Ruy Lohengrin no era un gran artista plástico. Quienes tuvimos la fortuna de considerarnos como sus amigos lo sabemos. De hecho, él detestaba su obra. Pensaba que sus esculturas eran monstruosas, una verdadera mierda, eso solía decir. Por más que ahora quieran mencionarlo como una maravilla de autor, la verdad es que no es cierto. Incluso, cuando logró reconciliarse consigo mismo dejó de crear para dedicarse a su mayor obra: enseñar.

Mientras golpeo esta máquina pienso en un grabado que me dio hace muchos años el antiguo Ruy, aquel que incineraba etílicamente su prominente estómago cuando quemaba su mundo y el mundo de quien lo rodeaba. Recuerdo las líneas que lo componen, pero no su forma. También pienso en la escultura de su autoría que me dieron cuando gané un premio de periodismo, pero evoco más el momento en que, mientras bebíamos en mi casa, decidimos que era momento de romperla.

Una cuerda muy grande está estrangulándome debajo del nudo de la corbata que llevo puesta. Y esto es porque vino a mi mente que en la boda de Enrique Garnica, cuando nadie se atrevía a bailar, Ruy y yo nos tomamos de la mano, caminamos al centro de la pista y bailamos abrazados junto a los novios.

Hace unas horas Ruy Lohengrin abandonó este mundo, y lo hizo de la única manera que sabía existir: peleando a la contra.

En muchos años, cuando esto sea sólo un recuerdo espantoso, no pensaré en él como un gran artista, sino como lo que sí era: un buen padre de familia, un melómano extraordinario, un lector voraz, alguien honesto, noble, cariñoso, inteligente, con un humor negro increíble, sarcástico: un gran ser humano.

En días como este, que las noticias no hacen más que ser cianuro y la realidad de este país hostil toma una navaja para jugar con las fibras sensibles, desearía que la vida doliera menos. Hoy mataron a un amigo y la impotencia germina en mis pies echando raíz en la oficina en la que estoy sentado.

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