Por Elías Pimentel

A veces cuando despierto y reúno las energías suficientes para salir a la calle y enfrentarme a las aventuras que la vida moderna me tiene preparadas, me toma algunos minutos sacudirme el pesimismo y la constante idea de que nada importa y que todo está destinado a irse directo a la chingada. La promesa de escuchar al menos 4 canciones antes de levantarme y desayunar unos espesos chilaquiles suele cumplir con el objetivo, pero con todo y eso siempre es una joda salir a la jungla con una sonrisa.

Tengo 31 años de edad, pero en mi corazón me siento de 64.

Me cuesta un chingo de trabajo identificarme no sólo con las generaciones jóvenes; también con la mía. Esto ha sido así desde la adolescencia, y aunque la ideología cambia o al menos va mutando, uno sabe perfectamente cuando las cosas no cuajan y lo que queda es intentar adaptarse. No siempre se puede, pero desde niño he encontrado en el arte (especialmente en la música) una especie de brújula que me ha ayudado a desarrollarme como una persona más o menos funcional en la sociedad. Tengo un trabajo, pago mis cuentas, rara vez alzo la voz y más bien prefiero, cuando los deberes cotidianos terminan, encerrarme en mi mundo nuevamente a jugar con las arañas de la cabeza. Vamos; que en ese sentido me siento más cercano a un hombre viejo que contempla al horizonte, que de un varón optimista promedio en su mejor época reproductiva con metas e ilusiones. Ahorita, por ejemplo, son las 10 de la noche y con cuatro vodkas encima ya me quiero dormir.

Todo lo anterior no tendría sentido (y seguramente no lo tiene), sino fuera un truco mañoso para llamar tu atención y presentarme propiamente:

Mi nombre es Elías Pimentel, y una de mis cosas favoritas en el mundo es hacer, escuchar y escribir de música. Lo primero y lo último ya casi no lo hago, pero diariamente me receto al menos 3 discos en la comodidad de la soledad, y aunque últimamente me ha dado por meterme a descubrir novedades, estoy seguro de que hay un chingo de gemas perdidas en el tiempo.

No es mucha la música que conozco, pero los amigos de Planisferio me abrieron las puertas para compartir con todos ustedes algunos de los discos viejos que más han llamado mi atención, pues creo que es importante entender que no todo la música nueva está por crearse.

En esta aventura no tendremos límites  de géneros o de popularidad; lo mismo encontrarán un disco cursi de los 90’s, que una oscura grabación alemana de 1973. The Smiths, Red House Painters, Suicide, Zurdok, Pescado Rabioso, Talk Talk, Brian Eno, Dirty Three y Kyuss convivirán felizmente con cualquier vejestorio que aparezca en mi pantalla o en mi memoria. La única constante es que cada grabación elegida para publicarse deberá tener, al menos, 10 años de existir.

Así pues, a partir de esta y cada semana estaré compartiendo algunas buenas (y otras muy malas) ondas, en este, su portal de confianza.

¿Me acompañan?

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