[sílabas en una habitación]*

 

/alguien deletreó lo que había visto: reconoció piedras, la lanza con la que cazaba, sus propias manos. Ciencia pura.

 

Lenguaje: tecnología para reconocer el rostro.

 

Eras geológicas debajo de la cama

 

las estrellas cantan historias al oído; un día amaneció convertido en oso

cada noche transformándose, un día rana, otro felino, un día más sobrevoló la tierra entera.

 

Olas de mar, costas; a la arena besarle los pies, a los hombres del mundo lamerles las falanges.

 

¿Cuál es el final? Ya se sabe el final de todo.

 

Noche, cuerpos van, vienen; nadie sabe de nombres, sienten con las manos, esquivan el duelo,

en las sombras, arrojarse: luz en caverna.

Pulsación de cuerpos: nuevas constelaciones en tierra.

Duda sobre el campo: la mano de ella.

 

Siente la daga. Por vez primera, entre todos los cuerpos, se siente solo.

 

Único. Sobreviviente.

 

Es él la noche entera. Corporeidad de cualquier cuerpo.

 

Y ninguno.

 

Coleccionaba escorpiones, estampas de beisból. Susurra una canción que su madre le enseñó a los cinco años, cada mañana.

 

A los catorce, un libro: para no perder la cabeza hay que inventar(se) historias.

 

Todas las noches. Todos los días.

 

No quería escuchar las cosas del mundo:

 

Guerras. Muertos. Mentiras.

 

Ruido ensordecedor de los camiones que pasan por la calle.

 

Ráfagas.

 

Pero un día, por ella (líneas de sus manos) decidió escuchar:

 

Háblame.

 

Debajo de ese silabeo se escuchan olas estrellándose en los acantilados, volcanes en erupción, voces de los abuelos en yidish, mazahua o catalán, los pliegues de los bebés cuando doblan por vez primera los brazos, los personajes de los libros que ha visto en su mente, las manos de su madre acurrucándolo, las sombras de sus sueños, los conejos de Pascua, el hada de los dientes, las calles que levantan estelas de niebla, las estrellas y asteroides que lo han acompañado:

una mañana, el sonido del mundo entró en él.

 

 

Estaba en su nombre, la solución era su nombre:

antes que el meteorito se estrellara

decidió hacer una fortaleza para esconderse

decidió quedarse debajo de su almohada

o moriría.

 

Se hizo un punto negro debajo de ella.

 

Así, cuentan, salvó la vida.

 

Entreabre la boca, de un lado a otro saltan tantas palabras que no llevan a ningún lugar (aparente) porque todos los caminos –del lenguaje– llevan a Roma.

 

Las palabras se quedan. No se las lleva el viento.

 

Lenguaje: tecnología pura para reconocer el rostro.

 

Cantata.

 

Océano, sus abismos:

Cuerpos escriben con el movimiento nuevas formas de escritura.

 

 

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* Fragmento de Nudo Vortex de Rocío Cerón de próxima publicación (lanzamiento: Junio 2015) dentro de la colección Instante Fecundo de Ediciones Literal.

 

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