Cuando abrí mi restaurante de mariscos, le pedí a mi nieto de 10 años de edad que dibujara un pez en el fondo del mar para ponerlo en mi negocio. Algunas noches, cuando los clientes se quedaban a beber cerveza a puerta cerrada hasta la madrugada, me preguntaban quién era el niño autor de ese dibujo y, en un gesto de cortesía, mostraban interés por hacer encargos que nunca se concretaron. El dibujo estaba ahí, no era una obra de arte, no tenía cédula ni precio. Con el tiempo se llenó de cochambre y lo tiré a la basura.
Me gustan las ostionerías populares con sus murales y cuadros hechos por pintores sin formación académica, los cuales representan paisajes costeños o escenarios del fondo del mar con peces, sirenas y algas. Tonalidades de azul cobalto y aguamarina se cubren de una pátina aceitosa de cochambre, se mezclan con el olor característico a este tipo de cocina. La música, el sonido de las voces y los sabores del mar complementan estas involuntarias obras de arte total.
En comparación con restaurantes de otro tipo de cocina, creo que las personas que visitan uno de mariscos presentan un semblante más alegre, probablemente porque consciente o inconscientemente el entorno y la comida les remiten a la playa y a las vacaciones.
Desde el punto de vista de Boris Groys, toda obra de arte es una mercancía; sin embargo, “se hace y se exhibe arte para aquellos que no quieren ser coleccionistas de arte.” (2013, p. 79). La mayoría de los espectadores que visitan frecuentemente los museos no compran arte.
La curiosa interacción entre imagen y restaurante presenta un amplio abanico de posibilidades de entre las cuales destacan las exposiciones en restaurantes, cafés y bares. En lo personal, casi nunca disfruto de esta fusión, ya que las instalaciones no son adecuadas para la exposición de obras de arte. Por otra parte, cuando visito un restaurante voy a comer, no a comprar imágenes. Sería interesante un estudio elaborado con herramientas sociológicas para conocer en realidad si los artistas venden en este tipo de espacios, así como qué tipo de obras venden y quiénes las compran.
En algunos bares, los propietarios usan la estrategia de dar espacio para que grupos de rock se presenten a cambio de vender boletos para el acceso al evento. Los jóvenes metaleros, ingenuos, venden estos boletos a sus amigos y familiares, los cuales, además de pagar su entrada también pagan grandes cuentas de su consumo, beneficiando al dueño del bar, no a los grupos emergentes.
Los jóvenes artistas visuales, al exponer en restaurantes con condiciones de inequidad, deben tener cuidado de no caer en esta trampa. Lo que legitima el trabajo de un artista es la presentación de su obra en museos y galerías, no en cafés y bares.
A pesar de lo anterior, no conozco a ningún artista visual que no haya expuesto alguna vez en este tipo de espacios. Éste es el síntoma de un problema de fondo: las condiciones socioeconómicas de nuestro país obligan a los artistas a buscar o generar un mercado, ya que la mayoría de las ciudades tiene pocas galerías que venden arte y en algunos casos, como Pachuca, ni siquiera existen.
En Hidalgo, tengo presentes tres lugares que exhiben y ponen a la venta obras de arte de autores que tienen formación y/o trayectoria profesional. El primero de ellos es el café que se encuentra en una plaza comercial del centro de Tulancingo, el cual, desde hace varios años, apoya el arte emergente con un espacio expositivo; el segundo es el restaurante y mezcalería El Manzanillo, en el centro de Pachuca, en donde se presentan exposiciones con una curaduría seria y formal. Otro de ellos es The coffe legacy, en el centro de Huasca de Ocampo, con un proyecto reciente que lleva por título “La pieza del mes”. Bajo la iniciativa de Enrique Garnica, cada cuatro semanas se presenta una obra de un artista (la cual también está a la venta). Actualmente, en el mes de agosto, se presenta la obra “Leteo” de Joyce Garnica.

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Obra de Joyce Garnica como parte del proyecto “La pieza del mes”, en The coffe legacy, Huasca, Hidalgo. Agosto de 2015.

Se agradece cuando uno puede disfrutar de una buena imagen mientras come o bebe. A pesar de todo, yo prefiero seguir disfrutando de mis murales de sirenas y palmeras, y espero, algún día, encontrarme por sorpresa con una obra de arte hecha específicamente para un bar o restaurante, como es el caso, por poner un ejemplo, de la pieza de Olafur Eliasson en el café Krasnapolsky de Copenhague, que lleva por título Wanabe. En este lugar el autor dispuso un foco para producir un cono de luz que iba del techo al piso, permitiendo que los clientes se introdujeran al espacio teatral de la obra siendo el centro de atención del lugar. Si el cliente no compra, al menos que haga el esfuerzo de completar la obra:

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Olafur Eliasson, Wanabe, 1991. Imagen tomada de http://olafureliasson.net/

 

Trabajos citados
Groys, B. (2013). Las políticas de la instalación. En B. Groys, Antología (págs. 79-94). Ciudad de México: Cocom.

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