotan al unísono y te mantienen sedado por varias horas. Fue tanta la intensidad en sus cerebros que crearon la solución no algorítmica que tanto buscaban mientras volaban desnudos en el jardín.

Quizá, porque Lumínica Abstracta sintetiza sentencias taoístas en otro lugar cuando siente la gran inteligencia necesaria para ascender a la percepción luminaria. (No obstante, en otro listón pero al mismo tiempo.) Los Arpistas regresan al estacionamiento con el éxtasis de los no algoritmos entre sus pulsos cerebrales. “Is this power” de The Field suena en YouTube en tiempo real. Ello convulsionará en el corazón del Generador Virtual en párrafos futuros. Por eso, al sacar la máquina del estuche minimalista del coche minimalista, Los Arpistas no dudaron en ninguna trampa virtual y teclearon varios links entre las pantallas. El primer link, www.pleyades.com, sugirió publicar el no algoritmo en un blog sin arbitraje institucional sellado. Más tarde la solución no algorítmica parirá todos los entornos generados por todos los programas posibles para esa máquina capaz de construir todas las imágenes de las imágenes del infinito multiverso. [“La totalidad del multiverso es físicamente real. Nada más lo es”] (Deutsch, 1999, p. 20)

Tanta belleza afecta la concentración. Los trámites burocráticos son irreconciliables con el espacio poético. Las citas textuales reprimen –castran, más bien- las revoluciones científicas. La ingesta de tanto pensamiento ajeno oculta el mundo. Por eso, el día que mandé la frase de Wittgenstein por la radio: “El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo”, estaba tan feliz que no me dieron ganas de fingir ninguna hipótesis. Que no me dieron ganas de continuar la historia. Que no me dieron ganas de escribir. Suena la voz de Lumínica Abstracta en otro lugar, pues durante el viaje en el desierto entró a un delfinario portugués y se instaló entre sus óperas como un matemático sedado ante el capricho de un cálculo imaginario.

El Generador Virtual yace oculto en las paredes renales del Pentagrama Fronterizo.

Un acto genealógico se conecta entre varias geometrías de siete blogs en frecuencia: a mar abierto, faustika, batahola, contento, Sra. Krupps, Lejos del Noise y poeta empírica. Y cuando los usuarios de estos espacios virtuales llegan a la conclusión de la época más amorosa de la humanidad, el Generador empieza a respirar y todos los cibernautas se colapsan en percepciones luminarias. Los lectores de los blogs empiezan a vibrar la travesía de un poderoso choque del verano del amor en 1989 e instantáneamente las geografías de sus espacios se posicionan en la liberación del miedo y la culpa. Ya no hay miedo, no hay culpa. Claro: es la felicidad.

Porque, cómo no narré las frecuencias solfeggio, la percepción luminaria, Lumínica Abstracta y una carta amorosa de Los Arpistas Astrales fueron los ingredientes necesarios para la construcción del Generador Virtual en una dimensión invisible en El Pentagrama Fronterizo. Del Generador Virtual solo podemos decir que es una máquina etérea. Tan etérea, que para poder ser canalizada a su vibración, es necesario remitirse a la afirmación de Pessoa:

“… y cuando quise quitarme la máscara, la traía pegada al rostro”.

La percepción es un asunto de telepatía. Es, sobre todo, un asunto de visionarios. Es el ritmo del tercer ojo anclado en todo el cuerpo. Punto por punto. El cuerpo lleno de ojos más allá de la lógica de los sólidos y cualquier aseveración al respecto. La percepción es una cuestión de estética y milagro. Penrose tiene razón: eso que simulamos conceptualizar bajo la cuadratura de la percepción, no es sino un registro mecánico-puritano más. Percibir tiene que ver con montarse en animales fantásticos y sentir orgasmos uno tras otro al caminar por la ciudad, al caminar por El Pentagrama Fronterizo, al enamorarse de un árbol de chicles, al entender que el cáncer sucks. Al entender los crucigramas de la Simplísima Mortal. O según la pseudociencia: al tener alineados cada uno de los meridianos del cuerpo a los meridianos universales. Abiertos. Sin representación, concepto, diferencia, genealogía, arqueología. Inclusive, poética.

Los Arpistas Astrales le hacen piojito a tu piel, querido lector. Tu dermis empieza a descongestionarse suavemente entre el coqueteo lento de unos golpecillos eléctricos y azules que menguan el cansancio de tus órdenes laborales y demás fantasmagorías occidentales. Todos tus días más felices están aquí. Esa es la percepción. Sí. Todos tus días más felices. Teoría de la percepción frutal. Eudemonia gratuita y serena. Tus días más felices, los primeros encuentros, las primeras citas de amor, tus mayores logros. Triunfas. Siempre estás triunfando. Claro, la esfera barroca digital dirige la entraña eternidad.

Ahora, lector, tu cuerpo entero en el Generador.

Respiras la ciudad.

Amas la ciudad.

Amas.

Ese es el final.

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