“Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.”

Monterroso

Entre el año anterior y el presente, publicaciones como El País, The New York Times y El Universal han difundido artículos de opinión- ‒e incluso notas‒- sobre el llamado «ghosting” o la tendencia a terminar relaciones mediante el corte abrupto de la comunicación.

El que se “afantasma” da por terminada temporal o definitivamente, la conversación con una ajenidad que le disgusta o intimida; en tanto, quien es privado de la comunicación sostiene el cable roto al otro extremo e intenta comprender un mensaje cifrado en la ausencia. Casi siempre sucede al inicio de las relaciones, cuando los valores comunes son de naturaleza simbólica y ninguna de las partes tiene algo que perder en el plano concreto.

“Irracional y ocioso”: es todo lo que algunos podríamos decir al respecto, pero en otros casos, la experiencia se vive como una pérdida verdadera a la que sobreviene un proceso de duelo. De ahí la pertinencia de la investigación en el campo de la psicología. Hasta aquí todo en orden, pero el interés y la visibilidad mediática son otra historia.

La primera vez que encontré un reportaje ‒leyeron bien, reportaje, no crónica ni artículo de opinión‒ acerca del tema me pregunté a quién demonios le importaría que María dejara en “visto” a Juan y me puse a especular sobre las razones por las que un contenido así estaría ocupando espacio en la agenda mediática. Las justificaciones que pude aventurar no me convencieron: pensé en cortinas de humo, en escasez de contenidos editoriales, o en otra campaña publicitaria apelando al pathos colectivo.

El asunto seguía sobre la mesa y las notas continuaban publicándose incluso en temporadas en que el flujo de información se incrementaba o la agenda tenía asuntos más importantes de que ocuparse. Seguí leyendo por puro morbo, investigué y me di cuenta de que, si bien estaba ante un mal tratamiento de la información, el interés periodístico no apuntaba a una trivialidad. Recordé que nada que fuera objeto de divulgación podía ser arbitrario ni siquiera bajo el supuesto de que el exceso de información de la época nublara los criterios de los editores acerca de lo que es noticia o no.

Puesto en perspectiva, el fenómeno remite a un contexto de comunicación mayor y no es sencillo. Tomemos en cuenta que, al hecho aislado es posible asociar otras conductas originadas en la fobia o evitación del contacto emocional.

El primer error que cometen los periódicos, quizá sea el asumir una postura moralizante (con tendencia a culpar al que se “afantasma ”). Baste observar algunas de las cabezas de artículos en la web: «Ghosting, la cruel manera de acabar con las relaciones en la era digital” (BBC Mundo),” «Ghosting, la cruel manera de acabar con tu pareja¨ (La nación), etcétera.

El segundo equívoco es el intento de fijar un tema donde existe apenas un indicio; la parte que pudiera conducir al todo. Por eso, aunque no corresponda a los medios hacer la investigación que lleve a comprender en profundidad el asunto, un abordaje desde el contexto y no desde el hecho aislado justificaría la pertinencia de estos contenidos.

Sería bueno informar sobre los gestos del “afantasmarse” que se repiten en otros ámbitos de la interacción cotidiana y que nada tienen que ver con el chisme de lavandería virtual, los corazones rotos o el argumento de la post- telenovela. Haría falta, en principio, despejar el planteamiento de consideraciones morales para entender el fenómeno como lo que es: el resultado de un cambio en la dinámica de las relaciones interpersonales, que no sólo se vincula con la comunicación en redes sociales o el uso de dispositivos inteligentes, sino con nuevas percepciones del tiempo, la otredad y el contacto emocional.

A grandes rasgos, la psicología esboza algunas explicaciones que relacionan al ghosting con otros fenómenos donde la inexpresividad y los fallos de comunicación son el eje de interacción: los trastornos somáticos, los desórdenes alimenticios, la dependencia a sustancias y los suicidios son expresiones que, tal como el ghosting , transmiten mensajes a través de la evasión (del cuerpo, la realidad o en un sentido más amplio, de la existencia). La diferencia es que en estos ejemplos la reacción se dirige hacia el propio sujeto y desde ahí comunica. En el acto de “afantasmarse”, el proceso ocurre a la inversa y el mensaje se transmite en la evitación del otro.

En la conducta del que desaparece, se identifica una incapacidad para reconocer y expresar emociones que recibe el nombre clínico de alexitimia (Simons, 1960). Dicha condición tiene origen en relaciones interpersonales tempranas donde la expresión emocional quedó asociada a una vivencia traumática o fue señalada como un comportamiento inaceptable. En este caso, el esquema de interacción se extiende a todos los ámbitos y la reacción evasiva ocurre en cualquier circunstancia de tensión. Lo que los medios no nos dicen, es que en ocasiones quien “abandona” también lo lleva mal y que, de hecho, posiblemente ha pasado toda su vida resintiendo los efectos de una comunicación deficiente.

La personalidad alexitímica se forma en familias donde la expresión emocional no es adecuada y puede traducirse en actos y ambientes violentos a los que la persona rehúye en la adultez “saltando del barco” y eludiendo el compromiso. De igual forma, esta suerte de anorexia emocional es frecuente en ambientes donde las emociones se reprimen en pos de evitar los conflictos, (Onnis y Di Genaro, 1987), situación que paradójicamente es conflictiva, pues representa un caldo de cultivo para experiencias dolorosas.

Otra interpretación discurre en función del tiempo tal como se vive en la actualidad, de suerte que,- en plena era de la inmediatez, -detenerse a explicar la decisión de interrumpir el contacto, resulta un desperdicio de tiempo, considerando que, como se dijo antes, en esta etapa de la relación no hay valores compartidos que puedan representar pérdidas tangibles.

Como aporte a este breve listado, diría que una tercera causa puede estar en la percepción ficcionalizada del otro, debido a que el contacto en redes sociales no ha terminado de asimilarse como forma de interacción real, en tanto sucede en una atmósfera virtual.

Estas relaciones, tangibles sólo parcialmente, suponen la alternancia entre un trato personal y otro virtual; entre un tiempo acotado por la linealidad y otro distendido y circular. Por otro lado, las redes sociales favorecen la construcción de uno mismo como personaje de un universo que se sabe imaginario, a pesar de sus puntos de contacto con la realidad.

Si me ha parecido importante traer lo dicho a colación, es porque considero que aquello comúnmente interpretado en los medios como la epidemia de la falta de empatía, no implica necesariamente crueldad y desinterés, al no existir en la parte que “desaparece” los registros emotivos que permitan la identificación con el otro.

A mi modo de ver, el ghosting no marca una crisis que vaya a cambiar definitivamente la dinámica de las relaciones de pareja, pero puede tomarse como indicio de una dialéctica aplicable a todo tipo de contactos, donde el silencio ha cobrado mayor importancia y, debido a la multiplicidad de interpretaciones que de él se derivan, la crisis verdadera estará en la definición y fijación de sus nuevos significados.

No se trata de que los periódicos entreguen manuales de supervivencia para los que sufren al ser ignorados, o de que las revistas femeninas publiquen exhaustivas guías para identificar el perfil del “hombre invisible”. El contenido informativo que debe rescatarse es que participamos de una tendencia de las comunicaciones donde la omisión- ‒el no decir, no hacer y no estar‒- cobran sentidos equivalentes a los de cualquier gesto activo.

La consigna de los lectores será, en todo caso, entender los procesos a través de los cuales este cambio se manifiesta en sus vidas y aceptar la transformación como una realidad sin renunciar a la búsqueda de una comunicación asertiva y directa porque, aún en medio de la bruma que provoca la virtualidad; las cosas que deben ser dichas, afirmarse en actos y en presencia, son, como diría Monterroso, un dinosaurio que al despertar todavía estará ahí.

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