La siguiente es una reseña del álbum Slow Air de Still Corners

(Wrecking Light, 2018)

Hay canciones que al insertarlas en una película quedan unidas a tal historia de manera imperecedera; tales son los casos de In dreams y Candy Colored Clown de Roy Orbison (ambas procedentes del álbum In dreams de 1963) y que aparecen en Blue Velvet (1986), una obra maestra del director David Lynch, considerada por muchos como una de las grandes películas de los ochenta –compitiendo con fiereza por ser la mejor-.Lynch (nacido en Montana), quien venía de estremecer con Eraserhead (1977) y El hombre Elefante (1980), prosiguió incluyendo canciones muy bien elegidas para hacer de sus soundtracks algo más que memorable (además de que del score se ocupaba el gran Angelo Badalamenti). En Wild at heart (Salvaje de corazón) (1990) inmortalizó a Chris Isaak con Wicked Game y el sonido de esa enorme guitarra deslizante se instaló en el inconsciente colectivo con la misma beligerancia del amor apache entre Sailor y Lula (encarnados por Nicholas Cage y Laura Dern).

Y podríamos seguir clavados en David Lynch, quien años después terminaría editando su propia música y haciendo algunos remixes, e incluso ejerciendo una especie de padrinazgo entre creadores mucho más jóvenes, como los sudafricanos de Die Antwoord; Yolandi Visser, la vocalista de ese excéntrico dueto de hip hop mutante, durante una fiesta en la residencia del cineasta, con su look perversamente infantil, le dijo: – ¿puedo llamarte padre? -. El creador de Lost Highway (1997) sólo soltó una risa profunda.

 

Existe pues un vínculo indisoluble entre la obra de Lynch y la música –ello es más que evidente-. Pero valga toda esta digresión realizada para allanarle el camino al más reciente álbum de Still Corners, el proyecto formado por Tessa Murray (voz) y Greg Hughes (multi-instrumentista), y al que también se le relaciona con el cine, pues no son pocos los que proponían que su inicial sonido de synth-pop abrevaba de la misma estética de la banda sonora de Drive (2011), un filme que cuenta con muchísimos entusiastas muy jóvenes, que la consideraron de culto inmediato –ya veremos que dicen el tiempo y la distancia-.

El asunto es que al encarar un cuarto Lp tenían que ir más allá con el sonido del dream-pop que los ha caracterizado y en el que la electrónica llevaba la delantera; la pareja dejó Inglaterra para trasladarse a Austin, Texas, para registrar el siguiente paso. Y entonces fue que las cosas cambiaron y con Slow Air (Wrecking Light, 2018) nos entregan un disco con la guitarra en el primer plano y en el que las texturas y los espacios se reparten de tal manera que la atmósfera provoca esa tensión tan misteriosa y absolutamente lyncheana.

Hace poco el escritor Horacio Garduño, se refería a Catching the Big Fish, el libro publicado por el cineasta en 2007 y en el que afirma que su deriva creativa se sustenta en la búsqueda de la Gran Idea: “y de cómo cuando ésta se consigue nos volvemos absorbedores de todo lo que nos sirve para mejorarla… sabemos cuando la encontramos, y sale del interior profundo de cada quien, y en ese sentido tiene que ser lo más personal y honesta posible, y claro que interviene en su creación todo lo que hemos leído, como todo lo que hemos escuchado, visto y vivido, pero en ese sentido debe terminar siendo orgánica y original”.

¿Deben Still Corners mostrar sus nuevas canciones a David Lynch? ¿Encontrará algún puente entre ellas y sus películas? ¿Detonaran su sensibilidad como para incluirlas en un proyecto a futuro? ¿Todo quedará en una serie de coincidencias estéticas entre ambos?

Dejemos que corra el segundo tema de Slow Air, The message y la silueta de Chris Isaak se proyectará a contraluz en la pared más cercana. Bases rítmicas más simples, bajos sencillos y densos (ambos, virajes de sus inicios); ¿esa parte “original y orgánica” de la que hablaba Lynch? ¿Música para abandonar la ciudad e internarse en una carretera boscosa rumbo a nuestro Twin Peaks personal? Si le damos play al video de Black Lagoon estaremos de golpe en plena Ruta 66 y ese rock polvoriento azotará nuestros rostros.

Tessa tiene una voz atercioplada, seductora y la dosifica con sapiencia; y para cerrar ese engranje lyncheano hacen un tema llamado Sad Movies, que bien podría superponerse a las secuencias de Isabella Rossellini entonando Blue velvet, sólo que la Murray soltaría un delicado: “Sad movies make me cry / I don’t know why / They remind me of you. El anzuelo pasional ha sido lanzado y la chica lo afiló cuando le contó a la prensa que cada canción se refería a algún amante no identificado.

La electrónica no se ha ido del todo; está presente en la secuencia que abre Welcome to Slow Air, pero son los arpegios de guitarra los que la elevan –los coros angelicales y los sampleos de aves le dan mayor seducción-. Still Corners asumieron embriagarse en el rock norteamericano más polvoso, desértico y nocturnal, y lo han logrado. Consiguieron un justo quiebre para potenciar sus canciones y enfatizar esa esencia cinemática que poseen.

10 canciones para espacios abiertos y asfalto; una decena de composiciones con mucho gancho y savoir faire, esa sutil y venenosa manera de atrapar. Puede ser que nos quedemos prendados de una preciosidad como The photograph, tal vez sea que en esa fotografía sonora no encontremos los rostros de Tessa y Hugh; en su lugar estaría un descapotable y desde el lugar del piloto el inconfundible copete de David Lynch movido por la brisa nocturna y acelerando.

 

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