De Momo (Michael Ende) recuerdo a los hombres grises, fumando las hojas de las flores del tiempo de los que pretendían “ahorrar tiempo”. Es una excelente metáfora para hacernos ver que somos en lo que usamos nuestro tiempo; somos nuestro tiempo y sólo eso.

Ahora bien, todos al presentarnos ante alguien más nos definimos, ya sea por nuestra profesión o mejor aún por nuestra pasión, para que la otra persona tenga una idea absoluta de quién somos para nosotros. Esto puede sonar enredado, pero no lo es.

Si me preguntan, “soy metalero”. Tengo 22 años siéndolo, en mi caso todo empezó en los 90’s, con el “grunge” (el grunge es el primo fresa del metal) y MTV con programas como “Headbangers”, revistas como Metal Hammer con sus reseñas de conciertos y recomendaciones de discos. La principal atracción por esto fue y es “la música”, no las letras, LA MÚSICA: los solos de guitarra (Cementery Gates de Pantera), las baterías rápidas con doble bombo(Raining Blood de Slayer), los riffs hipnóticos (Hooligans Holiday de Mötley Crue), alguno que otro grito gutural (Cannibal Corpse), la velocidad (Biotech is Godzilla de Sepultura), una que otra letra (es difícil no sentirse identificado con un grito como “By myself but not alone”, Wherever I may roam de Metallica) y toda una estética particular dividida en géneros y subgéneros del metal.

Dicen que este gusto musical es de adolescentes enojados (teoría que comparto), etapa por la que todos pasamos y muchos elegimos quedarnos, ya sea para profundizar en el asunto, o por comodidad y por no evolucionar. A todo esto hay que sumarle que no es algo tan fácil de conseguir, justo eso es lo que llenaba mi ego (esta sensación sigue vigente): conocer una banda, un dato anecdótico, la fecha de un concierto antes que los demás.

En esos años toda la búsqueda era artesanal: comprar o intercambiar cintas, platicar con la gente que comparte tus gustos, escuchar, aventurarte a exponer tus teorías de qué guitarrista o baterista es mejor por el criterio que quieras, poner atención en detalles como la marca del equipo que usan, buscar las influencias que tuvieron, intentar sacar las letras de las canciones favoritas, observar el arte del disco, buscar las variaciones en las versiones en vivo, escuchar en la radio los programas especiales, ir a conciertos, al mercado del Chopo, a toquines, apoyar a tu banda o escena local, usar playeras con el logo de tu banda favorita, forrar tus libretas con recortes de estas mismas bandas… en resumen, invertirle tiempo.

Ahora, el flujo de la información es enorme, esto hace que todo lo que era “underground” esté a unos cuantos clicks de distancia (estos clicks son la medida de tiempo comparable a las horas que uno invertía en leer toda la revista Metal Hammer para saber que Dimebag Darrell era un fan perdido de Kiss). Todo es inmediato. Ahora el problema es ser selectivo; esa selección se mantiene como algo artesanal.

 

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