Confieso que no soy fanático del personaje creado por Ian Fleming, pero absténgase de arrojar esa primera piedra. Comprendo, a cabalidad, los motivos de idolatría de otros tantos. Algunos geeks poseemos debilidad por el space opera, el gore, la épica medieval; otros, más sofisticados, privilegian el traje, el martini seco mezclado (no agitado) y la Walter PPK.

   La saga inmortal del agente 007 tuvo, aun así, un giro afortunado: la inclusión de un director del talante de Sam Mendes. Desde Skyfall (2012), Mendes ha dado vida a un agente más humano, a un James Bond que abandona esa postura de superhombre nietzcheano (vínculo analizado por Umberto Eco en su obra, El superhombre de masas), para regresar a ese estilo sobrio y mesurado de los primeros filmes de la saga. Giro afortunado, pues, que logró reivindicar el declive ocasionado por Pierce Brosnan y olvidarse de la fórmula del action hero para retornar al clásico spy thriller. Al César lo que es del César; y a Stallone, lo que es de Stallone.

   Imposible omitir una mención sobre la secuencia inicial de Spectre y aludir a ese vitoreo nacionalista que aparece, de vez en vez, cuando Hollywood filma en una locación mexicana (sucedió con Titanic, con la versión luhurmiana de Romeo y Julieta, cuando Robert Rodríguez estuvo en San Miguel de Allende y Brad Pitt en San Luis Potosí); pero lejos de exaltar la aparición del centro histórico de la Ciudad de México en la película, los primeros minutos de Spectre presentan un escenario sublime, con calaveras y catrinas bailando por las calles del Zócalo en el Día de Muertos. Desgracia nuestra, las cosas no acontecen de esa manera normalmente; la fiesta chilanga en torno a los difuntos se ve mejor producida por Hollywood.

   Mendes, ya he dicho, nos entrega una cinta atinada, con parquedad narrativa y escenas de acción bien pensadas. Esto no exime, empero, que la trama resulte completamente repetitiva: como en la mayoría de las películas, hay pocos giros y escasas revelaciones. Spectre es una fórmula demasiado “James Bond” para mi gusto, y aunque pueda argüirse que esa debe ser la intención de cualquier nueva aventura del agente 007, lo cierto es que esta norma hace que cualquier filme sea predecible, demasiado predecible y, por tanto, algo aburrido. Se sabe, claro, que Bond conseguirá a todas las chicas, que su elegancia británica robará suspiros de las que, incluso, aparenten ser frígidas; es evidente, también, que el agente salvará al mundo de una nueva amenaza global, pero todavía no entiendo por qué los villanos deben ser siempre tan villanos. Tal vez esto último se compensa con Cristoph Waltz, quien interpreta a Franz Oberhauser, antagonista sardónico y mordaz. Aun así, parece que, últimamente, el actor austriaco continúa encasillado en el papel que le valió un Oscar como mejor actor de reparto: el coronel Hans Landa de Bastardos sin gloria (Quentin Tarantino, 2009).

   El resto del reparto también resulta infalible: una Mónica Belluci que hoy dista mucho de la mujer que vimos en Malena (Giuseppe Tornatore, 2000), pero cuya belleza despunta por encima del tropel de actrices desfiguradas por el exceso de intervenciones quirúrgicas. Ralph Fiennes siempre es ganancia para cualquier película, aunque pienso que él hubiera sido un mejor 007 que Daniel Craig.

   Spectre es, en resumen, una buena cinta para fanáticos. También para quienes no lo somos tanto. Habrá quienes añoren volver a ver esos gadgets cienciaficcionales que Q creaba en películas anteriores, así como aquellas escenas que rebaten cualquier principio de la física elemental. Yo, en lo personal, considero que la circunspección de Sam Mendes le ha dado un nuevo giro a las películas de 007, mismo que, en lo referente a la monotonía de sus tramas, resulta bastante necesario. De ahí que le otorgue 8 notas en negro.

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