Tuve la oportunidad de ver la nueva película de Quentin Tarantino dentro de su “Roadshow 70mm”, y puedo anticipar, gracias a ello, que este formato no aporta cosa interesante a la cinta. Tampoco sirve para compensar ese tono autocomplaciente de un director que cree que cualquier cosa que haga será buena por el hecho de llevar su firma.

   Lo anterior deviene, eso sí, en pisar un terreno yermo dentro de la crítica: Tarantino pertenece a esa clase de ídolos cinematográficos, engrandecidos por un fanatismo casi sectario (mismo que, como en toda religión, a veces es ciego, a veces algo acertado) que lo hace transitar por los piélagos de la invectiva y salir, de todos modos, triunfante.

   Aun así, debo manifestarlo: The Hateful Eight es, quizás, la peor cinta de este aclamado, casi intocable cineasta.

   La historia, situada a finales de la Guerra de Secesión, nos traspone, como su título indica, a ocho personajes deleznables que se reúnen de manera aparentemente azarosa en el interior de una cabaña durante una tormenta de nieve. En el más puro estilo western (aunque, por momentos, quiere parecer un spaghetti western), la película nos muestra una miscelánea de estereotipos rudos: criminales, caza-recompensas, sheriffs y lonesome cowboys.

   Desconozco si el otro formato para salas cinematográficas contará con el respectivo y tarantinesco “intermedio”, pero puedo anticipar que el filme parece conformarse de dos partes principales (subdivididas, cada una, en diversos capítulos): la primera se presenta como una “apertura” tediosa, ahíta en diálogos que sólo pretenden aletargar la trama (de por sí predecible y poco ingeniosa) y vanagloriar la declarada agilidad guionística de Tarantino, quien a veces se olvida de que las grandes secuencias de sus filmes contaban con la pluma de otros maestros como Roger Avary; la segunda parte es, en pocas palabras, la de los “madrazos”. Esta tajante división presenta, estructuralmente, un grave problema: el cambio de tono en la historia (que deriva de una letanía dialogística demasiado extensa) exige un apresuramiento de acción en la segunda porción de la obra. De ese modo, lo que podría denominarse la “mitad entretenida” presenta una cadencia de sucesos apresurados y poco sorpresivos; también un autotributo del director (quien considera, probablemente, que la proliferación de violencia arrancará los ¡ohs! y ¡ahs! de un público poco exigente), que prescinde, casi por completo, de tensión y giros inesperados. Aun así, en una época donde el gore encuentra, cada vez, menos censura, creo que The Hateful Eight se muestra como una exhibición bastante sobria de escenas que pretenden (sólo pretenden), estremecernos a través de la sangre.

   Debo decir, a favor de The Hateful Eight, que esta película es, como otras del mismo director, un repertorio de personajes intrigantes: los protagonistas hacen gala de una peculiaridad de carácter que se fortalece con el desarrollo de las escenas a pesar de la escasez de elementos externos que robustezcan la misma. Esto deriva, también, del talento de actores polifacéticos como Tim Roth o  Samuel L. Jackson; así como de quienes representan un papel acorde a estereotipos estadounidenses como en el caso del mexicano Demián Bichir.  Aun así, el exceso de diálogo implica que el perfil maniqueo del bueno y el malo quede tan delimitado que no haya espacio para giros imprevistos. Lo anterior, aunado a esa necesidad de “anunciar” cada situación inesperada (lo que se ejemplifica con lo que nombraré, por evitar el spoiler, la “escena del café”), provoca un rompimiento de la poca tensión dramática que pudo haberse construido con la historia. Todo lo anterior resulta en un filme obtuso, de poca argucia narrativa y que se olvida, casi por completo, de cuidar un ritmo que resulte entretenido y contundente.

   Creo que The Hateful Eight dista mucho, muchísimo, de la grandeza de obras como Perros de reserva, Tiempos violentos, el primer volumen de Kill Bill e, incluso, Death Proof. En resumen, Tarantino descuida la construcción de un buen guión por abundar en lo que él, personalmente, supone del agrado de sus fanáticos. Lo anterior me obliga a conceder, únicamente, 5 notas en negro. Espero que esto sólo sea una faceta, un desliz minúsculo en aras de una búsqueda de identidad cinematográfica, y no la consolidación de la misma. De lo contrario, no tardaremos en toparnos con un nuevo Tim Burton. Pero eso ya es meterse con otra de esas suspicaces sectas de fanáticos enardecidos.

 

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