Hoy por la mañana perdí una parte de mi cabeza entre el camino distante y mi falta de atención, vi claramente como se desprendía una parte de mí y saltaba desde mi oreja al precipicio que sembraba ante mis pasos.

No es difícil darse cuenta que uno va por el mundo dejando partes de su integridad por los caminos, dejado trozos de su mente y de su cuerpo en las acciones repetitivitas que se vuelven nuestro día a día en este laberinto de mundo que no muestra ni la señal ínfima de una salida. Pero ahí vamos, dejando pegados a nuestros pies a las huellas que dibujamos diario, derritiéndonos con el sol y con la lluvia y gastándonos con cada hora que nos vuelve una masa derretida a la que al final de sus años todo le cuelga. Somos como las velas, y nuestras arrugas son la cera de nuestros días que se nos han ido escurriendo junto con nuestros sueños, los realizado, los imposibles, los que cargamos durante tanto tiempo. Nuestros cuerpos se van encorvando por el peso de la realidad y sus golpes diarios, porque nos dejan tantas veces sin aliento que con los años en vez de mirar al frente miras al suelo, como deseando volverte parte de la tierra y terminar con todo.

Camino y en mi andar por la ciudad miro a los ancianos, algunos sentados y sonriendo, otros inmersos en el fulgor de las palabras que murmuran para sus propios pasos, con las arrugas de su cara deformando la belleza de su juventud vencida y aún así resplandeciendo.

Esos olvidados, que alguna vez gritaron, los forjadores del mundo, los que no esperaban que todo terminara en la inmundicia.

Y me da por pensar que en nuestros caminos dejamos chorreando las gotas de nuestras manías, que con cada resplandecer de un nuevo día nos gastamos en la adversidad y diversidad de nuestras acciones para derretirnos en las fauces del destino, que nos trasforma en historias medio contadas.

Y así caminando entre rencillas, coloco mis ojos en las marcas de cera que me encuentro de frente, tratando de encontrar bajos sus ojos, las historias que cuentan cada uno de sus pliegues.

Algunas sonríen y muestran ante mis pupilas el grabado eterno de sus alegrías, otras, las más sombrías, me muestran la humedad y la desesperanza que les ha agrietado hasta las sonrisas que ha dejado varadas en su ceño las marcas del dolor y el desconsuelo.

Somos como las velas, y el paso el tiempo es nuestro molde, no ha imagen y semejanza de un ente divino, sino al calor de los días que nos van extinguiendo las vivencias, que con cada instante que pasamos sobre el camino nos crea ha imagen y semejanza lo ambiguo.

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