Galeno de Pérgamo decía que después del sexo todo animal está triste. El problema es no quedarse dentro de esa tristeza. El ser humano, en demasiadas ocasiones, más de las que el género deseara, está triste. Quizá por ello, vivimos habidos de excesos, instantes para fugarnos de la realidad, para olvidarnos quiénes somos y porqué estamos donde estamos. Es innato.

Incluso los primeros miembros de nuestra especie interactuaban con plantas, sustancias que expandían su percepción del mundo. Esto podría entenderse ya que mientras más empeora la realidad más necesitamos la fantasía. La imagen es equivalente a la que existe cuando idealizamos la percepción de la representación de un cuadro famoso, y que la ilusión creada alrededor de él es superlativa; sin embargo, al estar frente a esa representación gráfica sentimos un momento de placer, y al volver a experimentarlo, la sensación nunca es la misma. Nosotros debemos regresar a la seguridad de que la belleza es efímera, que la noche nunca es eterna y que el aliento de la juventud expira.

Pensar, aun en la decadencia, que si una noche o todas las noches, decides enamorarte, esa ilusión podría culminar con tu vida. Porque siempre, desde el principio de los tiempos, si la belleza te atrae, el fin nunca será el principio, porque debes entender que si te gustan las batallas tendrás que soportar los golpes.

José Ovejero escribía, palabras más, palabras menos, que “quizá influya también que todos somos renegados en nuestro interior: nos tenemos por más revolucionarios, heterodoxos e iconoclastas de lo que los demás puedan percibir; cualquier oficinista se siente en secreto un aventurero, puede que doble la espalda diez veces al día delante del jefe, pero muy por adentro es un asesino”.

Si desenmarañásemos la idea principal del mito, diríamos que a Narciso lo mató una paradoja, no podía entregarse, porque para eso se necesita al otro. Y en su tristeza de no poder conseguirlo, acabó consigo. Otra paradoja lo carcomía por dentro, la de estar enamorado, pero su imagen, que si bien es cierto era un reflejo, también le significaba una invención inalcanzable.

Deseamos lo que no podemos tener y a poco, entre deseos y certezas, nos vamos quedando meditabundos, y en ocasiones, por qué no decirlo: tristes. Pero qué sabemos en realidad de nosotros mismos: nada. Cada instante, nuestro reflejo camaleónico se convierte en una invención que no podríamos tocar.

¿Qué es lo que lleva a una acción a desencadenar una reacción? No lo sé. Como tampoco sé por qué Schopenhauer creía que todo querer surge de la necesidad, de la carencia y el sufrimiento”, y una vez que se obtiene lo que se quiere, su duración ya es muy poca cosa. Como esto.

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