Todo es silencio, salvo el suspiro de las bóvedas.

William Blake

Los “lívidos fantasmas que por allí se deslizan”, recorren toda la historia, o vida, de un hombre o una mujer. El padre muerto o el abuelo y su pierna que aún se arrastra por el largo pasillo de la casa materna. Los muertos y sus ecos, sus mínimas/máximas estridencias que resuenan en nuestros cuerpos capilarmente (oh sí, carne de gallina in extremis). Desde las manifestaciones de exigencia de justicia, como en Hamlet de Shakespeare o el poema Fair Elenor de William Blake, el muerto, el fantasma, vuelve repetidamente, de manera casi sistemática, en busca de justicia. Otras veces sólo vuelve porque lo que ha dejado en vida lo atraviesa más allá de toda existencia, sea esta corporal o espiritual. Dígase amor, dígase lealtad, dígase no poder morirse o no dejar que el olvido sepulte lo que se ha dibujado en vida.

La música de la muerte. El espacio áurico interdimensional. Pero también los sonidos de lo que somos ahora, de quiénes somos y cómo y desde dónde escribimos, creamos. Los ancestros, el padre muerto sepultado en la fosa común y la cal que clama su nombre y un epitafio en una tumba, o el fantasma que vaga sin fin en el mismo cuarto de su muerte. Las esquirlas sónicas de una elipsis. La repetición constante, como una suerte de destino de Prometeo espectral y encadenado a un loop incesante hasta destilar lo destilable que hay en la promesa de amor o el juramento de venganza.

Desde las sesiones espiritistas de Amado Nervo (con su extrema fe en Madame Blavatsky) y sus poemas a la mujer amada y perdida o los pasajes de Dylan Thomas en And Death Shall Have No Dominion (Y la muerte no tendrá dominio./ Muerto es desnudo, todos serán uno/ Con el hombre en el viento y la luna occidental;/ Cuando sus huesos estén limpios/ Y limpios sus huesos se hayan ido,/ Tendrán estrellas en los codos y pies;/ Aunque vayan locos serán cuerdos,/ Aunque se hundan en el mar se elevarán,/ Aunque se pierdan los amantes el amor no,/ Y la muerte no tendrá dominio.”), los poemas de Funghis of Yuggoth de Lovecraft  (“Y oía débiles aullidos que parecían venir del piso superior,/ Cuando la hiedra que cubría los cristales dejó pasar/ Un rayo de sol poniente que cogió por sorpresa al aullador./ Llegué a verlo… y hui frenéticamente de aquel lugar/ Y de aquella criatura con cuatro patas y rostro humano./”, o en otro momento, “¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren. ¡Esos ojos muertos engastados en abismos de cristal!”) o el relato de Poe, Shadow: A Parable (“Y, después de temblar un instante entre las colgaduras del aposento, quedó por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver como la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: —¡Yo soy sombra, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíselo, que bordean el impuro canal de Caronte!

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y variando en sus cadencias de una sílaba a la otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos”).

Todo, porque todo, todo se llena de sonidos; suspiros, hondos, atragantados. Pedacería de ruidos donde los objetos son sólo el medio, pero no el fin. La sonoridad, sus manifestaciones, su insistente cuerpo sónico que anticipa la presencia, es la primera muestra de existencia, el eco de la muerte en el sonido del fantasma, en sus peculiaridades (de golpe seco, de afilada caída de un objeto, de grito pánico, de gimoteo o rascadura sobre la madera del piso). El fantasma está también en el eco del lenguaje. En la inmaterialidad del no cuerpo físico sino en las alteridades de ese cuerpo, en sus manifestaciones ectoplásmicas. En la invisible eternidad de un espacio y tiempo suspendidos, en un presente imperceptible y perceptible a la vez que difumina eones y es más allá de la muerte, en el dominio de la vida materializada en la inmaterialización de éter puro.

 

Para escuchar éter puro: Insomnio Magenta Negro Sangre by Abraham Chavelas.

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