Los Mariachis Callaron (Reservoir Books, 2018)

Para disfrutar a plenitud de Los mariachis callaron, la primera novela de Fernando Rivera Calderón, tuve que mirar hacia atrás. Muy atrás.

Corría el año 2002, cuando Rivera Calderón, junto con Armando Vega Gil y Martín Durán debutaron con un disco de algo que llamaron El Palomazo Informativo, una banda de sátira política (y cultural), bullying roquero y un irónico repertorio.

Luego de escuchar Hacienda, te odio (2002) de pe a pa, me animé a escribirle un correo electrónico a Fernando (en ese tiempo, aún lo ponía en el booklet), donde le expuse lo morrocotudo y divertidísimo del proyecto. Se cabuleaban lo mismo del PRI, que del PAN, del Jefe Diego, del Peje, de Elba Esther Gordillo, del Big Brother o de los narcos. Recuerdo con mucha fidelidad que el art disc era como un periodiquito, con portada e interiores. Hernández y Helguera aportaban caricaturas. Hasta parodiaron el formato de la Rayuela de La Jornada, con algo que llamaron: Rolluelo.

Escribí como quien lanza al mar un mensaje en una botella. No esperaba respuesta. Solo era una opinión que quise compartirle. Hay que aclarar que aún vivíamos en las cavernas de la era digital: uno checaba su mail una o dos veces por semana. El periodismo en papel era preponderante. No había redes sociales y los teléfonos celulares empezaban a ser indispensables, aunque yo no tenía.

No pasaron muchos días para que Fernando respondiera, lo cual me pareció un gran detalle de su parte. Así que empezamos a intercambiar mensajes por e-mail y poco después me invitó a colaborar a la sección que mantenía en Milenio Diario: QRR y El Ángel Exterminador.

Para mí, aquella invitación fue un momento de felicidad plena. Había leído a Fernando Rivera en La Mosca en la Pared, donde escribía de música y política. Seguí con fervor sus crónicas sobre la gira zapatista en Milenio Semanal (en un tiempo en que el EZLN representaba una verdadera opción ideológica para la juventud). Y claro, también leía sus locochonas secciones en Milenio (ahora, tristemente extintas).

Comencé a colaborar con un texto llamado La buena suerte de Calamaro, donde hablaba sobre El Salmón (2000), el “más reciente” disco del Andrelo (nótese cómo las novedades fluían a una velocidad distinta; se hablaba más tiempo de ellas). Unos meses después, en un viaje al entonces DF, pasé a las oficinas de Milenio, donde conocí en persona no solo a Fer, sino a los otros responsables de la sección: Jairo Calixto Albarrán y Juan Alberto Vázquez.

 

Recuerdo que en 2003, junto al colectivo Tarántula Dormida, lo llevamos a Chilpancingo, donde tocó ante un puñado de gente que acudió a la alameda Granados Maldonado, en pleno centro de la ciudad. Suertudos quienes lo vieron, porque además de que fue gratis, Rivera y compañía se entregaron ante un centenar de personas como si se tratara del Coachella. De ahí, lo llevé a cenar enchiladas de barbacoa y agua de horchata. No cobró un quinto, solo las casetas y la gasolina para su noventero Chrysler Spirit verde. De ese calibre su sencillez.

De Milenio, Rivera Calderón se fue a muchos otros proyectos, tanto periodísticos, como musicales. Siguió con El Palomazo Informativo hasta 2006, cuando editaron Fox you. Sin embargo, su faceta más conocida es Monocordio, un proyecto que comenzó siendo muy personal, muy íntimo y ahora tiene miles de seguidores. Toca en grandes recintos, como en el Foro Sol o el Auditorio Nacional.

En 2002 debutó con un ep homónimo que realmente es una joyita. Ahí Fernando Rivera Calderón juega con la poesía, con el rock, con loops, con los sonidos de la naturaleza, con viejos comerciales y con la premisa de que somos solo una partícula sideral, insignificante y sumamente emotiva. El cidí incluía una calcomanía de la portada.

La última vez que lo vi, fue en 2008, cuando me lo encontré a la salida del catastrófico festival Colmena, en Tepoztlán, entre miles de asistentes indignados, luego de que Sigur Rós suspendiera de improviso su participación. Entre los ríos de gente que buscaban como locos  salir de ahí, me pareció ver un rostro conocido, era Fer Rivera. Lo saludé y luego de unos segundos, me reconoció. Nos abrazamos y nos despedimos, casi al mismo tiempo.

En Los mariachis callaron, Fer elabora una distopía muy cercana, situada en el año 2026: México es gobernado por Cuitláhuac Blanco, un ex futbolista descuellado, ahijado político de un eterno suspirante a la silla del águila. Con el país sumido en una vorágine de desprestigio político, violencia y contaminación, el país se prepara para ser sede del mundial de futbol, organizado por un organismo mundial llamado FIFI. La CDMX es una inmensa orbe techada con humo tóxico, con canales viales debido a inundaciones permanentes y millones de personas tratando de sobrevivir. Existe también, una minúscula clase social llena de privilegios, que ni ven ni oyen el hambre ni la pobreza de los demás.

A este triste país llega Kalelia, una muchacha mexicana que ha vivido durante una década en Canadá. Vuelve a México para el funeral de su padre, un conocido periodista cercano a los círculos de poder. En el funeral ocurrirá una protesta inusual, un grupo radical orinará el féretro y exigirá justicia, ante unos atónitos dolientes, entre los que se encuentran una distinguible y venereable farándula televisiva, periodística y política.

Ante ese hecho, Kalelia se verá inmiscuida en una sucesión de acciones que la incitan a un re-conocimiento de la ciudad, de su ciudad. Kalelia descubrirá secretos familiares que la sumirán en una crisis de identidad y terminará en un mitin en el zócalo capitalino, donde serán despedidos los restos mortales del eterno suspirante presidencial: Andrés Miguel López Labrador. Ahí cogerá con un mariachi, presenciará una matanza y escapará por túneles prehispánicos ultra secretos debajo de la catedral.

Así má o meno la trama de esta novela.

Pero lo valioso está en el mensaje entre líneas: la parodia, la mordacidad y el ojo cabulesco para distorsionar la realidad. Por ejemplo, las escenas que transcurren en el sepelio del padre de Kalelia son de risa loca: aunque no hay nombres reales, los asistentes al funeral nos resultan muy familiares. Lo mismo ocurre con casi todos los personajes: desde el presidente de la república, el entrenador de la selección mexicana (el Ejotito Hernández), el secretario de Educación (Esteban Alce), hasta su bola de achichincles, entre los que se encuentran futbolistas y bufones televisivos.

Esta sátira tiene su punto fuerte en la brevedad. Fer consigue trazar personajes ficticios con apenas unos brochazos. Bastan unos diálogos del presidente Blanco para dar por sentada su personalidad, su poco oficio político y su limitado bagaje cultural. Basta un nombre parodiado para criticar toda una trayectoria (pienso en Chamoy y Mejillón, los líderes de opinión de ese futuro cercano). Basta una canción para cimbrar la idea del nacionalismo ramplón.

 

 

 

 

 

 

Las alusiones son muchas. Pero muchas muchas. Lo cual hace más jocosa la novela.

Que si es hilarante como una caricatura política, lo es.

Que si es alucinada como El rancho electrónico, de Rodrigo González, claro que lo es, y mucho.

Que si es futurista tipo película de El Santo, también lo es.

Que si es una crítica a la vida política, eso es innegable.

Que si hace leña de la vida culturosa chilanga, yo lo veo probable.

Que si puede llegar a incomodar a los aficionados “serios” de la ciencia ficción, no lo dudo.

Los mariachis callaron plantea un espejo en el que muchos mexicanos no quieren verse. Un espejo que oculta la pobreza y la injusticia. Un espejo en el que no cabe el disentimiento. Donde la rebeldía es vista como una clase social, no una forma de pensamiento. Donde lo que importa es estar en los círculos de poder.

Fer obliga al lector a mirarse, avergonzarse y repensar el papel como ciudadano de un país apolillado por una fauna política rapaz e ignorante. No juzga, ni da línea. Sabe muy bien la premisa de Jonh Cheever: “no se puede resolver en la literatura lo que no se ha resuelto en la vida real”. Por eso, la novela funciona como un oráculo en el que nos asomamos por unos momentos, admiramos un futuro probable y luego seguimos con nuestro camino.

Y aquí vuelvo al inicio: para el total disfrute, me es inevitable no recordar toda la discografía de El Palomazo Informativo, toda la sátira política trabajada durante años por Rivera Calderón y toda la jocosidad con la que adereza sus trabajos. Para los lectores jóvenes (o lectores de otro país), el sarcasmo puede pasar desapercibido y la sátira puede jugar contra la trama y volverla desalentadora. Aquí radica un probable talón de Aquiles, aunque no es responsabilidad del autor. Sino de la corta memoria colectiva, acelerada por una vida digital ávida de la inmediatez.

Rivera Calderón es uno de los músicos más auténticos de la escena mexicana y uno de los artistas más polifacéticos (su autodefinición como “juglar cósmico” no es fortuita). Ha hecho periodismo, aforismo, parodia y poesía. Ha sido conductor de radio y TV. Creo necesario iniciar un repaso de su brillante trayectoria como orfebre de la sátira. Los mariachis callaron, es un buen motivo para comenzar.

@balapodrida

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