En los cuentos de correos de oficina, uno puede encontrar una serie de salvajadas lingüísticas que surgen de las carentes horas de trabajo y que confinan a los bien portados empleados a rescatar un poco del tiempo invertido en obtener un salario bajo, mediante el recuento de algunos de sus momentos más insignes en la empresa. Horas en las que el buen empleado dedica su tiempo a ver fijamente a la gente de un modo casi morboso que los obliga a mirarlo de vuelta desconcertados. Su mirada penetra hasta el subconsciente, penetra las paredes, la ropa, la carne, dejando que su mente absorba cada ínfima parte de la vida ajena para transferirla directamente a su cuenta de tiempo o también llamada vida propia.

El empleado de la oficina es, por lo general, un individuo discreto que discrepa de todas las opiniones de sus colegas creando al final y en todos los sentidos un insano ambiente de hostilidad laboral y pasteles de cumpleaños con refresco.

Es consciente de su capacidad de amargar a pequeña, mediana y larga escala, emulando frases y escenas creadas para una cotidianidad ficticia y que absorbe, como el cuerpo a los nutrientes, de sus diferentes cuentas en las redes sociales, en las cuales, además, presenta una realidad amorfa y bien adaptada a los estándares sociales bien de moda que lo confinan a la categoría de satisfactoriamente exitoso (like).

El empleado de oficina es, por lo general, un ser taciturno, como regla natural de su especie, es bien sabido que gasta la energía medianamente necesaria para cumplir con las funciones pre programadas de su puesto, reservando el resto para el desahogo de sus pocas horas de ocio en las llamadas happy hour, o para la escena post laboral que comienza a partir de los jueves.

Su ambiente cotidiano está, generalmente, compuesto de cubículos con escritorios e impresoras que limitan sus capacidades creativas en interacciones sociales, lo que finalmente termina por potenciar la volatilidad nociva de su temperamento, así que no es de extrañarse que, de tanto en tanto, terminen por crearse una serie de disputas por el uso excesivo de la fotocopiadora o la máquina de café, fuente de vida inagotable, innecesaria, pero intrínsecamente ligada a los estereotipos laborales, en especial aquellos que se efectúan entre las ocho de la mañana y las siete de la noche.

Hay distintos tipos de empleados de oficina y jerarquizaciones de los mismos, que con el paso de los años se ha hecho cada vez más evidente y que van desde el que arma el desayuno hasta los amantes del uso de la quinoa y buenos hábitos alimenticios que sirven para crear un balance contrastante a sus tantas horas sin usar las piernas. De esta categoría existen subcategorías y de ésta última otras tantas, así, continuamente en una innumerable cadena de eslabones entrelazados en una continuidad de tiempo y espacio infinito entre ambientes corporativos.

Los empleados de oficina son ya, desde hace mucho tiempo, una especie en ascenso, producto de la estandarización de los modelos de trabajo y ofertas laborales dentro de una sociedad consumista y empoderada. Se les encuentra en todas partes, en camino a ese submundo de ambigüedades a las que nosotros, simples mortales tenemos acceso limitado; los vemos caminar por todos lados con ese aire alienado y sereno que oculta de nosotros su escepticismo y virtudes ante formas de vida alternas. Sin embargo, no dejan de llenar nuestro panorama con una imagen en pintorescos tonos grisáceos cuando viajamos en el transporte público. #Fin

 

Comentarios

Comentarios