Por varios años mi trabajo era éste: poner en orden ideas para transmitirlas a alguien más, ya fuera por escrito o verbalmente, cuando daba clases. Eso, por supuesto, implicaba un trabajo más bien sedentario: leer y hacer anotaciones, entablar discusiones conmigo mismo alrededor de la casa o de las cuadras que caminaba.

Pero desde hace tres años que soy padre y decidí estar el mayor tiempo posible con mi hija. ¡Y hágale usted entender a una huerquilla de esta edad que su papá está trabajando cuando está sentado en silencio viendo un libro! Por descontado, es básicamente imposible en la primera etapa de la infancia. Uno explica, vuelve a explicar, explica de nuevo, explica una vez más y eventualmente logra –como justo en este momento—que la chamaca aprenda a que hay tiempos para jugar juntos y tiempos en que tiene que jugar sola. Es decir, que hay tiempos para descubrir el mundo juntos y tiempos para descubrir el mundo por su cuenta.

Ése es el punto importante: descubrir el mundo.

Y como dice el neuroantropólogo John S. Allen la casa –el hogar- no sólo es el primer lugar para descubrir el mundo sino que también es el sitio donde aprendemos a sentirnos seguros, a descansar, a reponernos de las vicisitudes que presenta el mundo “de afuera”, a reponernos anímicamente y también fisiológicamente: donde comemos, dormimos, podemos poner el cerebro en descanso, donde nos relajamos. Afuera hay que estar alerta, dice Allen, adentro no.

Sin embargo –y esto lo sabe o debe de saber cualquiera que tenga hijos, venda seguros o sea médico—la casa no es un “lugar 100% seguro”. Están los químicos que utilizamos para la limpieza, los cuchillos de la cocina, los filos y esquinas de los muebles, esas estructuras peligrosísimas llamadas escaleras, los azulejos mojados de la regadera y una miríada de cosas más que son perfectamente letales.

Entonces, ¿cómo es que se aprendemos a “sentirnos en casa”?, ¿cómo se desarrolla este sentimiento de paz y seguridad?

Mentiría si digo que tengo mucha idea (Allen escribió todo un libro al respecto: “Home: How Habitat Made Us Human”). Pero algo que he aprendido en mi corta experiencia es que justo eso que hemos odiado algunos de nosotros durante muchos años de nuestra vida es esencial para desarrollar dicho sentimiento: hacer los quehaceres domésticos.

Cuando uno lava, plancha, trapea, cocina, tiende, sacude, etcétera, está en contacto casi permanente con todos esos peligros letales de la casa. Y si uno lo hace en compañía de su huerquillo o huerquilla, entonces se ve en la necesidad de ir explicando cada cosa y cada paso: “mira, m’ija, este es el cloro, sirve para esto y para lo otro”, “este es el ácido muriático y si lo tocamos con las manos nos carga el payaso”, “estos adornos son de cerámica, si se caen…”, “éste es un espejo, si se rompe…”, “esta es la plancha y cuando está caliente…”, “cuando cocinamos hay que estar lejos de la estufa, mira cómo brinca el aceite”, etcétera.

Cuando comencé a hacerlo –a realizar los quehaceres junto con mi hija-, no lo hice por una cuestión didáctica ni mucho menos. Simplemente era imposible, como cualquier niña entre uno y tres años, que ella se quedara tranquilita jugando con sus carritos o sus caballitos mientras yo lavaba los platos o tendía la ropa. Así que decidí traerla de un lado para otro.

Por supuesto, me tardo de dos a cinco veces más en hacer cada cosa. Y también, por supuesto, hay muchísimas cosas que aún no me atrevo a hacer con ella porque me parecen peligrosísimas (como lavar los baños o rasurarme). Pero supongo que es así como uno comienza a desarrollar este sentimiento de seguridad y paz que mostramos (casi) todos los seres humanos en esos lugares que llamamos “hogar”, pues es el sitio que conocemos mejor que cualquier otro, ahí donde hemos ido aprendiendo, de la mano de alguien, a desentrañar cada uno de sus peligros y recovecos.

Y punto final, porque mi hija dice que ya es hora de lavar las ollas para hacer el arroz.

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