Por Carlos A. Ramirez

I

La gente apesta y se apretuja en el vagón. Suda. Se muestra los colmillos. Maldice. Y el tren permanece ahí. Estático. Más que indiferente, burlón. Sádico. Yo tengo a una mujer olorosa a ajo a centímetros de mí, sus lonjas restregándose contra mi estómago. Hace unas horas escuché por la radio a un político alabando la eficiencia del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México. “Es de los más baratos del mundo, incluso”, decía el individuo mientras intercambiaba palmadas y elogios con el locutor.
Pero acá abajo, lejos de los medios de comunicación, las cosas son un poco diferentes. Hablar de eficiencia es un chiste grotesco cuando en cada estación los trenes se detienen hasta 15 minutos y los controladores detienen los vagones sólo para divertirse con la desesperación de la gente. Por si fuera poco, si se analizan los sueldos de la mayoría de los que aquí viajamos, el costo del pasaje resulta incluso exorbitante, aunque los gobernantes, desde sus lujosas y amplias oficinas, traten todos los días de hacernos comer más mierda de la necesaria.
Mientras pienso esto, una enorme vestida se abre paso a codazos entre la gente que bloquea la entrada al vagón. Debe medir cuando menos 1.90 sobre esos tacones de aguja y lleva una minifalda que apenas le cubre las nalgas. Sus piernas de futbolista, nervudas y musculosas, me recuerdan dos troncos de árbol. Después de despejar el camino con su agresiva fortaleza, se instala delante de un hombre pequeño, moreno, de ojos enrojecidos que exhala un tufo a alcohol y sudor. La vestida agita la cabeza y el cabello, que lleva sujeto con una liga detrás de la nuca, le salta de un hombro a otro. Su rostro es como el de un apache con labios rojos y colorete en las mejillas.
En ese momento el tren avanza y el tipo que está detrás de ella comienza a repegársele. Primero tímidamente, después sin piedad. La vestida lo ignora; lo deja hacer hasta que el hombrecillo le mete la mano bajo la falda y le apretuja con fuerza el paquete arrancándole un alarido de dolor. Entonces se voltea y le hunde la rodilla en los testículos antes de romperle la jeta con dos puñetazos expertos que lo mandan al piso chorreando sangre de la boca y la nariz justo cuando el tren llega a la siguiente estación.
Los pasajeros despejan apresuradamente, a saltitos, como borregos asustados, el vagón sin voltear a ver al gigante entaconado que toma al borrachín de la pretina del pantalón y lo lanza hacia el andén como si fuera un costal de papas. Después me observa retadoramente. Le sostengo la mirada unos segundos y enseguida desvío la cara para poder sonreírme a mis anchas. El timbre suena. La vestida bufa y vuelve a agitar el cabello mientras se soba el puño con la palma de su otra mano. Las puertas se cierran. El tren se mueve. Un sujeto se levanta de su asiento y le dice: “¿No gusta sentarse, señorita?”

II

Las puertas del vagón se abren. Unas cuantas personas logran bajar pero otras no lo consiguen. Blasfeman. Mientan madres. Pero la inercia provocada por la fuerza de los que abordamos no admite oposición. Cuando el tren avanza, empiezo a sentir que la mujer, una jovencita de 20 ó 22 años, que está de espaldas a mí, embarra su cuerpo contra el mío. Lo hace enérgicamente. Con cierta violencia, incluso. Siento sus nalgas y su espalda presionándome y de inmediato pienso en extorsionadoras profesionales. Imagino a los pasajeros golpeándome por venir acosando a esta chica y entregándome a policías corruptos quienes terminarán pidiéndome dinero a cambio de desistir de la acusación.
Por supuesto, no necesito algo semejante, así que le pongo el antebrazo en la espalda y me paro de puntitas tratando de ganar algunos centímetros. Lo hago exagerando mis movimientos para que todos lo noten. En la siguiente estación, la chica se apea, no sin antes mirarme de reojo, desdeñosamente.
Suspiro aliviado. En estos días es un asunto muy delicado pasar por acosador. O ser exhibido en redes sociales como #lordarrimones o una mamada así.
Creo que por esta vez me salvé.

III

En la estación Centro Médico, una mujer de unos 50 años aborda el vagón. Lleva un aparato ortopédico que le abarca del codo a los dedos del brazo derecho y se apoya en un bastón de madera que sostiene con la otra mano.
Su brazo me recuerda al del T-1000 después de que su cubierta de carne se derritiera.
Los demás pasajeros, hombres de distintas edades y clases sociales, se abren para que pase sin que nadie la lastime. La mujer se instala frente a unos asientos ocupados por un hombre y dos féminas y se tambalea tratando de asirse a uno de los tubos.
Las mujeres se desentienden. Una cierra los ojos y la otra se reconcentra en la lectura de su TV Notas. Supongo que han decidido dejar la sororidad para mejores ocasiones. El tipo -20 años, estudiante- se levanta y ayuda a la T-1000 a sentarse. Esta le agradece con una sonrisa. Yo espero impaciente a que su brazo se convierta en una espada invulnerable y atraviese de boca a nuca a sus congéneres sin alterar un ápice su expresión.
Pero eso nunca sucede. El tren sigue su marcha. La T-1000 contrae los músculos de su rostro. Aquello debe doler.

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