No es nada habitual ver resucitar a alguien. Esta semana ha sido el antiguo novio de Olivia Newton John el que ha vuelto del más allá, o al menos nos ha saludado sin ganas desde el limbo al que había llegado finalmente tras más de una década desaparecido, y después de haber sido declarado muerto de manera legal.

Suena bien, resucitar, sentirse Jesucristo por un momento, probar a caminar sobre las aguas y sobre todo a convertir las aguas bajo los pies en vino entre la garganta. Los supervivientes de accidentes aéreos, los náufragos y los suicidas a los que les tiembla el pulso, a los que se les cruza un cable, a los que se les pierde un tornillo percutor, ellos tienen una buena idea de la resurrección, quizá la misma que tiene de la fresa aquel niño que come un helado de fresa, y le gusta, al niño, a los casi muertos, y sienten que la sensación completa debe de ser la ostia, aunque luego nunca lleguen a experimentarla. Bueno, los niños sí, los niños prueban las fresas y al principio las odian, como todas las frutas, y quizá después lleguen a adorarlas si alguna de sus amantes las hunde en chocolate la noche que se conocen y se las introduce en la boca mientras guía su miembro hasta la cueva del placer.

El resucitado también. Lo odia. No suele alcanzar el momento en el que lo ama, o al menos si llega es un instante pasajero, un subidón de endorfinas similar a los picos de la droga, y luego una búsqueda infinita que jamás despierta las mismas conexiones neuronales. Porque estar muerto es una mierda. Los médicos de los muertos no tienen título, las enfermeras que los atienden sirven cócteles en turno de noche, no pueden alquilar un automóvil, coger un avión ni volver al barrio a ver a los muchachos jugar al fútbol entre dos esquinas.

Hay muertos que pueden renunciar a ello. Los hay que apenas miran por el retrovisor, que continúan acelerando. Pero esos tampoco pueden llamarse realmente muertos, porque no habían vivido antes. Si uno no echa de menos poder sentarse una vez más en el banco en el que dio el primer beso, si no le cuesta levantar la cabeza de la cama alguna mañana por el peso de la memoria, si no lleva alguna cicatriz colgada de la piel, entonces lo que hace en su segunda existencia es, simplemente, comenzar a vivir. O ni siquiera eso, porque nunca ha aprendido a hacerlo.

Todos los muertos tienen la misma piel, como decía Boris Vian. Y a los resucitados les falta la misma alma.

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