Son las cuatro de la tarde, apenas entro a mi oficina cierro la puerta y me despojo de mis pudores más patéticos y disolutos. Me avergüenza ser ese “tipo” de persona, que se masturba mientras nadie lo ve, mientras nadie sospecha que debajo de esa máscara de carne se ocultan las visiones más perversas y obscenas que puede concebir una mente brillante.

No soy objeto de fascino, cumplo con el estándar promedio de una dieta equilibrada y mente bombardeada de impulsos externos que hacen de mis fantasías algo aún más inapropiado y moralinamente erróneo.  Pero no puedo dejarlo, soy un adicto a ese calor profundo a esa vivencia extasiada que mata la pulcritud de cada rasgo de mi imagen, de mi nombre, de mis horas; exacerbando a cada instante mis momentos de abandono.

Tengo quince minutos, antes de que la realidad toque la puerta para transportarme por los abismos de mi cordura, para alejarme de mi yo pérfido y mundano y colocarme en el anaquel de enfermería donde me despojo de mis depravaciones para adentrarme en el polvo de la rutina.

Quince minutos, no necesito más, el aire que respiro en esos instantes es el que alimenta las neuronas en mi cabeza, el que me transforma en aquel ser racional y escéptico que se regodea por los rincones y los pasillos en busca de una felicidad acartonada que no se palpa entre los vivos. O al menos no en estos vivos.

Me sumerjo en mi mundo de imágenes de mal gusto clandestino, buscando delicadamente un incentivo, un suceso real que, inventado de un modo tan verdadero, me limite a proferir mis exhalaciones diarias sin la ambigüedad raída y vacua de un acontecimiento que solo me deje atónito y jadeante.

Por momentos creo salir de mi cuerpo, adentrándome en el plasma de mis ideas prestadas, regalando mis ojos al nimio encanto de aquellas ninfas inanimadas, otorgándole a  esa existencia roída un poco de aliento quimérico y abstracto que se forja en redes neuronales distribuidas en el córtex frontal, parietal y occipital, aparentemente.

Minutos de paz y clama, el tibio encanto de las voces más melódicas me sumergen en sus dulces aguas de armonía etérea, el eco de la realidad reverbera como un ente lejano que me dobla entre convulsiones, el aire es azul y menta; la cristalización de mi existencia que se mueve por debajo de mis ropas mientras la belleza de lo absoluto me regala un poco de aliento. Me veo, como jamás me veo, como jamás me siento, siento mi cuerpo, mis manos, mi aliento que me regala una fuerte noción de existencia perecedera y diletante. Recorro mis propios confines en la espera de nada, de todo y que la imagen que se proyecte tras mi ojos, se clave en la carne de mi nuca, para no partir, para no olvidar y constatar que cada instante entre suspiros que ha transcendido a mi ser ahora tiene un nombre.

Quince minutos. Quince minutos que parten, quince minutos que mueren, quince minutos que esperan y se consumen entre mis manos, que se escurren entre mis dedos, minutos que se han partido, que han despojado de mi mente el turbamiento, mi eterno amante; novecientos pequeños instantes, que han regalado a mis horas siempre secas un poco de la humedad y el agua que se vierte por el mundo.

Tocan la puerta.

 

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