Por Erika Rosete

En el sur hay una revolución librándose desde antes de que se inventaran las revoluciones.

Era junio 21 de hace exactamente cien años, y a través de un manifiesto, estudiantes cordobeses gritaban en tinta y papel la proclama, casi premonición existencial: “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”. Hablaban de libertad como quien habla de amor y respeto; hablaban de libertad como quien habla y valora la vida como el único recurso para vencerla, a ella misma y a la muerte.

Varias décadas después, en las mismas calles donde miles de mujeres argentinas con pañuelos verdes esperaban que el derecho a decidir sobre su cuerpo fuera aprobado como un derecho en un decreto oficial, caminaron otras mujeres que sin miedo a la moralidad y a los prejuicios encarnados hasta el tuétano de su sociedad, repartieron volantes sobre el derecho al aborto legal, cuando recibir anticonceptivos ni siquiera era considerado un derecho para hombres y mujeres.

Y qué decir de las madres y las abuelas, también argentinas, de quienes estas nuevas generaciones tomaron el emblemático pañuelo para reivindicar la necesidad aún imperante y urgente de que sus voces fueran escuchadas. El ejemplo de esas mujeres que en medio de la copa mundial de fútbol de 1978 llamaron la atención internacional con su dolor y su búsqueda aún interminable de los cuerpos de sus hijos o el paradero de sus nietos, desaparecidos por la dictadura militar. Solas, cansadas, marchando como lo siguen haciendo hasta ahora en la Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires.

Ellas, que envejecieron a la par de sus dolores, porque sus libertades les fueron suprimidas por la muerte, la injusticia y la indiferencia. Se les fueron acumulando las penas año tras año, en los que destruyeron ilusiones y esperanzas, en el tiempo que no volvió, y que les sigue dando fuerza para acudir, como cada jueves desde hace más de cuarenta años, a la Plaza que revive la memoria a pesar de la distancia que el tiempo agranda con cada segundo.

Mientras ellas rondaban la Casa Rosada, con gobiernos de todos los colores, pero igual de indiferentes ante sus más básicas necesidades, del otro lado de la cordillera las mujeres chilenas empezaban un largo camino de resistencia. Sin imaginarse aún que el tiempo y los más de 17 años de dictadura también les arrancaría las libertades más íntimas.

Ya sea desde la trinchera de las universidades y los colegios, o desde la ardua tarea de la maternidad, incluso, desde el miedo y el terror que marcó para siempre a la sociedad chilena, las mujeres desempeñaron un papel fundamental por la memoria de los más atroces acontecimientos de los que fueron víctimas. Ellas, que escribieron cartas dolorosas a Lucía Hiriart, la viuda de Augusto Pinochet, confiando en que su naturaleza de madre y mujer intercediera por ellas y sus hijos torturados, maltratados hasta extremos indecibles y finalmente desaparecidos, les fueran devueltos.

(Desaparecidos / esa costumbre latinoamericana que cargamos como un lastre de norte a sur)

Después de varias décadas, tras la destrucción de algunas de las cárceles de la dictadura, las madres chilenas siguen visitando el desierto de Atacama, al norte del país, para tratar de encontrar aunque sea un solo hueso que les asegure que sus hijos están muertos y terminar con la búsqueda que presienten interminable.

Siguen de pie, en ese desierto conocido por ser el más árido del planeta, mismo que florece una vez al año como muestra de la magia que, en medio de tanta tragedia, nunca acabamos de entender.

En medio de estas lecciones de la historia, las mujeres sudamericanas de uno y otro lado de la cordillera, se debaten ahora mismo en dos grandes movimientos que han acaparado los reflectores y (las reflexiones) internacionales.

En Argentina, miles de mujeres de todos los rincones del país se apostaron alrededor del Congreso, en Buenos Aires, el pasado 14 de junio, para presionar desde afuera, como una gran marea verde, a los cientos de legisladores también de todos los rincones de la nación, para que se aprobara la ley que despenaliza el aborto hasta la semana 14 de gestación.

Pero esta movilización no fue, como casi nada en Sudamérica ni en cualquier otra parte del mundo, espontánea. El feminicidio en 2015, de Chiara Páez, una niña de 14 años, a manos de su novio, fue el detonante para la primera marcha “Ni una menos”. Fue el reclamo colectivo de los argentinos en contra de los crecientes asesinatos de mujeres por todo el país. Para este 2018 la marcha anual agregaba la exigencia de legalizar el aborto.

Ellas también pasaron más de 20 horas mirando y escuchando a sus representantes diciendo los más inverosímiles argumentos para no permitir la legalidad de la medida, pero también se emocionaron hasta las lágrimas con las intervenciones de hombres y mujeres que reivindicaron la razón por la que ocupan un lugar en ese recinto, al dejar de lado las convicciones propias a cambio de las necesidades de toda una sociedad. (Finalmente la razón por la que fueron electos).

Es el caso del diputado Vasco de Mendiguren quien escribió lo siguiente en su cuenta de tuirer: “Soy católico y tengo convicciones profundas sobre la vida y la ética. No estoy de acuerdo con el aborto. Nunca lo estuve ni lo estaré. Pero mis convicciones son mías, y mi responsabilidad como legislador nacional es legislar para toda la sociedad”.

Una discusión que saltó al tema moral y religioso y que se perdió a ratos en el limbo de la moralidad, en la tarea de juzgar las razones por las que una mujer malvada y sin escrúpulos decide no dar la vida, en lugar de discutir el derecho que tiene esa mujer a hacer lo que mejor le parezca sobre su cuerpo.

El movimiento argentino de las mujeres del pañuelo verde apenas comienza. La iniciativa sobrevivió a esas más de 20 horas en la Cámara de Diputados, y meses de ponencias en contra y a favor. Es un paso histórico ante las décadas que tuvieron que pasar para que el tema se pusiera en la mesa. Varias generaciones de mujeres argentinas lucharon arduamente por esto, y no es cosa menor que después de tanto tiempo se les dieran la voz que han reclamado bajo la sombra de una indiferencia nacional e histórica, casi endémica.

En Chile, una generación de mujeres distinta a la que incendió las calles argentinas, mantiene tomadas más de 30 universidades y colegios en todo el país para exigir el fin de la educación sexista en todos sus niveles.

Esta demanda, se agrega a las históricas exigencias de fin del lucro en la educación y por su gratuidad, en un movimiento que se reactiva todos los años, desde que terminó la dictadura y la democracia llegó al Palacio de la Moneda, de forma pactada y con los vicios pinochetistas que se encarnaron en la sociedad y en la política del país.

Las adolescentes y jóvenes chilenas se encaminaron a reactivar las protestas de este año con un nuevo “dolor”; la creciente revelación de casos de acoso sexual en las universidades, y la exigencia de que existan protocolos de acción para contrarrestar ese delito y combatirlo. Conscientes de que la prevención requiere una tarea que no solo depende de su movimiento, las mujeres chilenas han proclamado desde hace mucho tiempo su fuerza ante la adversidad política y social.

“Vamos a construir nuestra educación no sexista porque nadie lo hará por nosotros”, aseguró en una entrevista la líder de estudiantes secundarias, Amanda Luna Cea. Y tal vez sea esa frase una demostración del ímpetu de las estudiantes chilenas. Combativas, politizadas, entregadas a las causas que creen justas.

Una generación de mujeres que no tienen el miedo que sus madres sí, debido a que a ellas, las madres y abuelas de estas nuevas generaciones, les tocó vivir de cerca la desesperación, los toques de queda, las incursiones militares en las salas de sus hogares con rifles amenazando a cada integrante de su familia, cuando los “milicos” acudían a revisar las casas, en busca de libros sospechosos, en busca de opositores, en busca de alguna excusa para desaparecerlos.

El golpe de Estado de 1973, la dictadura y el papel del general Augusto Pinochet, son tema de división entre madres e hijas. Pero lo que es evidente, es que las generaciones que crecieron en la transición, se atrevieron a salir a las calles con la sombra de su historia, pero con la preparación y la conciencia suficientes para lograr grandes cambios desde sus trincheras.

Las adolescentes chilenas aseguran que su demanda por una educación no sexista trata de eliminar la forma en la que, quienes educan desde las aulas, lo hacen en muchos casos. Es decir, replicando estereotipos que perpetúan el papel sumiso y secundario que han tenido históricamente las mujeres.

Que las mujeres dejen de aprender a “ser mujer” a partir de las normas sociales que estimulan conductas relacionadas siempre con la maternidad, el cuidado de otras personas y el interés exacerbado por la belleza y la feminidad aprendida desde la estética de modelos inalcanzables.

Hernán Casciari, escritor argentino, dijo hace unos meses que de uno u otro lado de la cordillera son los mismos muertos. Muertos y desaparecidos por dos de las dictaduras más sangrientas en la historia del mundo. También podría decirse que de uno y otro lado de la cordillera, la lucha feminista es una sola; una sola marea verde, que toma no solo las calles que rodean un Parlamento, sino también mareas que se adueñan de colegios, que exigen un papel protagonista para poder escribir su propia historia.

En Sudamérica sucede una revolución femenina que espera hermanarse con las tantas revoluciones de los pueblos latinoamericanos, aquellos que vemos de lejos el ímpetu combativo de las sociedades que supieron construir una resistencia a partir de la memoria… y del dolor.

Foto: Julieta Ferrario 

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