Tardes de noviembre en las que te sientas en los peldaños de tu vida para reconocer entre tus inciertos que no sólo respiras, sino que palpitas dentro de la burbuja de esmog por la que arrastras diariamente los precarios despojos de tu humanidad. Hoy me siento muda, me he sentido muda desde hace varios meses y trato de callar los gritos de mi alma con las palabras impresas de mil cadáveres, sombras de arena de mis días. Ya no importa decir si es desalentador, si es alentador, si es amarillo o si se siente. De nada sirve tratar de comprender o de ser comprendido y no lo digo con el emblema ensangrentado de mis tormentos cotidianos sino con la receptividad de lo que absorbo con cada inhalación de vida.

Mis tardes de noviembre en las que me recuesto a esperar que el sueño calme los tremores de mis manos, en las que me envuelvo en la universalidad de las ideas que surgen de las inmediaciones de mi cama; esas tardes en las que se respiran los ecos del verano, la muerte del sol y su alegría, tratando de broncearnos el corazón. Tardes llenas de huecos y alfileres que nos detienen en los minutos del reloj atrapándonos las pupilas hasta que la primera aguja se mueve; las mismas tardes que vuelven cada año regresan para arrastrar entre sus piernas las mentiras, las mismas letras, los mismos sabores y las mismas manías que traen consigo el respirar entrecortado de un momento de alegría pero que cada que vuelve se ve más tenue, como la tela gastada de nuestras horas que con cada noviembre se muestran más transparentes.

Las tardes, cuando la muerte respira, cuando la dicha anochece y cada parte en donde miras te recuerda que todos tenemos la misma meta al final de la línea de nuestros días, esa de huir para sanar el alma de sus agobiantes horas de vida y encontrar una paz que se nos ha prometido y que nunca nadie ha tenido el placer de ver a los ojos para reconocer su encanto.

Las tardes de noviembre, de los primeros días, que escurren entre los poros con los mismos aromas de la tierra, los mismos aromas de la cera y del papel de china. Tardes como cualquiera pero siempre tan distintas, que cargan entre sus brazos el miedo y la dicha, el temor y la esperanza de ver entre los despojos el calor de quienes se han ido, que encierran entre sus manos el mismo calor del frío. La muerte de un año más y la reconciliación de quienes permanecemos en la espera con el mundo que nos gira.

Mis tardes de noviembre con su aroma a flores naranjas con el eco de las risas de quienes aparecen en mis memorias, días de misticismo, miedo y magia, siempre adornando con sus ecos mis recuerdos más temidos, mi infancia escondida en un traje de princesa, mi abuela en la mesa rodeada de flores, mis peces, mis lágrimas, mis risas. Mis tardes para aspirar la noche, para rodear la madrugada con palabras ocultas y despertar con el sol escondido tras nubes turbias. Tardes, noches, días, todo se mezcla en el mismo encanto, en el mismo incierto y en la misma agua que beben mis manos a diario, en el mismo aroma inerte que en estos días la tierra destila; que recuerdan lo inolvidable, las marcas del mundo escondidas entre tu rostro, los restos de sal fosilizados, los resquicios grabados en la pureza de tu piel.

Qué fatalidad escondida en un pensamiento que por las tardes de noviembre predomina, tal vez es el olor de nuestros muertos respirando, el olor a paz y a incertidumbre que nos perfuman cada uno de estos días, que nos recuerdan que el año se apaga y que caminamos siempre a tientas rumbo a la misma puerta de salida.

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