Me regalas un reloj por mi trigésimo quinto cumpleaños. A mí, que no sé dejar caer el tiempo de los bolsillos. Ahora, en el momento exacto de mi existencia en el que me siento incapaz de adivinar si lo cuento hacia delante o lo empiezo a medir hacia atrás.

El reloj es elegante pero desenfadado, en beis, marrón y negro, con una moderna correa flexible y el cuerpo hecho de alguna aleación vanguardista, de un material extraterrestre que resiste treinta metros bajo el agua. Lo lleva tatuado en la espalda. Nunca he estado bajo treinta metros de agua, me digo, y no estoy preparado para ello, así que bendigo mi reloj nuevo, rey de los submarinistas, capitán de los buceadores en apnea. Y me entran inmediatas ganas de escribir sobre él, como sobre todo lo bello, pero pienso inevitablemente en Cortázar al momento siguiente. Me gustaría escribir sobre este reloj que me regalas, me digo, sobre su esfera negra, sobre la pulcritud de su cristal, sobre la mecánica prodigiosa que ejerce de metrónomo cuando, desabrochado de mí, hacemos el amor sobre la mesa en la que reposa. Pero ya lo hizo Cortázar, todos los que aspiramos a ser escritores lo sabemos, y es imposible soslayar el hecho de que, aunque lo intente, seguramente lo haré bastante peor.

Yo, que llevaba veinticinco años exactos sin un reloj, lo miro extrañado ahora. Un cuarto de siglo. El anterior desapareció la vez que robaron en nuestra casa, o eso dice la historia familiar; quizá debería escribir sobre aquello. Del anterior no me acuerdo, pero sé que lo llevaba en mi primera comunión y que me lo ponía los domingos, cuando pasaba media hora lustrando mis zapatos para luego mancharlos en el barro, cuando mi madre me sacaba a la calle peinadito el flequillo con agua, que era la gomina de los pobres. Yo no sabía que nosotros lo éramos, como no supe los detalles del robo del reloj hasta tiempo después, cuando yo era un yo distinto al que soy en este instante. Fíjate cuántos recuerdos por un reloj que nunca más estuvo en mi muñeca. Entonces yo era un revolucionario niño listo que lo portaba en la derecha, hoy soy un hombre hecho y derecho que lo lleva en la izquierda y que, de tener hijos, no los arrastraría a hacer su primera comunión.

Mi reloj nuevo tiene una estrella en la corona que es clavada a la estrella de cinco puntas que llevaba el Che en la boina. Un detalle pequeño, discreto y paradójico. Me observa mientras comienzo este texto. Me llama a la insurrección. A la mierda Cortázar. Al fin y al cabo, he llegado casi al pie de la página y una vez que ponga el siguiente punto y aparte no quedará Dios en la Tierra que pueda impedir su existencia.

Gracias. Por el regalo y por el valor.

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