A mí no me queda duda que de The National ya es una banda de culto. Pocas veces he visto el Pepsi Center WTC tan lleno, es más, podría decir que, de todos los conciertos a los que he asistido ahí, el del pasado martes es en donde más gente he visto.

A The National le costó mucho trabajo llegar al punto en el que se encuentra ahora, ese en donde disfruta de cierta fama. Su música llegó en un momento que se le abría paso a un rock más de guitarras feroces y ritmos veloces. Los jóvenes de principio de siglo no estaban de humor para canciones de rock más armónicas, ritmos lentos y letras en que exploraran las relaciones tormentosas o fallidas de manera cruda.

Mientras tanto, The National no dejó de picar piedra, de ser insistente en su estilo y de sobrevivir a locales semi vacíos. De esa época nos regaló canciones memorables, que en sus primeros 10 años nos mostraron lo interesante y bonito que es un rock como el que hacen ellos: instrumentalmente fino, impecable y con una gran lírica. Hoy esos jóvenes han crecido, han tenido amores, desamores y la han pasado mal en lo económico y en lo político, se van identificando, tal vez sin buscarlo, con el estilo y el mensaje de The National.

En la última década llegaron dos joyas: “Trouble Will Find Me” en el 2013 y “Sleep Well Beast” en 2017, que son, creo yo, el detonante de lo que se vivió en el Pepsi Center WTC: una inusual cantidad de personas entregada a una banda indie a la que le mostraban atención y respeto (en su mayoría, claro. Nunca falta el que no sabe a qué va). De hecho me llamó mucho la atención no ver en lo alto y durante tiempo prolongado tantos teléfonos celulares captando momentos como normalmente sucede.

The National salió a un escenario austero, bastante austero para un show en estos tiempos, quiero pensar que queriendo demostrar que lo que importa es la música. Fuera de la mala acústica ya bien conocida que tiene el Pepsi Center WTC, demostraron que son unos grandes músicos en vivo. En lo personal disfruté mucho el estilo de Bryan Devendorf, el baterista. Es impresionante ver cómo toca a alta velocidad beats complicados, con muchas síncopas, y encima matiza. Utiliza mucho los toms y a lo largo del concierto logra sonar su batería de forma diferente haciendo uso de distintas baquetas e incluso de trapos, todo se vale con tal de darle la “escenografía” adecuada a la canción. La parte rítmica la complementaba su hermano Scott, un bajista que gusta mucho de pasar sus dedos por los trastes últimos y, así, cuando el bajo se une a los toms se crea una agradable sensación de graves. En otro punto estaban las guitarras de los hermanos Dessner, guitarras muy bien cohesionadas en las que sonaban notas firmes y armonías con distorsionadores elegantes. Las guitarras durante el concierto platican, juegan y lloran entre ellas. Atrás venían los metales, y cuando me refiero a “atrás” no me refiero a su posición en el escenario sino a su forma de participar en las canciones, sobre todo del trombón. Los metales entraban en un segundo plano y poco a poco iban ganando protagonismo en la canción, un sonido de detalles muy bien cuidados que te terminaban envolviendo. Y al frente de todo esto, Matt Berninger, un tipo con una voz que encanta; esa seriedad que transmite engaña ya que termina siendo un frontman muy energético, uno que grita, baila, es alegre y entregado.

El setlist fue diseñado con cuidado, no fue al azar, y por lo mismo regaló momentos memorables como en “Dark Side Of The Gym”, en donde Berninger bromeó con el estilo musical de The National al preguntarle al público si les gustaba bailar para después expresar “pero ustedes no pueden bailar nuestras canciones, a excepción de ésta” y dar inicio a una canción romántica y cadenciosa para después continuar con “Sorrow”, una canción de corte triste y de ritmo lento, y luego atacar con guitarras distorsionadas y gritos en “TurtlenecK” y rematar con la emblemática “Slow Show” y su piano para cerrar alrededor de veinticinco minutos de una auténtica montaña rusa de emociones.

Otro momento a destacar fue el inicio del final con “Fake Empire”, con la gente totalmente entregada pero sin saber que minutos después The National iba a regalar la inesperada “About Today”, cuando empezaron a sonar sus notas en la guitarra, el shock, el silencio, la sorpresa. “About Today” fue una canción que trajo recuerdos a unos, hizo muy felices a otros y terminó por sacarle lágrimas a varios más. Para terminar vino el encore que inició con “KKK Took My Baby Away” un cover de The Ramones, para continuar con el clásico Mr. November y después “Terrible Love”, en donde resumieron en cinco minutos lo buenos que son para crear sonidos y ejecutarlos de manera potente, un final de encore en verdad intenso. La cereza del pastel la puso una versión acústica de “Vanderlyle Crybaby Geeks”, fue un deleite escuchar a la gente acompañando la canción.

Inició el año con la vara muy alta, The National dio un gran show: muy emotivo, en momentos nostálgico y en momentos agresivo. De esos conciertos en los que los sentimientos están a flor de piel y se mezclan. Un sube y baja, de esos en los que sales destruido emocionalmente pero feliz.

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