Cambiar la cámara de fotos por la libreta tiene sus ventajas. No sólo por temas de seguridad; desde hace tiempo, me parece más práctico escribir en mi cuaderno lo que voy viendo. Con tanto desplazamiento, uno puede volver luego a lo apuntado, hacer memoria y reproducirlo tranquilamente desde cero. Aunque, eso sí, ciertas imágenes serían dignas de haber sido fotografiadas.

Hay una realidad de la que no he hablado aún, pero que cada vez me preocupa más: los niños que trabajan en la calle. No sé si seré yo, pero cada vez veo a más. En los pasos peatonales, por ejemplo, es muy habitual escuchar un chiflido anónimo cuando el semáforo se pone en rojo. Acto seguido, aparecen de la nada dos o tres chamacos (algunos muy pequeños) y, ya sea con mazas, clavas, cariocas o bolas de malabares caseras, se dedican a entretener a los conductores detenidos. Otros, optan por el baile improvisado o las fonomímicas del momento. Y luego, obviamente, pasan la gorra en espera de la limosna. Algunos (muy pocos), abren su ventanilla y sueltan los pesos de la vergüenza. Los que más éxito tienen, claro está, son los niños tragafuego. Las escenas son muy espectaculares: personitas desaliñadas escupiendo llamaradas inflamables por la boca. Algunos, a hombros de otros más grandes. La escena no sólo me parece dantesca, sino preocupante. Pero la imagen del otro día fue la que me dejó sin palabras.

Un tipo leía su periódico en la esquina de la calle. En el titular del Reforma se veía una imagen de Trump abrazado a la bandera de las barras y las estrellas y un titular gigante: ¡A temblar! El hombrecillo estaba sentado mientras le boleaban los zapatos. El bolero o limpiabotas (al parecer, ellos se autodenominan aseadores de calzado) lustraba con un trapo, en silencio, la punta de un botín. Su cajón estaba abierto y ya tenía preparadas las latas de betún y los cepillos de rigor. Y, como si supiese que alguien le estaba observando, se dio la vuelta: no creo que tuviese más de doce años.

Nos quedamos mirando un buen rato. Después, volvió a su trabajo mientras el señor del periódico pasaba de página y farfullaba algo sobre la noticia bomba de estos días. Entonces recordé que el primer día que llegué a México lo que más me sorprendió es que el botones del hotel donde me alojé las primeras semanas podría haber sido, literalmente, mi hijo. Qué sabía yo. Recuerdo cuando estuve en Veracruz, en Oaxaca o, más aún, en San Cristóbal de las Casas. Allí, no sólo vi a cientos de niños y niñas vendiendo dulces, flores y recuerdos chiapanecos, sino a grupos enteros persiguiendo a los turistas y comensales de las terrazas céntricas para ofrecerles sus muñecos o, simplemente, pidiendo dinero con una tristeza y una educación totalmente nuevas para un europeo recién llegado. Y con la barrera lingüística añadida: la mayoría, al parecer, sólo habla tzotzil. De ahí que muchos ni siquiera estén escolarizados; no hay maestros que hablen su idioma. Qué polémica tan compleja, por otro lado.

Recuerdo haber visto carretilleros en otros estados; a otros vendiendo productos locales en los peajes de las carreteras, con los fajos de pesos doblados entre los dedos, como figuritas de papiroflexia; a otros cargando materiales de obra, elotes, huacales de frutas o atendiendo ellos solos en puestos de carretera o en las propias calles del centro. Sin ir más lejos, las niñas que me vendieron las gorditas en Puebla el otro día tenían edad para estar todavía en Primaria. Dando por hecho que fuesen a la escuela, claro. Incluso he llegado a ver a preadolescentes saliendo de mercados como el de Omitlán de Juárez (el bellísimo pueblo de la sierra hidalguense), en vez de con vasos de leche, con vasos de pulque. Así aguantan las mejor su jornada, dicen. Y al preguntar, la respuesta que suelo recibir es muy parecida.

Todos chambeamos de niños. Tampoco es para tanto.

Comprendo que los niños (escuincles o no) ayuden en las tareas domésticas o incluso en los negocios familiares, incluso que sean aprendices de algún oficio, pero sin dinero de por medio y como complemento a su prioridad: aprender a leer, a escribir, a pensar y a jugar y experimentar todo lo que puedan. El binomio niños-dinero crea un extraño oxímoron cuyo nuevo significado, la verdad, no acabo de comprender.

México es un país muy joven. Es más, la tercera parte de los mexicanos son niños. Y, según los datos oficiales, casi tres millones de criaturas trabajan… ¡desde los cinco años! Temas de los que nadie habla (o se habla poquísimo) pero que están ahí y son incomprensibles: desnutrición, pobreza extrema, maltratos, abandono escolar, matrimonios infantiles… Terrible.

Vuelvo a la imagen del limpiabotas. Secándose el sudor de la frente y con una expresión facial de hombre cansado, se ajusta la gorra, me mira y, pese a que no entiendo muy bien su mirada, me cuesta horrores concebir que haya explicación posible que justifique su situación. No la del oficio, cuya simbología es algo delicada, sino de que trabaje en la calle alguien tan pequeño. Y más aún, mientras observo a la vez al tipo del periódico que, a medida que avanza su lectura y el cigarrillo que le bailotea entre los dedos se consume, parece indignarse con una noticia tan difícil de asimilar. Tanto para él como, sobre todo, para los que somos migrantes. Qué complejo. ¿Qué futuro le espera en esta Norteamérica del otro lado del muro? ¿Y por qué el señor no dirige su indignación también hacia sí mismo? Más aún, ¿por qué en vez de lamentarse hacia el cielo, se preocupa por el niño que tiene arrodillado a sus pies, a veinte pesos la boleadita? O yo mismo, ¿de qué me estaba quejando minutos antes?

Sé que el tema es muy delicado, pero da rabia (muchísima) darse cuenta de que no sólo en este continente, sino en todo el planeta la única moneda de cambio, el único objetivo vital, parece ser el dichoso dinero. Y la prueba está en esa noticia que sobrevuela la cabeza del niño bolero que quizá, ni sepa leer. Y es algo que se extiende a los otros males endémicos de nuestra sociedad: el clasismo, el machismo, el racismo… A fin de cuentas, la anulación o persecución de, acaso, la cualidad que nos hace ser lo que somos y que deberíamos proteger y celebrar de forma permanente: la diversidad.

Se confirma la peor de las teorías: ¿es la economía lo único que mueve y da sentido al mundo? El trabajo infantil, por ejemplo, aquí se justifica por esa razón. ¿Tan difícil es repartir el dinero de una forma más equitativa, quitar a los niños de la ecuación o, ya puestos, intentar erradicar de una vez por todas la corrupción política? Pero lo peor no es eso, sino darse cuenta de que hay una conexión monstruosa entre ese ridículo multimillonario neoyorquino de pelo extraño y el pobre niño bolero de la esquina. Pese a ser situaciones diametralmente opuestas, escucho la misma explicación cuando intento comprender qué nos está pasando: todo parece justificarse por la ausencia o abundancia de dinero.

De verdad, ¿nos hemos vuelto locos?

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