Por Carlos A. Ramírez

Son cerca de las 5 de la mañana. Estoy solo y ebrio, con una cerveza en la mano, en una fiesta en ruinas en un edificio en ruinas de una ciudad en ruinas de un país en ruinas.

Una chica de músculos sólidos, tatuada y con piercings en labios, lengua y nariz, se acerca a mí y me pide un trago. Pongo la lata en su mano y me voy a la barra a comprar otra. No sé porqué insisto en quedarme en este pinche lugar. Mis amigos se largaron, mi chica debe estar pidiendo un trago en francés –ese idioma de perros- en un bar a miles de kilometros, y yo sigo aquí bebiendo esta puta cerveza tibia. Pero entonces suena Jesus built my Hotrod de Ministry y un slam demoniaco se desata en la pista. La tatuada me toma de la mano y me introduce con ella en la vorágine de ese caos disfrazado de baile.

Por un instante pienso en protegerla pero pronto me doy cuenta de que esa fiera lo que necesita es una cadena. En definitiva no me gustaría medirme a los puños con ella. Después de unos 4 minutos de dar y repartir madrazos, que en esos círculos del infierno podrían parecer una eternidad, escapo cobardemente por un costado mientras observo cómo la morra derriba de una certera embestida a un punk malencarado de gigantesca cresta rojo fuego.

Necesito otro trago y voy de nuevo a la barra. Mientras lo espero me miro en el espejo. Un hilo de sangre de regular tamaño me escurre de la nariz y resbala por mis labios. Ni me había dado cuenta. Cuando estoy por limpiarme, el rostro jadeante de la tatuada aparece en el espejo y me sonríe. “no, no” dice y me pasa la lengua por la cara como un perro. “¿Me compras una chela?” pregunta, sus ojos grises brillando como esmeraldas en la oscuridad de ese agujero.

Seguro, le digo, mientras siento cómo las llamas del averno comienzan a chamuscarme las pestañas…

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