Ya no se puede hablar de humanidad. Ya no se puede encontrar en el camino algo más que tierra, tierra de nadie y polvo de todos. Panorama prometedor que nos confina a la interacción social a cambio de un poco de perseverancia y la completa falta de contacto con el resto del mundo a cualquier nivel emocional.

Miro por la ventana sin ver el camino, porque quiero imaginar que todo lo que soy capaz de ver y percibir significa realmente algo, que cada imagen que se guarda, secreta y tierna en mi subconsciente, va a transformarse en la noción de algo perpetuo que camine por el mundo a pesar de mi mortalidad. Porque quiero imaginar que entre los excesos y los sueños se desdibujan los confines de mi propia consciencia para otorgarme la libertad de la que todos carecemos.

Me siento afligida y cansada por el viaje. Quiero parar para no descansar y dejar la huella de mi paso por este lugar en la sonrisa forzada de algún extraño detrás de un mostrador lleno de polvo, pero sólo encuentro tierra y vacío, kilómetros y kilómetros de planicies y parajes estériles que me obligan a interactuar con mis propios monstruos, ecos malditos de un purgatorio personal.

Se muere la tarde, exhalando los minutos finales en un cuadro de Bob Ross. Todo parece perfectamente acomodado para una película sin soundtrack, para que la noche fallezca conmigo, desgarrando las venas de asfalto que conducen hacia la nada, mientras mi mente dicta que los caminos de mi existencia han llegado a un punto de quiebre, a un paraje desolado en el que se ha estancado mi consciencia.

Todo sería más fácil si encontrara un lugar para pasar la noche, para conectarme con el mundo en vez de estar a la deriva, entre parajes surrealistas que no parecen tener un poblado próximo. No tengo señal, no tengo batería, no tengo música, no tengo nada. Es como si al invocar cada cosa, que me hace realmente falta, se me quemaran los párpados dándome cuenta que lo más significativo para mí, en medio de una reflexión profunda sobre mi propia vida, proviniera de objetos inanimados y elementos distractores que me facilitan una existencia blanda y subjetiva.

Necesito llegar a algún lugar, para salir de esta imagen absorta de mi misma detrás de un volante, para poder respirar por un instante,  sin sentir un elefante parado sobre mi pecho y para poder flotar por siquiera un minuto entre las sonrisas plasmadas en imágenes que brillan y me alumbran el rostro.

El tacómetro parece no cambiar, pero las ruedas del auto giran mientras el camino corre, contrario a mí, abandonándome a mi suerte. No puedo decir que haya manejado en círculos porque los caminos parecen siempre los mismos, sin importar hacia donde vaya. Porque me recuerdo al salir de casa, al hacer las maletas, al decidir hacer este viaje. Lo qué no puedo decir con exactitud es cuál era el propósito o el rumbo, lo que me regresa aquí y al silencio espectral del paisaje, al sonido monótono de los neumáticos al girar y al ronroneo constante del motor que parece no cansarse.

La noche se ha vuelto más oscura, más espesa, pareciera que una nube de humo negro ha devorado todo lo que está a más de un metro de los faros del auto, chupando cada mínimo espectro de luz que palpita en alguna forma lejana en el horizonte.

El aire comienza a sentirse igualmente denso, como una bocanada de humo que se rehúsa a abandonar mi pecho infectando mis pulmones con la misma oscuridad que engulle el mundo a mí alrededor. Extrañamente no pierdo la calma ni la consciencia, viajando hacia un limbo de penumbras extiendo mis brazos y dejo que el auto me guíe, sin importar a donde.

Al menos puedo ver la línea amarilla que me indica que sigo sobre el camino.

 

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